Vilna, la Jerusalén del norte

Vilna, la Jerusalén del norte

Publicado por el Oct13, 2015

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Resulta que Vilna, la capital de Lituania, esa ciudad que creíamos tan periférica, es el centro geográfico de Europa. Lo han dicho los franceses con un tono muy oficial, tras medir escrupulosamente la distancia que separa el Atlántico de los Urales.

¿Pero cómo descubrir su alma, ese algo intangible que confiere personalidad y carisma a los lugares? La periodista Kristina Sabaliauskaite, convertida en autora de moda en su país, lo tiene muy claro: “Sube hasta lo alto del campanario de la iglesia de San Juan”. Estaba dispuesto a hacerlo cargando con mi inseparable Fujifilm X-E2, de hecho ya había escalado un par de plantas de viejos peldaños de madera, cuando me entretuve contemplando las oscilaciones de un péndulo de Foucault que colgaba desde lo alto, mostrando a los incrédulos con su vaivén que la tierra es redonda y se mueve. En esto que se abrieron unas puertas y descubrí un moderno ascensor que subía en segundos los sesenta metros que me separaban de las campanas. El Señor no se olvida de los pecadores, aunque, quizá por mis grandísimas culpas, el último tramo tuviera que hacerlo a pie.

No di con el alma de la ciudad en aquel campanario, he de confesarlo, pero si decubrí con asombro una paisaje de agujas, cúpulas, espadañas, torres…, rematando iglesias de todos los estilos y todas las confesiones. ¿Sabían que Vilna es la urbe con más iglesias por habitante de todo el planeta? Incontables templos proyectan sus torres góticas, neoclásicas o barrocas, sobre todo barrocas, sobre un cielo otoñal y prístino. Y desde el campanario de San Juan se ven muchas de ellas.

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No menos de siete iglesias, incluida la de San Juan,  pueden verse desde la Torre del Campanario/ Foto: F. López-Seivane

En esa soleada mañana de septiembre, las relucientes calles peatonales de la capital lituana estaban pobladas de numerosos grupos endomingados que se dirigían a los templos arropando a novias de blanco radiante. Por si a alguien se le hubiera olvidado, un incesante repique de campanas nos recordaba que estábamos en el país más católico del Este de Europa, auténtico bastión de Roma. Aquí, como a Praga, llegaron los jesuitas españoles en el siglo XVI, capitaneados por Alfonso Salmerón, amigo personal de San Ignacio, a liderar la lucha contra la Reforma protestante de Lutero, que estaba prendiendo en todo el continente europeo. Debieron de venir con mucho dinero a un país que acababa de convertirse en masa al catolicismo, ya que empezaron por construir una Universidad. Después, vendrían las iglesias, y la primera, la de San Juan, que tiene dos fachadas;  a la principal se accede desde el patio interior de la propia universidad, mientras otra lateral permite entrar por la vecina calle de San Juan.

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Calle y campanario de San Juan/ Foto: F. López-Seivane

Así que Vilna, la capital que algunos pretenden comparar con Praga, por el barroco, o con Roma, por las siete colinas sobre las que se asienta, es, para Kristina Sabaliauskaite, nada menos que la Jerusalén del Norte. Ojo, Kristina, explícate, que eso ya se lo había oído yo a Napoleón: “Como Jerusalén, Vilna tiene un pasado dramático. Históricamente estaba dividida en cuatro sectores: el de los católicos (polacos y lituanos), el de los ortodoxos (rusos), el de los luteranos y calvinistas (alemanes) y el de los propios judíos. Estas comunidades convivieron sin mayores problemas hasta 1944-45, cuando la limpeiza étnica y social del estalinismo empezó expulsando a los polacos y reemplazándolos por rusos y lituanos de otras regiones. Hitler ya se había encargado antes de dar cuenta de los judíos, asi que la estructura social de la ciudad cambió dramáticamente y apenas quedan ahora familias que hayan vivido aquí varias genetraciones”.

Vale, tomo nota, la Jerusalén del Norte, como la llamó Napoleón. Aunque ahora, he de decirlo, dominan aquí los templos católicos construidos por jesuitas, dominicos, carmelitas, bernardinos… Desde uno de ellos, la Iglesia de Santa Teresa, se accede a la diminuta capilla que se asienta sobre la famosa Puerta de la Aurora, el único vestigio que queda en pie de la antigua muralla que rodeaba la ciudad. En una capillita diminuta elevada sobre la misma puerta se exhibe una reverenciada pintura de la virgen (la cara que aparece en el cuadro corresponde, en realidad, a la princesa lituana Barbora Radvilaite, algo muy común en los iconos ortodoxos, pero totalmente inusual en la imaginería católica), de escuela italiana y autor desconocido. Los católicos polacos y bielorrusos la tienen por una imagen taumatúrgica y milagrosa, y han convertido el lugar en un masivo centro de peregrinación, frecuentemente abarrotado de devotos. Aunque hoy día peregrinos y turistas resultan muchas veces indistinguibles.

