Válvula metálica o de cerdo, ¿qué es mejor en el siglo XXI?

Válvula metálica o de cerdo, ¿qué es mejor en el siglo XXI?

Publicado por el Dec 9, 2013

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Curiosamente, las soluciones más simples las solemos tener delante de nosotros, pero sólo aquellos con imaginación y capacidad de improvisación son capaces de verlas. Esto pensaba cuando, el otro día, hablaba con un paciente de los diferentes tipos de válvulas que existen. Cuando hoy vemos una prótesis valvular mecánica estamos viendo un dispositivo duradero, eficaz y con un desarrollo tecnológico de años. Pero pocos saben que los primeros modelos surgieron al observar los tapones irrellenables de las botellas de licor y pensando que se podían aplicar a la circulación cardiaca. Así surgen las primeras prótesis valvulares llamadas de bola, consistentes en una pequeña jaula con una bola en su interior, inicialmente de silicona y posteriormente de metal, que se desplazaba arriba y abajo acorde con los latidos del corazón.

Estos primeros modelos modificados fueron tan simples y eficaces que incluso treinta años después de dejar de utilizarse todavía podemos ver algún que otro paciente con una de estas prótesis.

Las prótesis biológicas presentaron un desarrollo más tardío y más simple. Tras el fracaso inicial de los homoinjertos (válvulas humanas), se empezaron a utilizar diversos tejidos que intentaban copiar y reproducir una válvula humana montada sobre un soporte artificial. Al principio tenían una confección artesanal, utilizando tejidos del propio paciente y preparándolas antes de ser implantadas. Con el tiempo se llegó a un desarrollo más industrial utilizando tejidos de animales, como el tan socorrido “sus domesticus”, más conocido como cerdo. Durante estos primeros años se aprendió a tratar estos tejidos con diversas sustancias que impedían la destrucción y desnaturalización de los tejidos utilizados. Hoy en el siglo XXI disponemos de prótesis fiables, efectivas y duraderas.

Pero, ¿qué es mejor, una biológica o una mecánica? La respuesta es sencilla: ninguna y las dos. Ninguna, pues a pesar de los conocimientos y la tecnología de que disponemos no hemos sido capaces de desarrollar la válvula perfecta que funcione igual que  las que tenemos en nuestros corazones. ¿Conocen ustedes algún tipo de válvula que abra y cierre setenta veces por minuto, veinticuatro horas al día,  trescientos sesenta y cinco días al año durante una media de setenta años? En total, si realizamos una simple multiplicación, nuestras válvulas se habrán abierto y cerrado la friolera de dos mil quinientos millones de veces a lo largo de una vida. Aun así, las actuales prótesis, sin llegar a la perfección de las naturales,  cumplen su papel a la perfección cuando las nuestras se estropean.

Las prótesis mecánicas tienen la ventaja de la durabilidad, pues en bancos de pruebas han sido testadas para durar mucho más de cien años sin romperse, pero, al ser construidas con materiales no biológicos, favorecen la formación de trombos, por lo que para evitar este problema los pacientes que las lleven deben recibir tratamiento con fármacos anticoagulantes,  el famoso Sintrom.

Por el contrario, las biológicas no precisan de anticoagulación, ya que están fabricadas con materiales biológicos, pero no son tan duraderas como las mecánicas, deteriorándose entre los quince y veinte años.  Debido a las características inherentes a cada tipo de prótesis, en general, nuestra recomendación es implantar las mecánicas en pacientes jóvenes, dejando las biológicas para personas de más edad a quienes la toma de anticoagulantes podría generar algún problema.

Los retos futuros en el campo de las prótesis valvulares están en la creación de válvulas artificiales a partir de nuestras propias células, que sean completamente compatibles y no requieran anticoagulación y sean igual de longevas que las propias y, puestos a soñar, que las podamos implantar con técnicas poco invasivas.

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