Viajes que dejan huella

Viajes que dejan huella

Publicado por el Sep5, 2017

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Ya ni recuerdo las veces que me han preguntado cuál es el viaje más apasionante que he realizado, el más duro, el que más huella me dejó… Cada nueva singladura echa unas paladas de tierra sobre la anterior, así que casi siempre el periplo que mejor se recuerda es el último. Durante la mayor parte de la vida, la memoria inmediata se impone sobre la remota. Pero en el ocaso, la capacidad de almacenar datos recientes disminuye hasta casi desaparecer, siendo la memoria del anciano una recolección de recuerdos lejanos: las famosas batallitas del abuelo.

Con motivo de la presentación de uno de mis libros en Sofía, los periodistas búlgaros quisieron saber detalles de mi vida viajera. Al parecer, los viajes les apasionan. Puedo comprenderlo, ya que durante las largas décadas del comunismo salir de Bulgaria era una utopía, y aún ahora que son libres de hacerlo, sólo unos pocos pueden viajar por razones económicas. El caso es que la agudeza e insistencia de sus preguntas me llevaron a rememorar algunos hechos que dormían plácidamente en los pliegues de mi memoria, y terminé por contarles ciertas batallitas. Malo es empezar…

“¿Alguna experiencia que le haya marcado?”, me preguntaron. De inmediato se me vino a las mientes mi primer viaje a Egipto, recién terminada la Guerra de los Seis Días y con la península del Sinaí ocupada por el ejército judío. Mi intención era dirigirme desde El Cairo a Tel Aviv, atravesando en solitario las líneas egipcias, las de la ONU -que había interpuesto sus cascos azules entre ambos ejércitos-, y las israelíes para mostrar al mundo que la paz era posible. Una locura, ya lo sé, pero mi móvil era muy distinto al de la Flotilla de la Libertad, por ejemplo, compuesta por personas que apoyaban abiertamente a uno de los bandos en litigio. Yo era un joven idealista que perseguía una utopía y sólo buscaba la repercusión de un gesto que pudiera promover la paz y el entendimiento entre árabes e israelíes. Nada más. Nada menos.

La ingenuidad y el idealismo, como el propio amor, son pecados de juventud por los que no cabe pedirle cuentas a nadie. Si un hombre solo podía atravesar el desierto y moverse entre los tanques y ametralladoras de los distintos ejércitos sin otro arsenal que un clavel, entonces la paz podía ser posible con sólo cambiar la actitud de los contendientes. Tal era el razonamiento que sorprendió y desconcertó a la cúpula del ejército egipcio cuando se lo expuse buscando un salvoconducto que me permitiera llevar a cabo el empeño. A los generales les pareció una locura, pero yo lo consideraba una misión.

El asunto terminó con mis huesos en una mazmorra de El Cairo. Era la primera vez que me colocaban unas esposas y cada hora que pasé allí la dediqué a reflexionar sobre la libertad y el trauma de su pérdida. La experiencia fue muy dura, pero me enriqueció. En aquel difícil trance me libró de mayores males la mano amiga de nuestro embajador en Egipto, Teniente General Díez Alegría, que, a instancias del entonces ministro de Exteriores, Marcelino Oreja, realizó con celeridad las oportunas gestiones para mi liberación y tuvo después la amabilidad de invitarme a cenar en su casa. Apenas recuerdo ahora las humillaciones, la insalubridad, las incomodidades y la miseria de aquella inmunda prisión, pero me queda grabado a fuego en la memoria lo que más me dolió: la pérdida de la libertad.

Para paliar mi frustración, trepé una tarde por las empinadas aristas de la pirámide de Keops, desoyendo los gritos, advertencias y seguramente amenazas que proferían los custodios del lugar. Como no se atrevieron a seguirme ni a disparar, pude culminar mi ascenso. En lo más alto de la más alta de las pirámides egipcias permanecí largo tiempo meditando como un yogui, sintiéndome libre, inalcanzable, lejano y etéreo. Bajé muy tarde, con el sol ya ocultándose. Reconciliado y sereno, pedí perdón a los guardianes que me esperaban preocupados y, tras sus duras admoniciones y bienintencionados consejos, volví a mi hotel con el corazón en paz.

No fue éste, ni mucho menos, el final de la historia, pero aquí queda el cuento por hoy. Hasta pronto. Que ustedes lo pasen bien.

Primer plano de la arista por la que trepé a la Pirámide de Keops, tal como se ve ne la actualidad/ Foto: F. López-Seivane

Para dimes y diretes: seivane@seivane.net

 

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2017

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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