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La famosa Puerta de la Aurora, la única de las diez puertas de entrada a la antigua ciudad amurallada que queda en pie. Hoy es un lugar de peregrinación/ F. López-Seivane

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Devotos orando ante la imagen de la virgen en la Capilla de la Puerta Dorada/ Foto: F. López-Seivane

Para muchos, la arquitectura más espléndida de Vilna se centra en su Universidad, la primera del Báltico, fundada, ya digo, por los jesuitas en el siglo XVII. Otros, en cambio, destacan el admirable gótico enladrillado de la iglesia de Santa Ana, que Napoleón quiso llevarse a Paris, aunque luego, tras salir pitando de la ciudad y dejar enterrados en territorio lituano a más de ochenta mil soldados de su ejército (veinte mil cadáveres franceses han aparecido este verano en fosas comunes a las afueras de la ciudad), debió de olvidársele el asunto. Para mí, la singularidad de este gótico tardío, que, por cierto, fue concebido como templo luterano y ahora alberga en su desconchado interior un altar barroco, no sería la misma sin la fachada triangular del contiguo monasterio de Los Bernardinos que siempre aparece como fondo en todas las imágenes.

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Iglesia de santa Ana (vista lateral) y monasterio de los Bernardinos/ Foto: F. López-Seivane

Ya se sabe que la hermosura de un monumento depende muchas veces del contexto en que se levante. Así, la catedral de Vilna, de sorprendente estilo neoclásico que recuerda a La Madeleine de París, se alza en una magnífica explanada que resalta la limpieza de sus líneas. Junto a ella, hace guardia la Torre de la Campana, que empezó siendo circular y defensiva y terminó transformada en un campanario octogonal. Los comunistas convirtieron la catedral en galería de arte, pero, ahora, la gente local la tiene como un lugar emblemático y punto de encuentro inexcusable.  Otro templo importante es la Iglesia de San Casimiro, el primer edificio barroco de la ciudad, construido también por los jesuitas en 1604, que terminó siendo, irónicamente, un Museo del Ateísmo durante la época soviética, y en la actualidad es el templo más buscado por las celebrities para casarse. Para volverse loco, vamos.

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Las celebrities tienen a gala casarse en la iglesia de San Casimiro/ Foto: F. López-Seivane

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Catedral y Torre de la campana/ Foto: F. López-Seivane

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La explanada de la catedral es el punto de encuentro donde todo el mundo ‘queda’/ Foto: F. López-Seivane

Hay muchísimo más que contar de esta fantástica ciudad, pero creo que me estoy alargando demasiado, así que me daré prisa. De inexcusable visita en Vilna es la Colina de las Tres Cruces, objeto de leyendas desde los tiempos medievales. Ascendiendo por una empinada senda escalonada desde el Parque Kalny, justo detrás de la catedral, se llega al antiguo bastión, nunca conquistado por los caballeros teutónicos, cuya atalaya, hoy museo, constituye un insuperable mirador. Toda la ciudad luce particularmente hermosa en otoño y en invierno, aunque la hermosura de Vilna es intrínseca y no depende de factores  ambientales que sólo puede añadir un adorno a la orgía de barroco que engalana sus calles. Y luego está el Palacio Real, justo detrás de la catedral, cuya reconstrucción ha costado una fortuna y ha sido objeto de duras polémicas en aquel país, pero acaba de inaugurarse y ahora es objeto de orgullo, aunque nadie me ha explicado por qué lo llaman real cuando Lituania nunca pasó de ser un ducado, adherido al reino de Polonia. En esta ciudad, tan poseída de ardor religioso, las iglesias se aprietan unas contra otras, muro contra muro, contraponiendo sus estilos, proyectando sus torres y agujas al cielo para hacerse visibles desde cualquier lugar.

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Arriba puede verse la colina de las Tres Cruces, símbolo de la ciudad/ Foto: F. López-Seivane

Siempre oí decir que los lituanos eran los ciudadanos más emocionales y explosivos de todo el vecindario báltico. No entro ni salgo en el asunto, pero, para mí, una de las claves de su singularidad reside en que son mayoritariamente católicos, mientras una mayoría de sus vecinos se tienen formalmente por protestantes u ortodoxos, aunqe, en la práctica, sean agnósticos  o indiferentes.

Postdata: Vilna me parece una ciudad maravillosa para visitar, cómoda, limpia, barata y acogedora a más no poder. Si se animan a hacerlo, y en ausencia de vuelos directos, les recomiendo los servicios de Brussels Airlines, que vuela diariamente desde Madrid y Barcelona, con excelentes conexiones en Bruselas. Y ya puestos, les mencionaré dos hoteles que por su ubicación y calidad pueden ser el lugar ideal para alojarse durante su estancia en la ciudad: Shakespeare y Radisson Blu Astoria. ¿Quieren algún restaurante también? Si les gusta la comida potente, autóctona, en un marco típico, con calidad y muy buen precio: Forto Dvaras. No tiene pérdida, está en Pilies, en el mismísimo centro del casco histórico. Si quieren probar un menú original, saludable a más no poder, vegetariano, crudo o cocinado a menos de 45º, con productos autóctonos, no se pierdan Botanique, la última sensación gastronómica de la ciudad.

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Joven representante de las nuevas generaciones lituanas crecidas en libertad y democracia/ F. López-Seivane

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Solemne cambio de guardia en el Palacio Presidencial/ Foto: F. López-Seivane

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Rincones escondidos en el dédalo de callejuelas del centro histórico/ Foto: F. López-Seivane

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El barroco surge en cualquier esquina/ Foto: F. López-Seivane

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Pilies, la principal arteria del casco viejo, siempre abarrotada de turistas/ Foto: F. López-Seivane

Imagen de portada: Hermosa vista de las estatuas que rematan la catedral de Vilna, con el río y el bastión al fondo/ Foto: F. López-Seivane

Las imágenes que acompañan esta crónica han sido tomadas con una cámara Fujifilm X-E2

 

 

 

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2015

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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