Gravity

Publicado por el oct 22, 2013

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Escribir sobre Gravity es un papelón. ¿Cómo se escribe sobre una película cuando han pasado 24 horas y sigues con la boca abierta? Más aún, ¿con qué herramientas analizas algo que no tiene nada que ver con el 99% de lo que se proyecta en una sala de cine? Algo tan arrebatadoramente original, rompedor y visionario que si Cuarón esperó años a tener la tecnología necesaria para rodarlo, tal vez nosotros, un servidor el primero, deberías esperar otro tanto, sino el doble, para atrevernos a diseccionarlo.

¿Exageración? Quizás. Pero uno tiene la sensación, cuando acaba Gravity y salen los títulos de crédito finales, de haber sentido esa punzada que sólo producen los momentos de ruptura con el pasado. Tiene que haber un antes y un después de esta película. Cómo, ni idea. Pero lo que ha logrado Cuarón apenas tiene precedentes. Sí, Avatar marcó su camino, pero Avatar se queda en un pálido esbozo si comparamos su uso del 3D con la forma en que el mejicano exprime hasta la última gota de una tecnología que, por ahora, apenas ha servido para algo más que para inflar las taquillas a costa de los más incautos.

En este caso, casi por primera vez en la historia, el 3D no solo es pertinente y necesario, sino que es imposible, completamente, concebir Gravity de otra forma. Y lo siento por aquellos que, quizás engañados por malas experiencias pasadas, hayan optado por las tradicionales dos dimensiones. Cuarón no tardó siete años en rodar desde su anterior filme (Hijos de los hombres) y se empecinó en utilizar unas herramientas que ni siquiera existían cuando la idea germinó en su cerebro porque sí, por capricho. Cuarón quiso llevarnos al espacio. Literalmente. Colarnos de primera mano en la odisea que vive una médico y astronauta que se ve primero a la deriva, allá fuera, y después embarcada en una carrera de obstáculos angustiosa en su desesperado intento por regresar a la Tierra.

Y Cuarón lo ha conseguido: estamos ahí, flotando en la inmensidad del espacio, y después en la estación rusa, y más tarde en la china, y no en la butaca con unas incómodas gafas de plástico. No, flotamos con nuestros trajes, esquivamos fragmentos que vuelan a una velocidad aterradora, trepamos hacia la escotilla, repasamos de forma febril el manual para poner en funcionamiento la cápsula salvadora. Durante hora y media, por obra y gracia de este señor, dejamos nuestro cómodo planeta para sentirnos pequeños e indefensos a kilómetros de distancia y a centímetros de una muerte segura.

Sí, al mismo tiempo seguimos en la butaca, y hay varios momentos, especialmente críticos, en los que corremos el riesgo de pegar un salto y aterrizar en la fila siguiente. Mientras, la mandíbula se va desencajando, y un día después la boca sigue formando una “O” gigantesca, fruto del asombro y la admiración. Así no hay manera de escribir con frialdad y distancia. Así lo único que se puede hacer es plasmar emociones y rendirse a la genialidad de Cuarón.

Que no está solo. Porque si algo demuestra Gravity, y enmienda la plana a visionarios como Cameron, es que los actores siempre, siempre serán necesarios. Por muy apabullante que sea tu película en el apartado técnico. Porque la angustia que transmite Sandra Bullock no está al alcance de un personaje creado por ordenador. O el carisma y la humanidad que desprende su compañero, encarnado por George Clooney. Ambos, ella principalmente, sostienen sin apenas ayuda una película tan gigante que pareciera interpretada por un reparto descomunal. Y no. “Sólo” hacía falta que una actriz como la Bullock diera un paso adelante y ofreciera lo mejor de su repertorio para alcanzar unos registros que no envidian nada a otros papeles icónicos de féminas atosigadas en el espacio, como la teniente Ripley de Alien.

Quizás, a la hora de formular un pero a Gravity, haya que admitir que la motivación de la protagonista peca de endeble, especialmente la forma en que es traído a colación. Pero es un lunar pequeño. Cuarón necesitaba una palanca para justificar que en último término su astronauta no se derrumbe y siga luchando por más que se acumulen los contratiempos. Nunca volver a casa, por muy lejos que estuviera, resultó tan arduo y angustioso. Cuarón no quería una superheroína, sino una mujer normal que finalmente decide que vale la pena seguir viviendo. Es más, que renace para afrontar una segunda oportunidad.

Su costosa odisea encuentra ciertos paralelismos en los trabajos casi hercúleos que afrontó el mejicano para levantar el proyecto. En ambos casos, benditos esfuerzos titánicos, porque nos han permitido gozar de una película sin parangón.

Veredicto: 9,5

Lo mejor: la genial perseverancia de Cuarón.

Lo peor: la motivación del personaje de Bullock.

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