Daramsala, el refugio del Dalai Lama en el Himalaya indio

Daramsala, el refugio del Dalai Lama en el Himalaya indio

Publicado por el Feb2, 2016

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De todos es sabido que el Dalai Lama, hasta hace poco la mayor autoridad política y espiritual del Tibet, tuvo que salir huyendo de su palacio en Lhasa en 1962, cuando los soldados chinos invadieron el país. Aquello no fue una toma pacífica precisamente. Tras una agónica marcha que duró semanas, encontró finalmente acogida en Daramsala, al otro lado de la frontera india.

Daramsala es una ciudad anodina enclavada en el valle de Kangra, al pie de los Himalayas, que se extiende en barrios o poblaciones que trepan por las empinadas laderas que la flanquean. Uno de estos núcleos, McLeod Ganj, a casi dos mil metros de altura, empezó siendo una estación de montaña durante la ocupación inglesa y ha terminado convirtiéndose en la sede del gobierno tibetano en el exilio y residencia oficial del Dalai Lama.

Cuando uno se va acercando por la serpenteante carretera y, de pronto, se encuentra con las casas de McLeod Ganj encastradas en lo más alto de la boscosa pendiente es imposible no pensar en Lhasa y sus arracimados lamasterios, En total, doce mil tibetanos viven aquí, pagando sus impuestos (20%) al gobierno democrático tibetano en el exilio, que se renueva cada cinco años.

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Las casa encastradas de McLeod Ganj recuerdan al Tibet/ Foto: Fco. Lopez-Seivane

No debió de ser fácil la salida del Dalai Lama de su país, hace ya más de cincuenta años, huyendo de los invasores chinos. El viaje, a pie, duró más de un mes a través de los descarnados pedregales del Tibet occidental, primero, para adentrarse después en los difíciles pasos de montaña que conducen a la India, cruzando la cordillera más alta del mundo.

Junto a la comitiva de notables que acompañaban al Lama viajaba cuanto pudieron llevarse consigo: antiguas escrituras, valiosos objetos religiosos, reliquias… Me lo cuenta todo con detalle Tenchoe, una joven cuyos padres, siendo aún niños, siguieron al Dalai Lama a su incierto exilio. Tenchoe rondará la treintena y es la encargada del pequeño museo donde se exhiben hasta cuatrocientas obras de arte en la Biblioteca Tibetana de McLeodganj.  Nació aquí y jamás ha puesto el pie en su amado Tibet, pero está convencida de que su generación lo logrará.

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Tenchoe posa en el pequeño Museo Tibetano ante un mural con la imagen del Dalai Lama/ Foto: Fco. López-Seivane

Cenamos en un  restaurante tibetano asomado al abismo. Ella elige el menú y me adiestra sobre cómo negociarlo. “Todo está organizado aquí, me dice, para que nuestra lengua, nuestra cultura, nuestras tradiciones y nuestra forma de vida se perpetúen. Los niños estudian en tibetano, aunque aprendiendo a la vez el hindi, el idioma del país que nos acoge”. También hay una Escuela de Estudios Tibetanos, una especie de universidad, en la que Tenchoe se graduó en filosofía budista, una asignatura del mayor prestigio entre los tibetanos.

Los hindúes los doblan en número, así que le pregunto si no se dan matrimonios mixtos. “Ningún tibetano se casará jamás con alguien de otra cultura. Nuestro deber es procrear nuevas generaciones de niños que mantengan viva la cultura y sigan luchando por recuperar el Tibet” ¿De qué viven los exiliados? “Básicamente del comercio. Venden jerseys de lana y telas. También hay restaurantes, hoteles y un buen número de funcionarios que cobran del gobierno, como yo”.

La presencia del Dalai Lama atrae a muchos visitantes extranjeros, simpatizantes del budismo, en general, y de la causa tibetana, en particular, con la consiguiente prosperidad para la zona. Por aquí pasaron Richard Geere y Gwyneth Paltrow, entre otras muchas celebridades. El turismo espiritual está al alza en todo el mundo. Una mañana me encontré en un recodo de la carretera a grupo de ucranianos con la cabeza rapada. Buscaban la residencia de Su Santidad, tal vez sin saber que éste se encontraba ausente. Probablemente, ni llegaron a enterarse de su ausencia. El hombre viaja sin parar, y cuando no lo hace, permanece aislado en su residencia, asomada a la escarpadura y protegida por un poderoso muro de piedra.

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Residencia del Dalai Lama, tras las verjas cerradas. Foto: Fco. Lopez-Seivane

Aledaño a la residencia se encuentra al gran templo budista, Tsug Lakhang, que todos recorren con emoción. Lo normal es que los visitantes comiencen haciendo un kora, que consiste en girar los rodillos de oración en un circuito que sigue la dirección de las manecillas del reloj; después encienden velas o meditan en los amplios espacios al aire libre que rodean el templo. Hay quien hace posturas de yoga, mientras otros se sientan en silencio o contemplan el fabuloso paisaje. Por las tardes, los monjes del vecino monasterio de Namgial se enzarzan en acalorados debates teológicos, en los que los visitantes pueden terciar. Esta es una costumbre budista que he visto también en Tailandia, una forma de afilar la dialéctica religiosa, supongo. La residencia del Dalai Lama está protegida por altas verjas y guardias que impiden amablemente el paso a todos los curiosos. No es especialmente lujosa, aunque pueda parecerlo en aquel contexto. Hubo una época en la que no era infrecuente encontrase con él o incluso pasar a saludarle, pero hace mucho que un encuentro privado con el Dalai Lama es tan complicado de obtener como una audiencia  con el Papa. Es decir, imposible si no eres una celebridad. Muy ocasionalmente, sin embargo, el Dalai Lama, como el Papa, ofrece audiencias públicas

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Una devota hace girar los rodillos del templo/ Foto: Fco Lopez-Seivane

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Devotos extranjeros meditan en las terrazas del templo/ Foto: Fco. Lopez-Seivane

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Un monje repone el aceite de las lámparas/ Foto: Fcco. Lopez-Seivane

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A los monjes íes gusta debatir amablemente/ Fco. Lopez-Seivane

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Las monjas, en cambio, solo sonríen/ Foto: Fco. Lopez-Seivane

Y eso que hace ya algún tiempo que la máxima autoridad espiritual del budismo tibetano renunció a sus responsabilidades políticas, anticipando que la institución que representa, que ha prestado un gran servicio al país durante siglos, podría desaparecer tras él si así lo decidiera democráticamente el gobierno. El asunto es de gran calado, porque, o mucho me equivoco, o eso equivaldría a dar prevalencia al poder temporal frente al divino en una de las pocas teocracias que quedan en el mundo. Pero Tenchoe no cree que eso vaya a ocurrir. O, tal vez, no quiere creerlo.

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2016

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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