Guerra de precios de entradas: pan para hoy, hambre para mañana

Publicado por el nov 16, 2013

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Como poner una tirita en una herida de bala. O colocar un ventilador en el desierto. O combatir un incendio con una regadera. A todas esas metáforas ridículas me recuerda esta suerte de guerra en el precio de las entradas de cine en el que se han enzarzado dos de los principales exhibidores de este país, que los tres primeros días de la próxima semana bajarán los precios a los 3,50 euros en un nuevo (y desesperado) intento por atraer al espectador perdido. Una suerte de secuela de la famosa (pero ya olvidada) Fiesta del Cine.

En ambos casos no pasan de ser pequeños parches, soluciones pírricas que no arreglan el problemón que tiene el sector del cine en nuestro país: que cada vez menos gente pasa por taquilla para dejarse de 8 euros en adelante. Más de 12 si hablamos del cada vez más extendido 3D. Llámese precios excesivos, IVA al 21% o piratería, o todo ello tristemente mezclado y agitado, el cóctel, que arrugaría el gesto del mismísimo Bond, ha dejado las salas convertidas en un erial.

Que está muy bien, sí, que durante un par de días veamos los cines a rebosar. Nadie dice lo contrario. Pero no pasa de eso: un par de días. Al cabo de los 365 que tiene el año, una porción mínima. Claro, luego salen esos titulares tan explosivos con que si la asistencia ha subido un 800 por ciento (dato hiperbólico y no real, ojo). ¿Cómo no va a pegar un respingo brutal la gráfica, si el resto de las semanas apenas se despachan entradas?

Aquí se necesitan medidas profundas y valientes. Sea devolver el IVA a su 8 por ciento original o pactar, entre todos, de forma consensuada y con efecto duradero (no tres días al tuntún, a modo de idea brillante), una bajada de precios. Dirán los exhibidores que no están dispuestos a perder dinero. Los distribuidores, que ellos no pagan el pato. Las majors de Hollywood, que bastante pupa les hace la piratería. Bien: que siga abierto el grifo, que sigan perdiéndose por el desagüe miles de espectadores y millones de euros.

La regresión en la afluencia a las salas es tan evidente, tan palmaria, que aquel que prefiera enrocarse en lugar de meter mano y atajar la sangría estará cometiendo un error tal vez irreparable. No hay, se suele decir, peor ciego que el que no quiere ver. Y se ve, desde fuera, bien clarito, en letras de neón, que el sector del cine en España no puede seguir por este camino (de perdición). De la misma manera que resulta obvio que una Fiesta del Cine aquí y una rebaja pasajera allá no van a recuperar para la causa a ese altísimo porcentaje de la sociedad que ha tomado, desde hace tiempo, una decisión tan sencilla como demoledora: no volver a pisar una sala.

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