Rush

Publicado por el sep 26, 2013

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Afortunadamente, en determinados momentos de la vida de algunas personas se producen revelaciones, epifanías. Por suerte para nosotros, espectadores y consumidores de cine, el señor Ron Howard abrió un buen día los ojos y decidió que, en adelante, debía trabajar codo con codo con un tipo de Londres, llamado Peter Morgan, con demostrado talento para escribir guiones. Morgan está detrás de, ahí es nada, El último rey de Escocia, The Queen, The Damned United y Frost contra Nixon. Ésta última, su primera colaboración con Howard.

Sirva este preámbulo no como mera forma de ir calentando los neumáticos (ahí va la primera metáfora automovilística), sino como necesario circunloquio para establecer por qué ya no hay que temer a Ron Howard cuando acomete un proyecto. Habituados como nos tenía a los pasteles y las ñoñeces, véase Una mente maravillosa, Apolo 13 o Willow, Frost contra Nixon demostró que todo lo que necesitaba era un tío competente para que le diera a la tecla. Eso, y controlarse para no derramar una dosis excesiva de caramelo. Rush no deja de ser la confirmación de que este tándem puede augurar un buen puñado de estupendas películas.

Y Rush lo es. Más allá de narrar el pique entre dos pilotos de fórmula 1, Niki Lauda y James Hunt, a lo largo de varias temporadas, en un pulso tan picante dentro como fuera de los circuitos, el filme se articula como el choque entre dos personalidades diametralmente opuestas, dos maneras totalmente diferentes de concebir la vida, el trabajo y el deporte. Dos antagonistas de perfiles tan subrayados que, de no haber existido, habríamos acusado a Morgan de mal guionista por cargar las tintas. Pero ellos eran así: Lauda, perfeccionista hasta el extremo, frío, antipático, amargado; Hunt, alocado, juerguista, mujeriego, temerario, hedonista. Qué dos tipos tan situados en las antípodas el uno del otro, y qué maravilla que coincidieran en el tiempo y en unos cuantos Grandes Premios, desde las categorías inferiores hasta el gran circo de la F1.

Era, por cierto, otra F1. Hoy no hace falta ser un gran aficionado para saber que siempre gana un tal Vettel y que la emoción por saber quién gana el título se ha esfumado. Un deja vu de la época triunfal de Schumacher en Ferrari. Pero allá por los 70 la historia era bien distinta. Hunt y Lauda, Lauda y Hunt acabaron dominando el circuito y repartiéndose las victorias, especialmente cuando consiguieron volante en las escuderías más potentes, pero la incertidumbre, esa gasolina indispensable para que funcione cualquier deporte, nunca dejaba de estar presente, bien fuera por inclemencias meteorológicas, reclamaciones sobre ilegalidades en la construcción de los coches o, lo más extremo, brutales accidentes.

Brillante y apabullante cuando nos sitúa en las carreras decisivas, quizás donde pierde un pelín de fuelle Rush es en algunas de esas escenas que deberían ser más poderosas por indagar en la psique de los dos rivales, especialmente cuando ya se ha establecido dónde está cada uno y cuáles son sus motivaciones. El bajón no es especialmente acusado, pero la cinta agradece, y de qué manera, entregarse de lleno a la resolución del campeonato del 76, año que ha quedado en los anales de la F1 por sus increíbles acontecimientos. Tanto, que supone un alivio que todo ocurriera realmente como se describe para no desdeñarlo por fantasioso. En ese tramo uno segrega adrenalina hasta tal punto que le faltan brazos a la butaca para hincar las uñas, y probablemente, sin darse cuenta siquiera, se acaba balanceando el cuerpo a cada curva y pisando el suelo a cada acelerón y frenazo.

Claro que no todo lo que es Rush se lo debe a Morgan, que se regala un epílogo de frases brillantes aunque un pelín maniqueo, como si necesitara todavía pulir ciertas aristas de los eternos rivales. Si Rush es Rush es también, en gran medida, por la brillante actuación de Daniel Brühl como Lauda y el más que solvente despliegue de Chris Hemsworth, hasta ahora conocido, básicamente, por prestar pectorales y bíceps a Thor. Fantástica elección de casting, y en el caso de Brühl, que tuvo la suerte de poder acceder a hablar con el propio Lauda, una inmersión en el personaje de matrícula de honor.

Rush no inventa nada nuevo pero lo narra a las mil maravillas. La eterna historia de un antagonismo, de una batalla entre dos almas aparentemente irreconciliables, cuando la realidad es que ninguno podría vivir sin el otro, y si alcanzaron los éxitos que alcanzaron fue impulsados por el deseo de imponerse al rival. Por más que Lauda compitiera por demostrar su capacidad a los demás, empezando por su padre, y a sí mismo, siempre, en el fondo, apocado y acomplejado; y Hunt, en cambio, buscara mirar a la Muerte a los ojos y doblarle la mano, experimentar la mayor descarga posible de adrenalina, vivir el deporte en su concepción más romántica y antigua. Ah, y de paso, Rush nos recuerda que la F1 no es esa cosa aburrida y monótona que sufrimos hoy en día.

Veredicto: 8,5

Lo mejor: El tramo final.

Lo peor: La escena del hotel en Ibiza.

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