Fino filipino

Fino filipino

Publicado por el 12/10/2018

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Hay algo en el sudeste asiático que te atrapa. Tal vez sean sus paradisíacas playas, quizá su comida o sus gentes… lo más probable es que sea todo ello en conjunto. A lo largo del tiempo he tenido la suerte de recorrerme varios países de aquella zona y es un destino que recomiendo vivamente cada vez que tengo ocasión. Hace unos años tuve la gran suerte de visitar Filipinas, el único país asiático-latino, suponiendo toda una experiencia sociocultural y gastronómica.

Hasta los perros filipinos tienen su propia idiosincrasia


Antigua colonia española en el océano Pacífico y que posee algunas de las playas más espectaculares del Pacífico, Filipinas es un excepcional destino para conocer y que se adapta prácticamente a todos los bolsillos, indicado tanto para mochileros como para amantes del lujo asiático que ofrecen los más exclusivos resorts.  A pesar de haber perdido el castellano como lengua oficial tras el desastre del 98, el idioma filipino conserva numerosas palabras españolas y no es extraño escuchar palabras como silla, tenedor, basura o multa entremezcladas con el ininteligible tagalo.

También hay una buena herencia en el asunto del buen yantar, huella indeleble de los siglos que permaneció bajo la corona de España.  La gastronomía filipina viene a ser, a grandes rasgos, una curiosa mezcla de cocina asiática, malaya, china y española.

 

Pescado a la brasa en una solitaria playa de la bahía de Bacuit


Durante mi viaje por el archipiélago de las 7.107 islas pude disfrutarla bien, especialmente el pescado a la brasa, comida oficial en los ‘island hopping’ o lo que viene a ser lo mismo, ir de isla desierta en isla desierta en un tradicional barco filipino. El piloto, que normalmente era un hacha en todo lo que hacía, aprovechaba el trayecto para pescar lo que sería más adelante nuestra comida. Así que más fresco, imposible.

 

Típica barca filipina en Port Barton

 

Otros platos a tener en cuenta son la kaldereta (un estofado con nombre familiar) y el cerdo en adobo, que se podía ver por todas partes. Aunque si tengo que quedarme con un manjar en concreto, sin duda optaría por el lechón asado. Piel crujiente y una deliciosa carne con matices de lemongrass (citronela), tamarindo y cebollino. El cerdo se deshace en tu boca gracias a las seis horas que se pasa cocinándose al calor de las brasas. Una auténtica delicia. Apetitoso.

 

Don Papa Rum Sherry Cask Finish

Así que imaginad cuál fue mi alborozo cuando me invitaron a una cena hispano filipina con motivo de la presentación del excelente Don Papa Rum Sherry Cask Finish, un ron filipino. ¿Ron filipino? Pues si, filipino. Y muy rico por cierto. No hay que olvidar que una de las mejores cañas de azúcar del mundo crece en la isla de Negros, también conocida como ‘sugarlandia’. Un licor basado en una materia prima de tanta calidad no podía defraudar. Y doy fe que estaba muy bueno, aunque quizá un pelín fuerte para un gaznate como el mío, acostumbrado a suavizar esta morena ambrosía con refrescos de cola.

 

Tras un apetitoso vermú con el Don Papa de protagonista, pasamos a degustar la cena.

Conitos de pescado en adobo con minicroqueta de centollo al fonde


Los entrantes comprendían unos sugestivos conitos de pescado en adobo (el adobo es religión en Filipinas), un camarón muy bien acompañado por leche de coco y una pizca de citronela y unas minicroquetas de centollo para cerrar. Con el primer plato llegó un sorprendente pulpo a la parrilla con chorizo, una curiosa mezcla de sabores que, la verdad, me la apunto en mi recetario de cara al futuro.

Cochinillo deshuesado estilo filipino y puré de boniato


A continuación, la cosa ya se puso seria: cochinillo deshuesado estilo filipino y puré de boniato. Por fin me reencontraba con mi añorado lechón. Aunque en esta ocasión estaba más elaborado y en su punto, creo que jamás volveré a probar algo igual al que comí en Filipinas. Me atrevería a decir que estaba a la altura de los mejores mesones segovianos. Ahí es nada.

Bizcocho de té matcha

 

Como colofón, un finísimo bizcocho de té matcha salpicado por unas lágrimas de mousse de kumkuat.

 

Una gran experiencia culinaria, en definitiva, que me trasladó a unas exóticas tierras que echo de menos y a las que espero volver a visitar en el futuro.

 

Pies de bloguero en Filipnas

 

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