La transfiguración de Estonia

La transfiguración de Estonia

Publicado por el Nov3, 2015

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Estonia es uno de los países más pequeños de la Unión Europea. Hace menos de dos décadas era aún una república de la difunta Unión Soviética, pero hoy cualquier estonio puede consultar a través del teléfono móvil las notas de sus hijos, sus faltas a clase o los comentarios de los profesores. También puede pagar del mismo modo el estacionamiento del coche o el billete del autobús. Para entender el nivel tecnológico y cultural de este país baste decir que en cualquier lugar hay conexiones gratuitas de Wi Fi, más del 80% de los contribuyentes hace sus declaraciones por internet y más del noventa por ciento lee el periódico todos los días, mayormente en versión digital. Es más, en este país todos los ciudadanos que lo deseen pueden ya votar desde sus casas a través de internet. Pero, sobre todo, aquí se percibe una atracción especial por la innovación. Estonia ya fue la primera ex república soviética en adoptar su propia moneda y en introducir la tarifa plana en su sistema impositivo (un 22% que se va reduciendo cada año), algo que fue imitado después por otros países del Este de Europa.

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El nuevo skyline de Tallin, erizado de modernos edificios sobre los tejados de la ciudad vieja/ Foto: F. López-Seivane

Aparte del centro histórico, tan visitado por los turistas, hay otras cosas en Tallin, su capital, dignas de ser destacadas: el parque de Kadriorg, donde Pedro el Grande, apenas completada la conquista de Estonia, hizo construir un magnífico Palacio de Verano para su mujer (y antes sirvienta), Catalina I (Kadriorg significa ‘valle de Catalina’ en estonio), sin sospechar que un día sería patrimonio de la ciudad. En las proximidades aún resiste en pie una modesta cabaña, donde el gran Pedro solía alojarse cuando venía a inspeccionar las obras. Es una visita imprescindible, incluyendo el Museo de Arte que alberga en su interior, así como la larga costanera, convertida en un fantástico paseo marítimo de varios kilómetros, que lleva hasta Pirita, donde aún quedan en pie la fachada y las ruinas de un convento católico, destruido por Iván el Terrible, y las extensas, apacibles y solitarias playas que más invitan al paseo que al baño. Todo es bucólico y sosegado  en esta parte de la ciudad, donde también se encuentra el gran escenario al aire libre en el que los estonios llevaron a cabo su particular ’revolución cantada durante los años de la opresión soviética, y muy particularmente en 1988, cuando más de 300.000 voces gritaron ‘Independencia’. Ahora, el Festival se celebra cada cinco años y reúne hasta 30.00o voces, cantando al unísono bajo la batuta de un director de orquesta, lo que, con toda probabilidad, es la mayor masa coral jamás reunida en el planeta. El Festival ha llegado a contar con 240.000 espectadores en vivo, lo que supone casi la cuarta parte de todos los habitantes del país.

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Palacio de Kradiorg, regalo inintencionado de Pedro el grande a la ciudad de Tallin/ Foto: F. López-Seivane

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Espléndido Parque de Kadriog, extendiéndose hasta el mar/ Foto: F. López-Seivane

Pero la relampagueante transformación de Tallin desde su ingreso en la Unión Europea ha dado lugar a una especie de sarpullido de modernos edificios de cristal que, muy a menudo, se asientan sobre viejos galpones de piedra o vetustas edificaciones que se resisten a desaparecer, en un interesante y sorprendente maridaje arquitectónico. Cuando uno se asoma ahora a la ciudad desde cualquiera de los miradores de la parte alta de su centro histórico, puede apreciar el contraste entre sus tradicionales torres medievales erizadas de agujas y el nuevo skyline de rascacielos de cristal que se alza al fondo. Entre los nuevos edificios, destaca la Biblioteca Nacional, que comenzó a construirse durante la época soviética con donativos populares, pero fue inaugurada en 1993, convirtiéndose en la primera gran obra tras la independencia. Cuenta con tres millones de libros (ojo: tres por cada habitante) y es capaz de acoger hasta mil lectores a la vez.

