Valparaíso, el nido de amor de Pablo Neruda

Valparaíso, el nido de amor de Pablo Neruda

Publicado por el Apr13, 2018

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Valparaíso es una extraña ciudad que se mira a sí misma desde infinitos puntos de vista. Extendida, como una alfombra multicolor, sobre más de cuarenta cerros, su geografía es muy rugosa y sólo se puede subir o bajar por sus calles empedradas. Cuenta, como digo, con numerosos miradores desde los que asomarse al mar o a la policromía de otros cerros. Neruda decía que era “secreta, sinuosa y recodera”.

Valparaíso es una suma de cerros tapizados de casas multicolores/ Foto: F. López-Seivane

La ciudad se contempla a si misma desde sus numerosos miradores/ Foto: F. López-Seivane

Allí llegó Saavedra en 1536 con un puñado de hombres desde El Callao. Bastó para fundar una ciudad, aunque olvidó escribir el protocolario Acta Fundacional que se estilaba por entonces. Bien mirado, el hecho ya apuntaba a que los afanes del audaz marino no pasaban por quedarse a ver crecer su fundación. Bien pronto se aventuró a cruzar el Pacífico, logrando llegar a Las Molucas. Cuantos intentos hizo de volver, resultaron baldíos: las corrientes le devolvieron obstinadamente en cada ocasión a su punto partida.

Estos son los restos del cascarón ‘Santiaguillo’ con el que Saavedra llegó a Valparaíso/ Foto: F. López-Seivane

Mientras, Valparaíso prosperó sin su fundador y pronto hubo que construir en los cerros porque se acabó la poca tierra plana que había junto a la playa. Desde el señorial hotel Casa Higueras, en Cerro Alegre, uno de los mejores miradores de la ciudad, contemplo docenas de lomas alfombradas de casitas de brillantes colores que se adaptan perfectamente al terreno. Hasta cuarenta y ocho promontorios se dice que rodean la pequeña bahía, todos colonizados y edificados tan prietamente que, a veces, parecen favelas, y, otras, deliciosos barrios coloniales de atractivas fachadas.

El Hotel casa Higuera ofrece magníficas vista de los cerros y gran confort/ Foto: F. López-Seivane

Neruda, un enamorado de Valparaíso, terminó huyendo de la megápolis santiaguina para refugiarse en la costa, sentando sus reales en Isla Negra, un escondido pueblecito a sólo unos kilómetros al sur (“Santiago es una ciudad prisionera, cercada por sus muros de nieve. Valparaíso, en cambio, abre sus puertas al infinito mar, a los gritos de las calles, a los ojos de los niños…”). Su casa de Isla Negra, dominando una solitaria playa con más roca que arena, es ahora el mayor atractivo de la zona. Recibe más visitantes en un sólo día de los que antes de la llegada del poeta había recibido en toda su historia. Desde el enorme aparcamiento habilitado por el ayuntamiento hay que caminar un trecho por un camino de tierra que huele a pino y a sal. El cuidado jardín desciende hasta la playa en dos terrazas. En la superior, junto a dos edificaciones de una sola planta, destacan, surrealistamente varadas en la hierba, una reluciente locomotora de vapor, seguramente un homenaje a su padre ferroviario, y una vieja barca que, al decir de muchos, no ha conocido otro agua que el de la lluvia. El paraje es ciertamente solitario, silencioso e inspirador. Un refugio perfecto para encadenar versos, jugar con las palabras y bucear en las turbulentas aguas del espíritu. Al poeta le encantaba tanto como le aburría, así que con cualquier pretexto mandaba a su mujer a La Chascona, en Santiago, y se iba a su casa de Valparaíso, La Sebastiana, a juerguearse con los amigos y “muchas mujeres”, como puntualiza acusadoramente la encargada de vender recuerdos junto a su casa, que no es precisamente una admiradora de la vida privada del Premio Nobel: “El hablaba muy bonito, pero no trató bien a ninguna mujer”.

La casa de Neruda en Isla Negra era un apacible rincón de trabajo/ Foto: F. López-Seivane

La playa que hay junto a la casa es un roquedal que apenas tiene arena/ Foto: F. López-Seivane

El busto del gran poeta mira imperturbable el mar/ Foto: F. López-Seivane

En lo más alto del Cerro Bellavista, que siempre atrajo a los numerosos artistas, escritores, bohemios y filósofos que han recalado en la ciudad, compró Neruda a su amigo Sebastián, que moriría poco después, la casa que el escritor bautizaría más tarde, en honor de su perdido amigo, como La Sebastiana. Lo que se visita hoy es una casa alta, reformada tras la muerte de Neruda, ampliada con un moderno jardín, tienda y café, pero las estancias del interior permanecen intactas, con los mismos muebles, los mismos objetos, las mismas angostas escaleras de madera, la misma luz cegadora que entra a raudales por los amplios ventanales y las mismas vistas espectaculares que se contemplan desde cualquier lugar, y muy particularmente desde el dormitorio del poeta, situado en la última planta, un cuarto pequeño en el que, sin embargo, caben perfectamente la enorme cama y casi toda la ciudad de Valparaíso, con el mar incluido, que parece un mural sobre la pared de cristal, pegada al lecho.

La Sebastiana está llena de detalles decorativos que reflejan el talante artístico de Neruda/ Foto: F. López-Seivane

En el dormitorio, asomado al mar, casi no cabe más que la cama/ Foto: F. López-Seivane

No viene al caso contar aquí para qué quería el poeta aquella casa, ni quienes la frecuentaban ni qué propósito perseguían aquellas reuniones con sus amigos que siempre terminaban en juergas monumentales. Baste decir que Neruda jamás dejó de presenciar desde allí los fuegos artificiales que marcaban el advenimiento de cada Año Nuevo. Hoy podemos decir que el poeta hacía vida de familia y trabajaba en Isla Negra, se divertía sin bridas y sin estribos en La Sebastiana, en su querida Valparaíso, mientras su mujer buscaba refugio a su soledad en La Chascona, en Santiago, haciendo compras sin cesar en las tiendas más exclusivas de la ciudad.

La Sebastiana aparece hoy adecentada, ampliada, ajardinada y explotada por una Fundación que visitan con reverencia jóvenes de casi todo el mundo. Veremos qué dicen cuando empiecen a llegar allí las feministas españolas que recomiendan ya no leer sus libros.

La Sebastiana siempre está llena de visitantes, sobre todo mujeres jóvenes, a quienes les gusta la poesía de Neruda/ Foto: F. López-Seivane

Para dimes y diretes: seivane@seivane.net

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Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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