La increíble historia del venerable Nanda

La increíble historia del venerable Nanda

Publicado por el Nov27, 2017

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Muchas veces lo mejor de los viajes no es lo que vamos buscando pertrechados de guías e información, sino lo que uno se encuentra por azar en el camino. Visité Phnom Phen por primera vez en una época en la que no había más extranjeros que los diplomáticos que servían allí. Me gustó aquella ciudad provinciana. Los Gritos del Silencio que atormentaron durante décadas de horror los días y las noches de los camboyanos parecían haber quedado ya enterrados en el subconsciente de una generación muy joven, que apenas había leído aquellos hechos en los libros de historia. Tan pronto como asomaba el sol en el horizonte, cientos, tal vez miles, de ciudadanos de toda laya lo daban la bienvenida con danzas o posturas de taichi a lo largo de Sisowath Quay, el bulevar que se extiende varios kilómetros pegado al río Tonle Sap, que viene desde Angkor para entregarse allí mismo al poderoso Mekong.

Innumerables personas se reúnen al amanecer y al ocaso para hacer deporrte y practicar tai chi junto al río/ Foto: F. López-Seivane

Frente al río, una ringlera de comercios, restaurantes, tiendas de souvenirs y boutiques ofrecen todos los servicios que cualquier visitante pueda apetecer, así que era, y sigue siendo, el lugar inevitable de encuentro y expansión para todo hijo de vecino que viva o transite por la ciudad.

El Paseo que se extiende a lo largo del río es el pulmón de la ciudad y el lugar más frecuentado/ Foto: F. López-Seivane

Al principio del malecón, muy cerca del encuentro de los ríos, se halla el Palacio Real, un pulcro y floreado complejo de templos y pagodas enclaustrados en un muro, que a mí siempre me recuerda al de Bangkok. Las verjas de entrada al palacio están adornadas con lotos de color fucsia y todos los edificios del complejo se hallan rodeados de primorosos jardines franceses.

El pulcro y bello Palacio Real de Phnom Phen/ Foto: Fco. López-Seivane

El interior del reciento palaciego está lleno de templos y pequeñas pagodas que se alzan entre floridos jardines/ Foto: Fco. López-Seivane

Vagando alrededor de la muralla que rodea el palacio, un buen día me topé con una verja que dejaba ver un lujuriante jardín, en el que sobresalían las típicas torres ricamente labradas de los templos khemer. No resistí la tentación y me adentré en lo que parecía un monasterio, donde no se percibía otra vida que las volutas del incienso flotando perezosamente en el silencio. Curioseando por los alrededores, me tope de pronto con un monje alto, de aspecto atlético, piel blanca e intensos ojos azules, que destacaba como un grito en la noche entre el resto de menudos lamas que le rodeaban. Nos quedamos mirándonos un rato, ambos sorprendidos, hasta que me dirigí a él preguntándole en inglés de dónde era y qué hacía allí. “Soy alemán y vivo aquí. Bienvenido a la pagoda Onalon”, me dijo. Después me invitó a sentarme y me contó su historia.

La pagoda Onalon es un complejo monástico lleno de esculturas y preciosos jardines/ Foto: Fco. López-Seivane

Cada rincón está lleno de paz y encanto/ Foto: Fco. López-Seivane

Me llamó la atención que los monjes parecían haber renunciado a todo, menos al móvil/ Foto: Fco. López-Seivane

Ingo Hoffman nació en Alemania en la mágica década de los sesenta y creció sano, fuerte y hermoso, con su tez transparente y sus intensos ojos azules. Era una época dominada por los ecos de la guerra del Vietnam y nunca sabremos si fue ahí donde este joven encontró la inspiración para alistarse en las Fuerzas Especiales de un ejército, el alemán, que no había entrado en acción desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El 11-S y las guerras de Irak y Afganistán, sin embargo, llevaron a algunas de sus unidades más especializadas a trasladarse a los escenarios bélicos del momento como fuerzas de apoyo de la gran coalición occidental. Allí sirvió Hoffman en numerosas misiones de apoyo y también en algunas de combate. Durante una de estas misiones, el vehículo blindado en el que se desplazaba fue objeto de una emboscada talibán y alcanzado por un proyectil.

Cuando una patrulla sanitaria llegó al rescate, se encontró un escenario dantesco. Hoffman fue dado por muerto, así que nadie se ocupó de atenderle. Él, sin embargo, recuerda perfectamente todo lo que los médicos comentaban y pudo escuchar cómo se desentendían de él para ocuparse de los heridos con posibilidades de sobrevivir. Dice que lo veía todo, incluido su propio cuerpo exánime, como si estuviera sobrevolando la escena a baja altura, sin ninguna emoción. Milagrosamente, sobrevivió y, tras varias operaciones e injertos, logró recuperar su pierna, que ahora aparece parcialmente deformada y con la piel de un color y textura diferente.

Tras haber visto morir a muchos amigos y haber sufrido en sus carnes los desgarros de la guerra, optó por viajar sin rumbo. Se divorció de su esposa y madre de sus dos hijos e inició un viaje por el Sudeste Asiático que le llevaría a recorrer 39 países (es de los que los cuenta), sobreviviendo con trabajos ocasionales y disfrutando del clima benigno, las playas interminables y las bellas chicas asiáticas.

Así pasó muchos años hasta que un buen día se dijo que su vida carecía de sentido. Cautivado por las enseñanzas de Buda, decidió renunciar a los placeres mundanos e ingresar como monje en la Pagoda Onalon, justamente donde nos encontrábamos, junto al Palacio Real de Phnom Penh, a orillas del poderoso Mekong. Ahora se hace llamar Venerable Nanda, se ha rapado el pelo, se levanta a las 5 de la mañana, come fideos, medita y va descalzo de casa en casa sin otro atuendo que la tenue túnica azafrán de los renunciantes. Lo hace para orar con las familias que no tienen tiempo de acudir a la pagoda. A cambio, recibe frutas y donativos que entrega a la comunidad.

Otra impactante imagen del venerable Nanda en su pagoda/ Foto: Fco. López-Seivane

Este tipo de vida sencilla, dedicada a bendecir ceremonias, bodas, bautizos y funerales, le llena por completo. “Nunca fui tan respetado como siendo monje”, asegura. También se muestra convencido de que jamás volverá a Alemania: “Esta es mi casa”, me aseguró con rotundidad. Y ni siquiera echa de menos el contacto con el género femenino, que parece haberle saciado: “He disfrutado de mujeres para diez vidas. Ya no quiero más”. Luego supe que estaba preparando un libro contando su vida, y que éste terminó siendo un best seller en Alemania. Me pregunto si el éxito no le habrá puesto a prueba sus convicciones. No dejaré de preguntarle en mi próxima visita.

Para dimes y diretes: seivane@seivane.net

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Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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