Super Hobbit Bros: un arcade poco fiel al original

Super Hobbit Bros: un arcade poco fiel al original

Publicado por el dic 17, 2013

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Hay tantas cosas discutibles en la adaptación que está despachando Peter Jackson de El Hobbit que es muy probable que se acabe antes enumerando lo que no es discutible. No es discutible que sus capítulos son un éxito en la taquilla. Y que relatar las peripecias de Bilbo Bolsón, como antes las de su sobrino Frodo, resulta de lo más provechoso. Por el camino, sin embargo, Peter Jackson amenaza con terminar con buena parte de la mística que derrochaba El Señor de los Anillos.

Será que El Hobbit es, en sí, un libro más infantil. Serán los 48 fotogramas por segundo. Será que Jackson ha decidido dar rienda suelta a su espíritu más travieso y juguetón. El caso es que esta nueva trilogía, si por algo destaca, es por haberse lanzado en brazos de una estética de videojuego que premia lo espectacular por encima de lo creíble. Poco importa que se arqueen las cejas de media sala de cine ante los brincos de acróbata de un enano regordete. Que las escenas de acción se conviertan en un carrusel de piruetas ejecutadas a velocidad endiablada, desafiando las leyes de la física y poniendo a prueba la capacidad de asimilación, incluso, del fan más entregado. Si es llamativo, pasa el corte.

Lo ya visto en la primera entrega se potencia en su continuación, imposible de visionar sin tener de tanto en tanto la sensación de estar asistiendo a la partida en vivo de un carísimo y novedoso videojuego arcade. Correr, saltar y arrear los golpes más complejos, a menudo en sofisticadas coreografías, es coser y cantar para enanos y elfos, como salidos todos del Circo del Sol, en una sucesión de fastuosas cabriolas. También hay remansos de paz, en algunos casos tan excesivas las parrafadas como los ejercicios gimnásticos previos. Habrá a quien agote más lo uno y quién recele más de lo otro.

Pese a todo, El Hobbit: La desolación de Smaug es una película entretenida, que no se hace lo larga que parecen indicar sus dos horas y media de metraje. Tiene más variedad que su predecesora, y le sienta bien una recta final en la que alterna distintas tramas. Pero ese afán por llevarla a un terreno en el que lo llamativo prima sobre lo verosímil, todo lo verosímil que se puede ser en una película de tintes fantásticos, le resta magia y la aleja del material original de Tolkien. Incluso la fantasía necesita respetar unos límites, no traspasar unas líneas rojas.

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