El último (y estrambótico) duelo disputado en Francia

El último (y estrambótico) duelo disputado en Francia

Publicado por el 29/12/2017

Compartir

Como hoy ha salido una noticia de un hombre que ha amenazado a otro con un bastón estoque, esto es, con un bastón que guarda dentro un estoque, un arma puntiaguda, por una discusión de tráfico, me he acordado, hilando las ideas a saber cómo, del tema de los duelos. Hace unos meses leí en «Le Monde» un reportaje sobre el último que se celebró en Francia: en una fecha tan surrealista como 1967, el alcalde de Marsella, Gaston Defferre, del partido SFIO (centro izquierda), se enfrentó a René Ribière, diputado de la Asamblea Nacional por el partido gaullista Rassemblement du peuple français (RPF, centro derecha), en los jardines de una mansión de Neuilly-sur-Seine, una ciudad de las afueras de París. Ambos, blandiendo sus espadas, dirimieron así una afrenta de honor nacida el día anterior a causa de un rifirrafe parlamentario. Defferre había espetado a Ribière un agresivo «¡Cállate, imbécil!» en plena sesión. El ofendido le había exigido disculpas, sin resultado; inevitable, pues, tomar las armas.

Echo un vistazo a la página del Ministerio de Defensa de Francia y leo que los duelos existen «desde que el hombre existe». Para concretar más, se explica que, en el remoto 501, «una ley, promulgada por el rey de los Borgoñones, codifica el duelo como combate judicial». Luego llega la prohibición del cardenal Richelieu, que en febrero de 1626 «hace prohibir la práctica», quizá traumatizado por haber perdido a un hermano por su causa; lejos de desaparecer, los duelos pasan a una clandestinidad que los dota de un aura fascinante a la que no escapa la literatura. No es raro encontrar en novelas —pienso en «Confesión de un hijo del siglo», de Alfred de Musset, en «Los duelistas», de Joseph Conrad, y en «La marcha Radetzky», de Joseph Roth— referencias a este tipo de combate. Trasladándonos a la vida real, fue Georges d’Anthès, un militar francés que servía en Rusia, el que quitó la vida al célebre poeta Alexander Pushkin durante un duelo en noviembre de 1836. La Primera Guerra Mundial, que arrasó todo un mundo por su violencia inaudita, fue la que los hizo desaparecer casi definitivamente.

En «La Mort en face. Histoire du duel en France de la Révoluion à nos jours» (Flammarion, 2008), el historiador François Guillet considera que el estudio de esta práctica nos puede proporcionar un valioso conocimiento sobre el pasado y sobre su concepción de «lo irremediable», que es la muerte:

Cubierto por un imaginario que la literatura del tiempo no para de enriquecer, el duelo permite preparar el terreno para una historia de la conciencia de uno mismo y explorar sentimientos ricos de significados y de resonancias sociales, que son los de la humillación y el honor; da la ocasión de poner al día las normas y las fronteras que definen y separan valores sociales como el miedo y el valor. A través de este ritual donde el duelista expone su vida, es la idea que se hace de la vida y de la muerte la que es revelada. Forma privilegiada de la «bella muerte», el duelo se inscribe en una larga tradición de la que Séneca es uno de sus más célebres representantes. Supone uno de los medios de abordar, en una perspectiva histórica, ese momento decisivo en el que el hombre se encuentra confrontado a lo irremediable. 

Además, el historiador sitúa en la «era industrial», que también es la de la «muerte en masa», su desaparición:

La era industrial, la del objeto estandarizado y la muerte en masa, relega al rango de anacronismo a un ritual fundado sobre el respecto estricto de las reglas de igualdad. Nuestra sociedad, de hombres y de mujeres, no se reconoce ya en los valores que empujan la práctica del duelo.

Como he indicado más arriba, el duelo entre Deferre y Ribière se libró en Neuilly-sur-Seine, a las afueras de París. La crónica de «Le Monde» describe la «dulzura primaveral» que embriagaba el jardín donde ambos hombres se batían con sus espadas. Leamos, de nuevo, a Guillet:

La hora del encuentro, que debe ofrecer condiciones de visibilidad convenientes, responde ante todo a los criterios de la discreción; por tanto, se sitúa normalmente a primera hora de la mañana o al final de la tarde. Pero no hay ninguna prescripción en este ámbito, y los duelistas pueden emplear todas las horas del día. El terreno del combate, sin embargo, tiene una importancia considerable; se sitúa en general en un lugar apartado, que permite sustraerse de manera simbólica a la zona de dominio público y escapar, al menos en la primera mitad del siglo XIX, de la vigilancia de la policía; un lugar apartado de la ciudad (…) Aunque a menudo disimulado, el duelo revela a veces exhibicionismo; el terreno del encuentro debe permitir asistir a las personas que deseen hacerlo, y aportar la garantía pública que el honor de cada combatiente reclama. [Los duelistas eligen] los lugares que ofrecen un sustitutivo de la naturaleza salvaje, parques o jardines, y escapan así simbólicamente a la civilización.

He mencionado la «dulzura primaveral» de la crónica de «Le Monde». También el atractivo, para la literatura, que poseen los duelos. ¿Y si todo se debe a una cuestión de forma y contenido? A la forma, a la estética del combate entre dos hombres que luchan a muerte con la luz del amanecer o la agonizante del crepúsculo sobre ellos; al contenido, donde brotan los grandes temas: la muerte, el honor, una afrenta amorosa. Es lógico que el cine tampoco haya escapado a la tentación de retratarlo, como sucede en «Barry Lyndon» (Stanley Kubrick, 1975) o en «Los duelistas» (Ridley Scott, 1977).

El duelo entre los diputados Defferre y Ribière no fue, sin embargo, demasiado solemne. El alcalde de Marsella, apunta «Le Monde», intentó atacar a su oponente en la «entrepierna», dado que al día siguiente Ribière se iba casar  y quería «fastidiar su noche de bodas». Cuando el gaullista fue levemente herido, el enfrentamiento terminó. A Charles de Gaulle, por entonces presidente de Francia, el asunto no le hizo ninguna gracia. Dejo, aquí abajo, el vídeo de su lucha (y que cada uno saque conclusiones):

Compartir

ABC.es

Los cuatrocientos golpes © DIARIO ABC, S.L. 2017

Los cuatrocientos golpes

En los créditos iniciales de la película de Truffaut, recorremos París sin perder de vista la Torre Eiffel. Algo así se propone este blog: pasear por la historia y la cultura de esa ciudad y, por qué no, de Francia entera.
Categorías
Etiquetas