Sobre el presidente «jupiterino»

Sobre el presidente «jupiterino»

Publicado por el 16/12/2017

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Leo que Macron deja de ser un treintañero y que va a celebrar su cuarenta cumpleaños en el palacio Chambord, en un hermoso edificio del siglo XVI construido a orillas del Loira, château capricho de caza del rey Francisco I. Recuerdo las palabras de un amigo hace años, cuando comentamos, entre atónitos y divertidos, el cuidadísimo, protocolario y grave acto de investidura como presidente de la República de François Hollande: «Les encanta la pompa y el boato», me dijo, sin ser demasiado original, pero sí certero, y en un tono que mezclaba burla y admiración. Días antes, otra amiga y yo nos habíamos acercado, olfateando el momento histórico, a la plaza de la Bastilla. Era el 6 de mayo de 2012, y el político socialista iba a celebrar allí su triunfo en las elecciones. Quedamos en la cercana Gare de Lyon, aprovecho para decir que me fascinan las estaciones de tren de París, y nos dirigimos hacia la plaza. Encaramados al pie de la columna que la corona en recuerdo de la revolución de 1830, un grupo de chicos enarbolaban banderas de Egipto o de Siria; por entonces, las primaveras árabes ya se convertían en inviernos. En un escenario, varios músicos amenizaban la noche a espera de la llegada de Hollande. Cuando apareció —yo le vi a lo lejos, minúsculo, solo reconocible, y perdón por la tontería, por la incipiente calva—, los congregados empezaron a gritar; en algún momento, entonaron La Marsellesa apasionadamente.

En la campaña de las elecciones presidenciales de este año, Benoît Hamon, el candidato del maltrecho Partido Socialista (izquierda), y Jean-Luc Mélénchon, candidato de Francia Insumisa (extrema izquierda), prometieron luchar por poner punto y final a la pompa y boato de la Quinta República. Mélenchon, el más radical de los dos, la despreciaba, tachándola de «monarquía republicana» por el poder y aura que concede a la Presidencia. Sin embargo, y desde su llegada al poder, Emmanuel Macron no solo no ha cuestionado el sistema, sino que lo ha abrazado con entusiasmo.

En una entrevista concedida a «Le Point», Macron explicaba, en agosto, que el presidente de la República «no es solamente un actor de la vida política, sino la clave del arco. Es el garante de las instituciones». Justificaba así el halo de solemnidad en el que ha envuelto al cargo, y la expresión, en verdad grandilocuente, con el que ha definido su propósito: ser un presidente «jupiterino», de Júpiter, el dios de dioses del panteón romano. Varios gestos desde su elección han probado ese anhelo. El mismo día de su victoria, por ejemplo, se dirigió desde la pirámide del Museo del Louvre a los ciudadanos, tras caminar, solo, durante tres minutos, hacia el atril donde iba a dar su discurso. Fue lo que el diario «Le Monde» calificó de mise en scène, de puesta en escena, de uso, en definitiva, de la estética en la manifestación del poder: a diferencia de la Bastilla, un lugar vinculado al pasado de la izquierda, y donde ya he comentado que Hollande festejó su triunfo, Macron eligió uno libre de peso ideológico pero no de grandeur, de grandeza. El nuevo mandatario se alejaba así de su antecesor, que había intentado cultivar la imagen de tipo normal al frente de Francia. Ese distanciamiento también se percibió cuando, en su retrato oficial, Macron optó por posar en su despacho, agarrando con fuerza su escritorio, rígido, e intentando, así, transmitir una idea de autoridad; Hollande se hizo fotografiar en los jardines del Elíseo, en plan casual, como si le hubieran pillado dando un paseo con corbata.

Más allá de esos guiños, Macron ha intentado plasmar su impronta de presidente «jupiterino» en la política interior y exterior del país. Así sucedió con su enfrentamiento con el jefe mayor del Ejército, Pierre de Villiers, que se saldó con la renuncia del militar el 19 de julio tras su rifirrafe con el mandatario; Macron, tajante, «autoritario» según «Le Monde», afirmó: «Si algo opone al jefe mayor del Ejército y al presidente de la República, el jefe mayor del Ejército cambia», como de hecho sucedió. A nivel internacional, Macron ha tratado de medirse de igual a igual con el presidente de Rusia, Vladímir Putin, al que recibió, en una nueva ostentación de poder, en el palacio de Versalles, y con el de los Estados Unidos, Donald Trump, al que estrechó la mano en algo más parecido a un pulso que a un saludo hace unos meses; por cierto, el inquilino del Elíseo invitó al de la Casa Blanca a la celebración del 14 de julio, cuando los músicos del Ejército, con sus tubas, trombones y tambores, versionaron, en un momento más bien surrealista, al grupo de tecno Daft Punk.

Remitiéndonos a la Historia, ese gusto de Macron por ejercer con autoridad la jefatura del Estado recoge la herencia del expresidente Charles de Gaulle. La Quinta República nació bajo sus auspicios en plena crisis por la guerra de Argelia, allá en 1958. Cuatro años más tarde, el General celebró, a pesar de los recelos del Consejo de Estado y de la oposición política, un referéndum que ganó con el 62% de los votos, y que dio paso al régimen semi-presidencialista que Francia conoce hoy en día. Con todo, la Presidencia necesitaba, y necesita, del apoyo de la Asamblea Nacional para poder ejercer su poder con normalidad; algo con lo que Macron cuenta, dado que su partido, La República en Marcha, ganó las elecciones legislativas del pasado junio.

Para terminar, un apunte en forma de anécdota: la solemnidad, si no se cuida, puede resultar un poco cómica. Giscard d’Estaing, presidente de Francia entre 1974 y 1981, lo sufrió con su au revoir del mensaje, por otro lado aplaudido, con el que se despidió de los franceses tras ser derrotado por Mitterrand. Hay que ir al minuto 7:39 del vídeo para ver el momento:

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Los cuatrocientos golpes

En los créditos iniciales de la película de Truffaut, recorremos París sin perder de vista la Torre Eiffel. Algo así se propone este blog: pasear por la historia y la cultura de esa ciudad y, por qué no, de Francia entera.
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