Las controvertidas fuentes del Nilo Azul

Las controvertidas fuentes del Nilo Azul

Publicado por el ene5, 2016

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Lo de las fuentes del Nilo empezó obsesionando a Ciro, Alejandro y Julio César, grandes viajeros con muchos medios logísticos y ejércitos a sus órdenes, pero ninguno logró desentrañar el misterio. Ptolomeo hizo acertadas deducciones, aunque meramente especulativas, con lo que sólo logró agrandar la leyenda. El primer no africano que tuvo el honor de contemplar cómo las aguas del Lago Tana se vaciaban por el sur, iniciando su larga andadura hasta Alejandría, fue un modesto jesuita español, Pedro Páez, cuyo nombre malescriben en Etiopía como Pero Paes, que sentó sus reales en Górgora, una península en la región septentrional del lago, donde construyó la primera iglesia católica de África, o al menos, de esta parte de África. Allí, entre las ruinas del templo, yacen olvidados sus restos mortales. Esto ocurrió en los albores del siglo XVII, con lo que se adelantó en más de ciento cincuenta años al escocés James Bruce, que ha pasado a la historia como el ‘descubridor’ de las Fuentes del Nilo. El hombre fue conducido por campesinos locales hasta el nacimiento del río Abay, el principal tributario del lago Tana, y dio por concluida su gloriosa misión, dedicando el ‘descubrimiento de las Fuentes del Nilo’ al rey Jorge III. A su regreso a Inglaterra fue recibido como un héroe, callando cobardemente algo que bien sabía: que un modesto jesuita español lo había encontrado mucho antes.

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Este es para muchos el ‘nacimiento’ del Nilo Azul, el punto exacto en el que las aguas del lago Tana inician su curso hacia Alejandría/ Foto: Fco. López-Seivane

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Vista del lago Tana desde el parque de Bahir Dar/ Foto: Fco. López-Seivane

He estado por allí estos día prenavideños. Para los ribereños del lago Tana la cosa está muy clara. Aunque el lago cuenta con más de sesenta tributarios, entienden que la auténtica fuente del Nilo Azul es el nacimiento del río que denominan Abay o Pequeño Nilo Azul. ¿Cómo saben que ése es el río madre y no cualquiera de los otros que vierten también sus aguas al lago? La respuesta está en una línea marrón que atraviesa el lago desde la desembocadura del Abay hasta su desagüe y que ya mencionaba Páez en sus relatos. Para ellos, ése es el curso del verdadero Nilo Azul y los demás tributarios son afluentes de éste. O sea, que el gran descubrimiento de Bruce era de dominio público en la comarca desde antiguo, entre otras cosas, porque Páez lo había visitado en compañía del emperador Susinios y lo había descrito detalladamente.

No sé si Bruce siguió el curso del llamado Nilo Azul hasta Jartum, donde se junta con el Nilo Blanco. De haberlo hecho, hubiera aprendido que, en realidad, el Nilo Azul es el auténtico Nilo, ya que el Blanco, que nace en el Lago Victoria y del que nos ocuparemos en una próxima crónica, es mucho menos caudaloso y hace una aportación mínima de agua, propia de un afluente.  A mi me recordó de inmediato lo que ocurre cuando las aguas negras del Danubio se unen a las verdes del poderoso río Eno (Inn le llaman por allí) en Passau. Viendo la unión de las aguas desde lo alto del castillo queda claro al instante que el curso principal es el del Eno y que el llamado Danubio es un afluente más que enseguida diluye su personalidad ante el ímpetu y caudal del otro. A doscientos metros del encuentro, las aguas verdes del Eno ya se han enseñoreado de todo el cauce y continúan orgullosas su curso esmeralda por el Wachau. Pero los geógrafos han decidido que sea el curso más largo, y no el más caudaloso, el que de nombre a un río y así nos encontramos con estas absurdas paradojas.

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Un pescador echa las redes desde su tankwa/ Foto: Fco. López-Seivane

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Un tankwa, la frágil embarcación de papiros que todavía usan los ribereños del lago para el transporte y la pesca/ Foto: Fco. López-Seivane

No hace mucho que, tras abandonar el lago Tana, las aguas del Nilo Azul transcurrían serenas hasta precipitarse abruptamente desde la meseta formando las impresionantes cascadas de Tis Isat (‘agua humenate’), una de las más bellas de África. Pero hoy eso ha cambiado mucho. Si Pedro Páez levantara la cabeza y contemplara cómo aquellas fantásticas cascadas de más de cuatrocientos metros de ancho, que tanto le impresionaron al precipitarse desde una altura de cincuenta yardas con un fragor formidable, que todo lo empapaban con nubes de niebla hasta un kilómetro de distancia, y que habían creado en su entorno una lujuriante selva tropical, no son ahora, en época seca, más que un regato de no más de cuatro metros que se desploma con la misma poquedad que el chorro de una ducha, se sentiría, sin duda, tan triste como cualquiera de los escasos viajeros que aún se acercan por allí, llevados por la nostalgia. En época de lluvias, sin embargo, la cosa mejora un poco y aún se puede disfrutar del río desbordando parte de la pared de roca por donde caían las antiguas cataratas. La causa de ese disparate ecológico hay que buscarla en la decisión de las autoridades etíopes de construir una central eléctrica en la zona, para lo que no se les ocurrió otra cosa que desviar la mayor parte del caudal del río, con lo que se puede afirmar que las famosas Cataratas del Nilo Azul, mito geográfico y legendario desde los albores de nuestra Era, meca de exploradores decimonónicos, orgullo de Etiopía, están en la UVI.

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El viejo puente portugués que da acceso alas cascadas y que ya existía en época de Páez/ Foto: Zita Elíces

Tras caer a plomo desde la meseta, las aguas se encauzan en la llamada Garganta del Nilo Azul, un tajo de dimensiones colosales que divide la región de Shewa de la de Gojan y que hace pensar de inmediato en el Gran Cañón del Colorado. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, llegado a la base del cañón, aún no podía ver el río, ya que éste corre por una profunda angostura que ha excavado él mismo con sus aguas. Otro descenso y, por fin, el moderno puente de cemento, sujeto con tirantes de acero. Control militar, prohibido detenerse o sacar fotos. Le digo a Abebe, el conductor, que pase muy despacio, preparo la cámara para disparos a alta velocidad, dispuesto a inmortalizar sin remordimientos el paso de Nilo Azul por su lecho intemporal. Nada impresionante, créanme. Hay algunos ríos a los que les quitas el mito y se quedan en nada. En ese punto, éste es uno de ellos. Hay que esperar a que crezca y riegue las tierras sedientas de Egipto antes de mostrar su grandeza entre templos y pirámides. Ahí tienen la foto del puente para comprobarlo.

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Vista de la garganta del Nilo Azul desde el puente. Nada impresionante/ Foto: Fco. López-Seivane

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Puesta de sol en el lago Tana/ Foto: Fco. López-Seivane

Imagen de portada: La cascada de Tis Isat el pasado mes de diciembre. Antiguamente las cascadas desbordaban toda la pared…/ Foto: Zita Elíces

 

 

 

 

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2016

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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