La princesa prometida

Publicado por el oct 6, 2013

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Da un poco de repelús emplear un término como “mágico/a” a la hora de catalogar una película. Por ñoño y cursi, pero también por facilón, como si no poseyera los atributos suficientes para emplear otros calificativos. Y sin embargo, es lo primero que viene a la mente a la hora de sintetizar por qué La princesa prometida (The princess bride, 1987) permanece instalada en el imaginario colectivo como un clásico ya imperecedero.

Hay muchísimo de afortunada inspiración en un filme que, a priori, tampoco es que ofrezca nada excesivamente original o rompedor. Al contrario, La princesa prometida se limita a beber de las narraciones clásicas para despachar un cuentito de amor y aventuras a imagen y semejanza de los relatos medievales con héroes, villanos, princesas y criaturas extrañas pululando por sus más bien ingenuas aunque entretenidas páginas.

¿Dónde está el truco? En absorber esa serie de elementos tan fácilmente reconocibles como agradecidos y darles un barniz de comedia y desenfado, jugando además, con enorme éxito, con un paralelismo con el presente mediante un simple artificio: la historia se nos cuenta a nosotros al mismo tiempo que a un chavalín enfermo, al que su abuelo acude, libro en mano, dispuesto a entretener en sus horas de cama y reposo. Y esto ya nos gana para la causa. Porque la reticencia inicial del chico, los parones a los que obliga al abuelete cuando los protagonistas se prodigan en arrumacos, su nerviosismo cuando las cosas se tuercen… Además de aliviar el transcurso de la narración, envía un mensaje claro: no nos tomemos esto demasiado en serio, relajémonos y disfrutemos.

Y eso hacemos. Seguimos con una sonrisa las evoluciones de los enamorados, Westley y Buttercup, abruptamente separados cuando apenas se iniciaba su idilio. Nos entretenemos con el rapto y liberación de la princesa, a la que poco dura su libertad, mientras la nómina de curiosos personajes va engordando con Iñigo Montoya, el español vengador, y el gigantón Fezzik, el relamido príncipe Humperdinck y su implacable mano derecha, el conde Rugen. Las situaciones se van sucediendo sin necesidad de grandes alardes, con una sencillez tan palmaria como efectiva. Se devora la película como nos zamparíamos, página tras página, un relato de la época, tan digestivo como adictivo.

Con la perspectiva del tiempo, es inevitable pensar que, en cierto sentido, anticipó algunas de las claves que convirtieron a Monkey Island en uno de los mejores videojuegos de todos los tiempos, con su mezcla de humor y aventura añeja. O que la saga Shrek pudo encontrar una cierta inspiración, sin ir más lejos, en su villano entre sádico y petulante, o en su forma desenfadada de revisar los conceptos más clásicos del género de aventuras.

Lo que resulta indudable es que su director, Rob Reiner, vivía su mejor época (finales de los 80, principios de los 90), con títulos, en los años posteriores, como Cuando Harry encontró a Sally, Misery y Algunos hombres buenos. En La princesa prometida se beneficia del guión de William Goldman, ganador nada menos que de dos Oscar por los libretos de Dos hombres y un destino y Todos los hombres del presidente; y de un reparto de actores poco conocidos entonces, pero que se ensamblaron a la perfección. Un incipiente Cary Elwes, que no llegaría a repetir éxito; una debutante Robin Wright, guapísima; Mandy Patinkin, inolvidable como Iñigo Montoya; o Andre el Gigante como Fezzik, arropados por gente como Chris Sarandon o Billy Cristal. Por no hablar de la pareja Peter Falk / Fred Savage, el abuelo y el nieto.

La princesa prometida tiene garantizado un lugar, pequeñito pero nada desdeñable, en la historia del celuloide. Siempre será esa película entrañable y adictiva que jamás pasa de moda, a la que acudir una, dos y las veces que se quiera. Resulta difícil encontrar a alguien a quien no le guste; y hasta el más acérrimo detractor deberá reconocer que, bajo su cascarón de aparente sencillez, se esconde un tremendo acierto.

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