Esperando a Mr. Banks

Esperando a Mr. Banks

Publicado por el dic 21, 2013

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Sucede con algunas películas que, de tanto acudir a ellas, uno pierde la cuenta del número de veces que ha llegado a verlas. La infancia es una época especialmente voraz y poco discriminadora. Por eso, en la lista de mayor número de visionados, suelen ocupar los primeros puestos esos filmes que, de pequeños, consumíamos una y otra vez.

Todos tenemos nuestras películas fetiche. Para un servidor, Mary Poppins es una de ellas. ¿Vista una docena de veces? Probablemente. Más, incluso. De ahí que la inminente Al encuentro de Mr. Banks (horrible título, por cierto), que relata cómo Walt Disney peleó sin desmayo para que la autora del libro le cediera los derechos, se convierta en uno de esos estrenos con los que, sí o sí, hay que cumplir.

Walt les prometió a sus hijas que llevaría su relato favorito a la gran pantalla. Tardó 20 años. Y valió la pena. Si una película merece ese calificativo tan ñoño y sobado de tanto usarlo que es “mágica”, esa es Mary Poppins. Ingenua probablemente a ojos de las generaciones actuales, pero una maravilla de principio a fin, repleta de hallazgos, divertida y loca, incluso triste, por momentos. El parque, el banco, la merienda en el techo, el baile en el tejado con los deshollinadores… Imposible no emocionarse y tararear sus pegadizas canciones. Tan rica en detalles que está más que justificado revisarla con frecuencia.

Dick Van Dyke está inmenso como el pluriempleado Bert y, por si fuera poco, nos regala ese breve pero sublime carcamal del patriarca banquero. Sencillamente genial. Julie Andrews irrita a veces con su perfeccionismo exacerbado, pero es imposible no acabar enamorado, aunque sea un enamoramiento naif, infantil, que no va más allá de quedarte embobado en su presencia, mientras saca de su bolso un objeto detrás de otro. Por no hablar de ese señor Banks, siempre tan firme y recto, constreñido, que se acaba soltando, arrastrando por el torbellino que, sin él saberlo, ha metido en su casa. O su feminista y presumida esposa. O el loco almirante Boom.

Mary Poppins se llevó 5 Oscar (y optó a otros 8), una marca muy meritoria para una cinta infantil, que combinaba los personajes reales con los animados. Competía en 1965, además, con un peso pesado: My fair lady, de George Cukor, que arrambló con 8 estatuillas. De modo que sí, la Academia hizo justicia con ella. Pero merecía más, y dedicar una película a su trastienda, a bucear en cómo se gestó, se presenta como un homenaje inmejorable.

Hay ganas de ver a Tom Hanks en la piel de Disney y a Emma Thompson como P. L. Travers, la autora del libro, reacia a que Hollywood ponga sus zarpas en su preciada criatura. Será inevitable ver Al encuentro de Mr. Banks y no sentir unas ganas irrefrenables de volver a Mary Poppins. Una de esas películas que puedes revisar constantemente sin temor a sentirte defraudado. Que resisten el paso del tiempo y el salto de la infancia a la etapa adulta. No hay edad para disfrutar con Mary Poppins, perderse en sus aventuras tal vez un poco cursis, pero deliciosas, y dejarse llevar.

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