La resurrección de Agadir

La resurrección de Agadir

Publicado por el Apr14, 2016

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A la vieja ciudad de Agadir muchos la dieron por muerta cuando aquel terrible terremoto de 1960 dejó totalmente arrasada su magnífica kashba del siglo XVII e incluso la Ville Nouvelle, que crecía sobre una meseta elevada junto al mar, al pie de la vieja fortaleza. De todo aquello no queda hoy piedra sobre piedra. Sólo las impresionantes murallas del alcázar, parcialmente reconstruidas, resisten en pie sobre la colina que un día defendieron.

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El descampado de la izquierda es donde se levantaba la Nueva Ciudad de Agadir, que el terremoto arrasó/ Foto: F. López-Seivane

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Un camello reposa junto a la antigua muralla de la kashba, lo único que queda en pie/ Foto: F. López-Seivane

Sorprendentemente, Agadir ha resucitado de sus ruinas y se extiende como una bandada de palomas blancas sobre el falso llano que desciende al mar. Su inmensa playa forma un arco perfecto al que se abraza la nueva ciudad. En el extremo del puerto, al pie de la vieja kashba, en terreno ganado al mar, se levanta La Marina, una urbanización de lujo con su puerto para embarcaciones de recreo, sus tiendas, paseos y restaurantes. Para que se hagan una idea, es lo más parecido que se puedan imaginar a Puerto Banús.

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La Marina de Agadir, con su puerto deportivo, una especie de Puerto Banús/Foto: Fco. López-Seivane

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La Marina vista desde la playa, con con la Kashba al fondo, en lo alto de la colina/ Foto: Fco. López-Seivane

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La inmensa y espléndida playa de Agadir se extiende por kilómetros/ Foto: Fco. López-Seivane

La blanca Agadir se extiende plana hasta el infinito, con su moderno zoco bullente de vida, su fantástica mezquita recién salida del horno y hasta un Palacio Real, que los turistas no pueden y el monarca no suele visitar. Tres son los motores de su economía, y por este orden: el turismo, la agricultura y la pesca. Que el turismo es su principal motor salta a la vista hasta para un ciego. Es un destino, limpio, acogedor, barato y bien cuidado. Para entender que la agricultura es el segundo motor, bastaría darse una vuelta por el inmenso zoco, donde los puestos de verduras y frutas son dignos de contemplar, por su belleza, colorido y calidad. Un joven agricultor español me llevó también a visitar sus plantaciones de judías verdes, que se extienden por incontables hectáreas al sureste de la ciudad, perfectamente abrigadas por estructuras de plástico y alimentadas por un moderno sistema de riego. Hasta cuatro cosechas recoge al año, que salen de inmediato en grandes camiones hacia los mercados europeos. Naturalmente, no es el único gran agricultor de la zona.

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La moderna mezquita de Agadir/ Foto: Fco. López-Seivane

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Espectaculares verduras en el zoco, una muestra de la fertilidad del lugar/ Foto: Fco. López-Seivane

No queda más remedio que subir hasta lo alto de la colina que domina la ciudad, donde las viejas murallas de la kashba parecen guardar aún el laberinto de viejas callejuelas y pasadizos centenarios por los que corría a borbotones la vida. Casi es mejor no atravesar el arco de entrada que ya no guarda ninguna puerta, porque en el interior sólo habita la desolación. Lo que fue una vieja ciudad berebere llena de vida no es más que un erial del que han desparecido hasta las piedras. Es un sitio triste, en el que la historia misma parece haber quedado enterrada. Los viejos del lugar no suben nunca, y los jóvenes nacidos después del terremoto lo contemplan con indiferencia, ajenos a las quince mil almas que perdieron la vida aquel día, a las veinte mil que quedaron sin techo y a todo lo que allí quedó enterrado. Sin embargo, la vista desde la atalaya que hay extramuros es formidable. Al pie de la colina, la meseta elevada donde crecía la Ville Nouvelle es ahora un campo de entrenamiento para quienes aprenden a conducir. Más allá, la inmensa bahía domina el paisaje, festoneada de arena y blanca espuma. En el extremo más cercano al mirador, los lujosos edificios de La Marina penetran en el mar y abrigan el puerto deportivo. Allí vive un amigo mío que, en las frescas noches de los Alisios, escucha a todo volumen arias de Donizetti junto a su bella novia italiana. Un cuadro portátil domina la decoración de su apartamento, exhibiendo en grandes letras esta profunda reflexión: “¿Quién soy?”. No hace falta decir que se trata de un tipo singular.

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Los jóvenes ya sólo suben a la kashba para contemplar el paisaje/ Foto: Fco. López-Seivane

Muy cerca de allí,  a unos cuarenta kilómetros al sur de Agadir, queda el Parque Nacional de Souss-Massa, un lugar de playas salvajes y una gran laguna, que suelen frecuentar innumerables especies de aves en sus migraciones. Estuve en una cueva de pescadores en mitad de un acantilado de arenisca. Hay muchas más, desde luego, pero ésta, no siendo la única, es única (valga el contradiós), un auténtico santuario donde el viento suena mejor, el silencio es más intenso y la naturaleza se muestra en todo su esplendor. Estas cuevas se suceden a lo largo de una inacabable playa salvaje. Sólo aptas para modernos Robinsones, quede claro.

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Numerosas cuevas arregladas son refugio de pescadores en aquellas desoladas playas salvajes/ Foto: Fco. López-Seivane

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Este reportaje gráfico lo hice con un cámara Fujifilm serie X – T10

 

 

 

 

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2016

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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