Darín es mejor que Messi, nunca falla (aunque no reflota Séptimo)

Darín es mejor que Messi, nunca falla (aunque no reflota Séptimo)

Publicado por el nov 13, 2013

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Si hubiera un Balón de Oro del cine, Ricardo Darín se lo llevaría de calle. Sí, está el Oscar, que viene a ser el equivalente, pero Hollywood rara vez mira más allá de sus narices. Lo más probable es que vayas a Los Ángeles, preguntes por Darín, y sólo uno de cada cien sepa de quién estás hablando. Ellos se lo pierden.

Ricardo Darín es como Leo Messi. De hecho, es mejor que Messi, porque Darín nunca falla, nunca tiene un día malo, y, desde luego, nunca se lesiona. Pero ambos son argentinos y unos virtuosos en lo suyo. A Darín no se le recuerda un trabajo malo desde, tal vez, una función de teatro en su colegio. El gran público le conoció en el año 2000, ya cuarentón, gracias a Nueve reinas, donde interpretaba a un timador que se las sabía todas (o no). Bendito descubrimiento.

Desde hace más de una década Darín es una feliz constante en nuestras vidas. Nunca defrauda. Si la película es buena, él la hace aún mejor. Véase El padre de la novia o El secreto de sus ojos. Y si la película es mala, al menos queda el consuelo de haberle visto en acción. Es el caso, ay, de Séptimo, que promete bastante, con sus dosis de thriller y angustia, con los niños que desaparecen cuando bajan por las escaleras de su edificio, el padre dispuesto a todo por recuperarlos… Pero algo falla. En concreto, el final. No así Darín, que como nunca levanta el pie del acelerador deja a la pobre Belén Rueda muy, muy atrás.

La de Darín es una rara habilidad. Ya sea drama o comedia, un papel agradecido o complejo, siempre lo borda. Sólo una bestia de la interpretación como él es capaz de salir airoso en todos y cada uno de sus trabajos. ¿Qué tiene Darín? Ante todo, que te lo crees. Habla, sonríe, mira y te lo crees. Sea un timador, un abogado o un cura. Darín rezuma verdad. Impresionan especialmente sus ojos azules, tal vez el arma secreta que le eleva por encima de su aspecto de tipo normal, uno entre tantos, más bien tirando a feo que a galán. Es abrir la boca y esbozar esa sonrisa picarona y comenzar a desprender magnético carisma.

Uno, en fin, va al cine “a ver la de Darín”. Sabedor de que es como subirse a un coche alemán: estás en buenas manos, la seguridad es máxima, y puedes limitarte a disfrutar. Aunque a veces el director / guionista de turno se empeñe en aguar su magnífico despliegue.

(Foto: Ignacio Gil)

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