Las otras joyas de Angkor

Las otras joyas de Angkor

Publicado por el Jun12, 2018

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De madrugada, a eso de las cinco, los teléfonos comienzan a sonar como posesos en las habitaciones de todos los hoteles de Siem Reap. Nadie quiere perderse el más extraordinario espectáculo gratuito del mundo: ver amanecer frente a las torres de Angkor Wat.

Un espectáculo inolvidable tiene lugar cada mañana cuando los templos de Angkor se dejan bañar por el sol.

Bueno, lo de gratuito léase con las debidas reservas porque antes de llegar a tomar posiciones ante los bellísimos templos de Angkor hay que dejarse fotografiar por un artefacto que parece el ojo de un robot y comprar una entrada  personalizada por el nada módico precio de cuarenta dólares, más o menos lo que ganan muchos camboyanos en un mes. Bien es verdad que el documento permite visitar sin restricciones todos los templos de la zona durante tres días, pero no deja de ser una cantidad desproporcionada, habida cuenta de la economía del país.

Miles de personas esperan de pie a que los primeros rayos enciendan las torres de los templos de Angkor/ Foto: Fco. López-Seivane

Pero hay otros templos menos conocidos que vale la pena explorar. Aquella mañana, por ejemplo, yo no fui a Angkor Wat, que lo tengo tan visto como la catedral de Burgos. Preferí, en cambio, acercarme un poco más tarde a otra joya de piedra, Banteay Srei, que se halla veinte kilómetros más al norte. Muchos llaman a este primoroso y diminuto recinto algo así como el Templo de la Femeneidad o de la Belleza, queriendo quizá resaltar la delicadeza y refinamiento de sus formas, la exquisita elegancia de los bajorelieves que lo adornan, sus reducidas dimensiones y tantos otros detalles que lo alejan y distinguen de la grandiosidad y opulencia características de los grandes templos de cualquier religión.

El pequeño templo Banteay Srei, una pequeña joya a vista de dron

Hay quien prefiere considerarlo como La Capilla Sixtina del Arte Khmer, pero poco importan los nombres. Lo cierto es que se trata de un lugar delicioso que se ve con mucho agrado en poco tiempo, aunque el número de visitantes ya empieza a ser atosigante. Quizá todo hubiera sido distinto si André Malraux no hubiera robado aquellas cuatro apsaras, figuras danzantes que adornan las paredes, en su única visita al lugar. Encima, le pillaron y tuvo que devolverlas con la cara roja de vergüenza. Pero desde entonces todos los franceses que viajan a Angkor rinden visita a Banteay Srei, un lugar de culto para los amantes de los mitos y las piedras. Allí se juntan con los japoneses, los tailandeses, los italianos…, y todos juntos taponan los estrechos pasillos del recinto como el colesterol ocluye las arterias.

Monjes budistas venidos de diferentes países son asiduos visitantes de Banteay Srei

Un tranquilo rincón de Banteai Srei.

Elaborados relives en la ‘Capilla Sixtina’ del arte jemer.

Cómo el espacio de este blog es limitado, me veo obligado a saltar el intrincado entramado de ciudades, palacios y templos que componen el acervo monumental de Angkor, otro día se lo contaré en detalle. Pero hoy voy a hablarles de otro templo que visité, aprovechando el momento más caluroso del día, ése en el que los turistas se hidratan con cerveza y sestean en las piscinas de sus hoteles, para acercarme a Ta Prohm, el Monasterio Real, un templo budista construido en el siglo XII y que conserva, escritos en sus piedras, datos que asustan: en su mantenimiento se empleaban 80.000 personas, de las que 615 eran bailarinas. Dejémoslo ahí para no marear.

Un grupo de turistas españoles en las ruinas de Ta Prohm/ Foto: Fco. López-Seivane

Lo más destacado de este lugar, sin embargo, es que aparece devorado por la selva. Docenas de árboles gigantes abrazan con su poderosas raíces las paredes del complejo como si fueran tentáculos de un monstruo descomunal, descoyuntando las piedras e imponiendo el imperio de la naturaleza sobre el del hombre. La impresionante visión de esta batalla eterna induce a la reflexión sobre lo efímero de los imperios y las obras humanas. Lo bueno aquí es que se puede disfrutar y reflexionar a la sombra de árboles centenarios.

Inmensos árboles estrangulan desde hace siglos las estructuras pétreas del bellísimo templo de Ta Prohm.

Para dimes y diretes: seivane@seivane.net

 

 

 

 

 

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2018

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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