Breaking Bad

Publicado por el sep 30, 2013

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Si existe un Olimpo de las series, en lo más alto, cual Zeus, está The Wire. The Wire compite solo contra sí misma, juega su propia Liga, no admite comparaciones. Pero apenas un peldaño por debajo se instala, desde anoche, Breaking Bad, perfectamente capaz de sostener la mirada a la totémica Los Soprano.

Empezó haciendo el ruido justo, aunque generando un culto inmediato que fue creciendo en la medida en que lo hacía la propia serie. Mérito mayúsculo cuando la premisa es, por sí misma, tremendamente potente: profesor de Química en instituto, segundo hijo en camino, al que diagnostican un cáncer y que decide “cocinar” metanfetamina junto a un ex alumno descarriado, en un intento por costear su tratamiento y, sobre todo, procurar un horizonte financiero despejado a su familia, que perdería, con su muerte, su fuente de ingresos. No está mal, ¿eh?

La primera temporada se centraba en la lucha de este hombre, Walter White, contra el cáncer y su inexperiencia en el submundo de la droga, ayudado más bien torpemente por el apático Jesse Pinkman. Una tanda breve de capítulos, poco más que una miniserie, que ya permitía intuir el enorme potencial del drama creado por Vicen Gilligan. Pero solo intuir. Apenas sospechar lo que estaba a punto de ocurrir en Nuevo México. El profesor y su compinche fumeta únicamente daban sus primeros pasos, se adentraban en territorio peligroso y hostil. Descubriendo lo que supone jugar a criminales. Ah, que hemos olvidado comentar que Hank, el cuñado de Walter, era agente de la DEA. Sí, eso complicaba aún más las cosas.

Pocas series pueden presumir, como esta, de experimentar un in crescendo constante, con una gráfica que no deja de dibujarse hacia arriba, más alto a cada nuevo episodio y temporada. Mientras Walter acumulaba sangre, dolor y mugre en sus manos, complicaba su existencia y amargaba la de sus allegados, Breaking Bad iba haciéndose gigantesca, abrumadora, una descripción brutal, sin paliativos, de lo que supone descender a los infiernos para un hombre cualquiera. Extremadamente inteligente, sí, con un trabajo por debajo de sus posibilidades, pero el perfecto ciudadano medio. El típico tax payer. Al principio, claro, porque después… Lo que Walter White llega a ser después…

¿El secreto del éxito? ¿La fórmula mágica? Guiones brillantes y actores en estado de gracia. Por encima de todos ellos, Bryan Cranston, que en Walter White ha creado al personaje televisivo más deslumbrante desde Tony Soprano. Un tipo que pasa y nos hace pasar por una gama tan amplia y extrema de sentimientos que todos, él y nosotros, acabamos exhaustos y boquiabiertos. Capaz de infundir lástima y terror, empatía y rechazo. Capaz de hacer creíble un ser, sobre el papel, increíble. El desconocido Aaron Paul se ha revelado como el contrapunto perfecto: su Jesse es débil, vulnerable, cobarde, dependiente, pero le salva su buen corazón; ante todo, sentimos pena por él cuando le vemos convertido en la marioneta de una mente tan manipuladora como la de Walter. En torno a ellos, una rica galería de personajes, no tan vasta como en Los Soprano, pero con roles tan sustanciosos como Hank, Skyler, Gus Fring o Mike, el veterano matón. Por no hablar de los impagables Saul Goodmn y la familia Salamanca.

Algo consustancial a las grandes series es que han sabido cuándo echar el cierre. He ahí otro de los grandes aciertos de Breaking Bad: no estirar la trama, no llevar las cosas más allá del límite de lo coherente y sensato. Tener muy claro de qué forma y en qué momento debía terminar todo. A pesar de privarnos de una serie magnífica, sin discusión de las mejores que jamás se han creado. Una recreación sin parangón de hasta dónde puede llegar, cuán bajo puede caer un ser humano en el momento más desesperado de su vida. Todo empieza con una enfermedad gravísima. Todo acaba… no lo diremos aquí. Pero lo que ocurre en medio es poderoso, salvaje, desconcertante, arrebatador y descarnado. Un viaje que empieza con una caravana/laboratorio destartalada, en medio del desierto, y termina a años luz, en lo emocional, por más que el desenlace, como debe ser, remita al polvo y la soledad del inclemente paisaje de Nuevo México.

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