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Viejos y modernos edificios contrastan y se complementan en la nueva Tallin/ Foto: F. López-Seivane

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el futurismo arquitectónico descansa sobre viejos galpones de piedra/ Foto: F. López-Seivane

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Modernos edificios de cristal salpican la nueva piel de la ciudad/ Foto: F. López-Seivane

Los cambios han afectado también al viejo y deprimido barrio de pescadores de Kalamaia, situado muy cerca del mar, a poniente de las murallas. Allí tenían los pescadores y obreros de la vecina zona portuaria e industrial sus modestas viviendas de madera, una rareza entre los grises y anodinos bloques soviéticos que caracterizan al resto de la ciudad. Quizá por eso se ha convertido ahora en un barrio de moda, al que se han mudado muchos profesionales, renovando las viejas casas de madera, que han visto duplicar su precio de la noche a la mañana. Paralelamente, una serie de locales de ocio, bares y restaurantes han comenzado a aparecer en viejas fábricas abandonadas y edificios reciclados, hasta el punto de que Kalamaia se está convirtiendo rápidamente en un lugar de moda, bohemio y contracultural, en el que la gente más ‘in’ gusta de tomar sus cervezas lejos del bullicio, mientras contempla el arte callejero que decora  muchas paredes. Aún queda mucho por cambiar a lo largo de la costa, donde abundan las fábricas abandonadas y hasta una cárcel recientemente cerrada, pero todos piensan que, en unos años, aquello será una imparable zona de ocio y recreo. Como prueba, el reciente muelle deportivo, donde la réplica de un diminuto sumergible de madera da la bienvenida a cuantos se acercan a visitar el interesante Museo de Hidroaviones.

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Museo de Hidroaviones y nuevo puerto en Kalamaia/ Foto: F. López-Seivane

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Otra perspectiva del flamante puerto en Kalamaia/ Foto: F. López-Seivane

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Los nuevos locales de Kalamaia atraen a lo más hipster de la ciudad/ Foto: F. López-Seivane

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Viejos edificios se transforman en locales de moda en Kalamaia/ Foto: F. López-Seivane

Otro tema candente, pero del que nadie habla, es el de las nuevas generaciones de rusos que han crecido allí ya en democracia y tiene sentimientos de pertenencia encontrados. Me tomé la molestia de hablar con un grupo de chicas, de entre dieciséis y dieciocho años, que me encontré en el parque. Todas era de etnia rusa, hijas de rusos que se mudaron allí durante el comunismo. Se sienten ruso/estonias, algo que las distingue y diferencia de las otras chicas, que son simplemente estonias. Dicen que conviven sin problemas con ellas, pero como el aceite y el agua, es decir, sin mezclarse. Aunque hablan perfectamente estonio, se expresan habitualmente en ruso y ninguna querría bajo ningún concepto vivir en Rusia, así que conforman una generación varada entre dos mundos. Los padres de muchas de ellas no tienen pasaporte europeo porque se niegan a pasar el preceptivo examen que exigen las autoridades. Muchos de ellos se sienten muy orgullosos, por ejemplo, de que el Ejército Rojo liberara Estonia de la bota nazi, mientras que los estonios tienen la impresión de que pasar de Hitler a Stalin fue como salir de Guatemala para entrar en Guatepeor…, pero los turistas no suelen enterarse de estas cosas y disfrutan enormemente recorriendo los bellos rincones de esta ciudad y comiendo espléndidamente a precios todavía muy razonables. ¡Que ustedes lo pasen bien!

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Esta joven ruso/estonia simboliza a las nuevas generaciones del país/ Foto: F. López-Seivane

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Artístico grafiti en Kalamaia decorando un viejo edificio comunista/ Foto: F. López-Seivane

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Una vista más cercana para que puedan apreciar mejor el gran trabajo del artist/ Foto: F. López-Seivane

Las imágenes que acompañan esta crónica están tomadas con una cámara Fujifilm X-E2

Imágen de Portada: Jardines del Palacio de Kradiorg

Nota: Estonia ocupa la primera posición en 2016 en los destinos con mejor relación calidad-precio que elabora cada año Lonely Planet.

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2015

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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