¿Es la gente de Papúa Nueva Guinea la más feliz del mundo?

¿Es la gente de Papúa Nueva Guinea la más feliz del mundo?

Publicado por el oct7, 2016

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No se si la gente de esta inmensa isla es la más feliz del mundo, pero lo que veo aquí, su manera de vivir y sus perennes sonrisas, me da mucho que pensar. A mi guía en Madang todos le conocen como “Busy Bee” (Abeja Atareada). No sabe cuántos años tiene, ni le importa. Sí sabe, en cambio, que el nombre se lo pusieron unos misioneros católicos, aunque tampoco le consta por qué. Nunca usa reloj y no resulta fácil hacer una cita con él a una hora precisa. Como la mayoría de la gente de estas aldeas, se levanta con el sol y sus referencias son la mañana, la tarde y la noche. Así que quedamos para el día siguiente “por la mañana” para hacer un recorrido por la ciudad y sus alrededores

El primer lugar que visitamos es Bil Bil, una extensa aldea de viviendas diseminadas entre explanadas de cuidado césped, flores y bellas plantas tropicales (¿el paraíso?). Las chozas están hechas con fibras vegetales entrelazadas y los tejados son de palma seca, una técnica ancestral que garantiza perfecta impermeabilización durante las frecuentes lluvias tropicales.

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Típica choza de palma trenzada de la región costera de Papúa/ Foto: F. López-Seivane

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Un nativo trenzando hojas de palma para construir una nueva choza/ F. López-Seivane

Por los caminos de tierra que se adentran en la espesura comunicando unas aldeas con otras no es infrecuente encontrarse divertidos carromatos de tracción animal que se cruzan con camionetas abarrotadas de gente que viaja sentada en la parte trasera del vehículo, la destinada normalmente a las mercancías. Los llaman PMV (Public Motor Vehicule) y es el único (y barato) medio de transporte público de que dispone la isla, al margen de las avionetas que cruzan constantemente los cielos desde un pequeño aeropuerto a otro.

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Así se viaja por los caminos de Papúa/ Foto: F. López-Seivane

En PNG, un pueblo es algo más que una concentración de viviendas. Es un concepto que abarca un territorio y, sobre todo, un lenguaje, wantok (one talk, un habla), como se dice en pidgin, el inglés macarrónico universalmente utilizado como vehículo de comunicación entre centenares de tribus que se expresan en más de ochocientas dialectos diferentes e ininteligibles entre sí. Un pueblo es, pues, una tribu, un clan, un grupo social homogéneo que habla el mismo lenguaje. El wantok es un concepto muy profundo que une y distingue a los miembros de un clan. Cada uno de ellos tiene obligaciones irrenunciables de por vida hacia sus wantoks (aquellos que comparten el mismo habla). Se encuentre donde se encuentre, en Port Moresby o en Nueva York, todo miembro de un clan ha de brindar apoyo a cualquier wantok en dificultades, alojarle, darle de comer y atenderle en lo que necesite. Es un sistema de solidaridad social escrupulosamente observado que perpetua el sentimiento de pertenencia y constituye el alma misma del clan. En cierta manera, y salvando las diferencias, no está muy alejado del sistema de las Mafias italianas que, en sus orígenes, constituían una red de apoyo y protección incondicional entre todos los miembros de un mismo clan familiar.

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La comida es comunal en la mayoría de las aldeas/ Foto: F. López-Seivane

Aunque el sistema social de las tribus de PNG es muy complejo, la vida transcurre hoy apaciblemente en las aldeas de la costa, auténticas comunas donde la tierra es de todos y las casas y los cerdos de cada uno. Cada familia tiene su huerta, que las mujeres atienden al amanecer, antes de que el calor apriete. Por eso no es infrecuente, cuando se visitan las aldeas, encontrar a la gente ociosa, sentada a la sombra, mientras los niños corretean por las praderas de espléndido césped que se extienden entre unas chozas y otras.

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Unos niños contemplan el magnífico paisaje que rodea a su aldea/ Foto: F. López-Seivane

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Otro niño feliz se adorna con floes y juega con plantas/ Foto: F. López-Seivane

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Una niña sonríe orgullosa con su hermanito en brazos/ Foto: F. López-Seivane

A las afueras de Bil Bil, Busy Bee me lleva a visitar a Johnny, famoso entre los suyos por su habilidad con las mariposas. Johnny pasa horas observándolas hasta descubrir qué flores le gustan a cada especie. Entonces, las planta en su jardín y pronto tiene una nueva colonia de coleópteros revoloteando entre ellas. No muy lejos, la pequeña aldea de Balek se asienta al pie de una impresionante pared de coral que emergió del mar al mismo tiempo que la cordillera central de la isla, en algún remoto momento geológico. Está cubierta de una tupida vegetación que no permite adivinar su naturaleza hasta no adentrarse en alguna de las numerosas cuevas que hay en la base y descubrir los restos de coral muerto y fósiles marinos que abundan por doquier. De una de las cuevas más próximas a la aldea mana una fuente de aguas sulfurosas, tan azules y transparentes que parecen mágicas. En la misma boca de la cueva, el agua forma un pequeño estanque de cristal azulado envuelto por una lujuriante vegetación tropical. Es un rincón de una belleza tan extraordinaria que no parece de este mundo. No es de extrañar que un lugar tan especial fuera elegido como escenario para la película “Robinson Crusoe” (Pierce Brossman, 1994). Allí puede verse aún la montonera de piedras que representa en el film la sepultura de Friday.

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Esta bellísima poza, de aguas inexplicablemente azules, es la que se utilizó para rodar algunas escenas de la película ‘Robison Crusoe’./ Foto: F. López-Seivane

Los alrededores de Madang están salpicados de aldeas escondidas y casas diseminadas entre una espesa vegetación tropical. Cada una tiene sus características e idiosincrasia peculiares, pero ninguna puede compararse a Haya. Apartada, en lo alto de una colina, se extiende en pequeños barrios a lo largo de un camino ondulante de tierra. La esponjosa y cuidada pradera en la que se asientan las viviendas de paja trenzada no envidiaría al jardín del mejor palacio europeo. Cada familia tiene su choza de palma, su huerta, de la que se nutre, y su piara de cerdos, algo esencial para la economía familiar. Los vegetales se cultivan para comer, pero los cerdos sirven también como moneda de cambio para adquirir bienes, comprar esposas para los hijos o, incluso, adquirir créditos (moka) para enfrentar deudas o llevar a cabo proyectos familiares. Entre la tribus de PNG hay grandes diferencias sociales, pero si algo en común comparten todas es la trilogía universal de Tiera, Cerdo y Mujer, que constituyen (por ese orden) los pilares de su organización social.

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Diversas escenas de la relajada y apacible vida comunal/ Fotos: F. López-Seivane

Haya es, como digo, una aldea de cuento de hadas, donde la vida transcurre al margen de la ambición y de las miserias mundanas. Hombres y mujeres llevan con naturalidad los torsos desnudos y los niños, que cascabelean entre risas incesantes por la pradera,  parecen de todos. El porche de la casa del big man (el jefe), emplazada en ese lugar prominente, en plena plaza, que los pueblos de occidente reservan al Ayuntamiento, sirve tanto de lugar de encuentro social como de foro para discutir los asuntos que afectan a la comunidad.

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El ‘biga man’ (jefe) de Haya, con unas gafas que le distinguen como hombre muy especial dentro de su tribu/ Foto: F. López-Seivane

En fin, como te decía la principio, no se si esto es el paraíso. Júzgalo tu mismo.

 

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2016

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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