Meditar en Fuerteventura

Meditar en Fuerteventura

Publicado por el Sep1, 2015

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Esta es una crónica de estío. Vengo de disfrutar unas maravillosas Vacaciones Inteligentes en Fuerteventura y escribo estas líneas impregnado aún del aura de paz y silencio en que he vivido las pasadas semanas. ¿Dónde? En un lugar extraordinario, conocido como Elba Palace Golf. Se que a muchos les sorprenderá, pero este hotel es un claustro donde habita el silencio. Lo que para algunos no es más que un campo de golf, para mi era un inmenso jardín, una cuidada pradera en la que mi vista se recreaba cada mañana al abrir los ojos tras la meditación.

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Vista del Hotel Palace Golf, con su inmensa alfombra de césped.

Esa hora mágica que precede a la aurora, cuando la tenue luz hace tan difícil distinguir un hilo blanco de otro negro, me encontraba invariablemente sentado frente al césped, ensimismado en mi interior. Sin pensamientos, ensoñaciones ni emociones, la paz se apoderaba de mi mente y ya me acompañaba toda la jornada, aquietando mis pasos, haciendo un susurro de mi voz y manteniéndome en contacto con lo más profundo de mi ser.

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Vacaciones Inteligentes: Yoga al alba en Fuerteventura/ Foto: F. López-Seivane

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Joven meditando durante sus Vacaciones Inteligentes en Fuerteventura/ Foto: F.López-Seivane

A la caída del sol, no dejé ni un sólo día de acudir puntualmente a la playa del Sheraton, apenas a un tiro de ballesta de mi lobera, a nadar sin desmayo en sus aguas quietas y cristalinas. En alguna ocasión compartí almuerzo en la terraza del hotel con mi viejo amigo Javier Rufino, el director que ha llevado en poco tiempo al Sheraton Fuerteventura a ser uno de los hoteles con mejor rating de la cadena.

Hubo también algún día en que salí de mi refugio de silencio para pasear por la isla. Por si me cabía alguna duda, pude comprobar una vez más que lo mejor de Fuerteventura está en Corralejo. Y no me refiero a aquel pueblecito de pescadores que ha crecido por metástasis hasta convertirse en un importante núcleo turístico, sino a algunas singularidades que lo hacen único. Hablo de sus conocidas Dunas, uno de los fenómenos naturales más sorprendentes de la isla. Traídas pacientemente por las corrientes atlánticas y adunadas por el siroco, las arenas del Sahara han ido formando en este punto un extraordinario desierto que se renueva cada día según el capricho del viento. Te vas mismamente a dar una conferencia a Puerto del Rosario y cuando vuelves ya tienes una duna metida en la carretera. No es una exageración. Me ha ocurrido en alguna ocasión.

Todavía conservo de aquella época una foto de un Sánchez Dragó espléndido y juvenil, sentado como su madre le trajo al mundo en la postura del loto. No puedo mirarla sin que se me escape una sonrisa evocadora de aquellos maravillosos veranos en Corralejo. Verle así, expuesto sobre la arena, siempre me recuerda a un avadhuta, uno de esos sadhus hindúes que, por renunciar, han renunciado hasta a los calzoncillos y caminan siempre totalmente desnudos en señal de desafecto y desapego  de su propio cuerpo. Las partes pudendas aparecen en la imagen delicadamente cubiertas por sus propias piernas como en una calculada portada de Intervíu. Pienso ahora que tengo que ampliarla y enmarcarla para regalársela a la primera ocasión, con una inscripción que rece: “Dragó al desnudo”.

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Dragó al desnudo en las playas de Corralejo/ Foto: F. López-Seivane

Como fondo de la foto aparecen las playas kilométricas de Corralejo. Es muy difícil encontrar en el ancho mundo un lugar así de privilegiado para disfrutar sin agobios de un mar tan azul y prístino que hace palidecer el cielo. Aunque ahora, todo hay que decirlo, están ya muy frecuentadas y han perdido, en buena parte, aquel halo de soledad que tan especiales las hacía.

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Parque Natural Dunas de Corralejo con la Isla de Lobos al fonfo.

Como en los mejores relatos mitológicos, Fuerteventura brotó un día del fuego para enseñorearse del océano. Muchos pensaban que aquí no había más que viento, desolación y malpaís, que es como llaman los majoreros a las infértiles tierras de piedra volcánica. Sin embargo, caprichos de la historia, Hitler compró, a través de un testaferro llamado Winter, la península de Jandía, en el calcañar de la isla, allí donde la distancia de mar a mar es más estrecha y donde se dice que los guanches habían levantado una pared que dividía la isla  en dos reinos, como si se tratara de las huertas de dos vecinos.

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Restos de lava improductiva que los majoreros llaman ‘malpaís’

La intención del führer era establecer una base secreta de submarinos que controlaran las rutas del Atlántico Sur, pero la guerra se terminó poco más tarde, Hitler murió y el bueno de Winter se encontró de improviso con que era el feliz propietario de la deshabitada y ventosa península de Jandía. Ahí comenzó el trasiego de alemanes que ha terminado convirtiendo el sur de la isla en una especie de Kleindeutschland.

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Playas del sur de la isla.

Hoy día, Fuerteventura es un destino en alza. No sólo cuenta con las mejores playas de Europa, sino que el visitante descubre con asombro la desnuda belleza mineral de sus paisajes y la interesante historia que comenzó en tiempos muy pretéritos con el desembarco de pescadores bereberes empujados desde las costas africanas por las mismas corrientes que hoy nos traen las pateras. Los guanches se asentaron en la isla y la dividieron en dos reinos, como queda dicho. Encontrar la pared que los separaba es otro cantar. La he buscado con ahínco en un municipio que aún lleva ese nombre (La Pared), en el punto en que se supone que la isla estaba dividida, pero no queda ni rastro. O, al menos, yo no he sido capaz de dar con él.

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Impresionante vista del Mirador de La Pared. Foto: David Koester

Hay otra frontera invisible, sin embargo, que divide hoy la isla en dos zonas turísticas perfectamente diferenciadas: el Sur, con las magníficas playas de Jandía ya mencionadas, y Corralejo, en el extremo septentrional, donde el Parque Natural de las Dunas alberga las mejores playas del Atlántico. El resto se resume en algunas tomateras, unos pocos rebaños de cabras, algunos pueblos arriscados, entre los que destaca la antigua capital, Betancuria, de la que me ocuparé en la próxima crónica, y grandes extensiones de tierras yermas y desoladas. ¡Ah!, y la capital, Puerto del Rosario, antes conocida como Puerto de Cabras, donde Unamuno cumplió su destierro en 1924. Sólo duró cuatro meses, pero le bastaron para enamorarse de los paisajes desnudos de la isla, a la que dedicó apasionados versos:

“Un oasis me fuiste, isla bendita;

la civilización es un desierto

donde la fe con la verdad se irrita.

Cuando llegué a tu roca llegué a puerto

Y esperándome allí a la última cita

sobre tu mar vi el cielo todo abierto”.

Imagen de portada: Cometas en las playas de Corralejo.

 

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Crónicas de un nómada © DIARIO ABC, S.L. 2015

Mi vida siempre ha sido un viaje. Al principio, geográfico; después, antropológico; finalmente, interior, a la búsqueda de las esencias.Más sobre «Crónicas de un nómada»

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