Desatom Egoyan

Publicado por el sep 26, 2013

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Pasó la película de Atom Egoyan, pero, pasar, pasar, no pasó gran cosa, y es un apena en el caso de este director que consigue, o consiguió, con algunas de sus películas que se removiera hasta el labio superior de Aznar, por decir algo. “Devil’s knot” es sorprendentemente inocua si uno se aguanta la angustiosa primera media hora, con angelicales niños desaparecidos y la más terrible sospecha… Le falta a esta película lo que a menudo le sobra a raudales al cine de Egoyan: sordidez, inquietud, dolor, ganas de no estar ahí…

En cambio, la bosnia “For thosewho can tell no tales” tiene un buen encaje con la zona emocional del espectador, al traer la brutal guerra al presente en forma de pasado sugerido, y atrapado por una turista australiana de paso por el lugar de los hechos. A mi gusto, peca de solemnidad y un cierto aire de impostura visual y musical, pero tengo la impresión de que gustó bastante.

Hago un enlace con “The railway man” y “Club Sandwich” 

y como no encuentro mi texto publicado sobre estas películas, y creo que aquí tengo sitio, pues no lo enlazo sino que lo empasto directamente, y dejo hecho el post más largo de este blog:

Un monótono pero jugosísimo “Club Sándwich”

Habrá otras maneras de contar una historia tan diminuta y de interior tan complejo como la de “Club Sandwich”, pero su director, el mexicano Fernando Eimbcke, elige la única sensata y la más precisa, la que expresa con absoluta exactitud todo lo que tiene de ordinario y de extraordinario. Es corriente que la relación de una madre sola con su hijo ya quinceañero esté cuajada de una complicidad peculiar que no se diferencie en multitud de “tics” con la de esos matrimonios veteranos que han soldado ya rituales, frases, miradas, tiempos muertos y que practican una convivencia de claves y previstos. Son los dos protagonistas de “Club Sandwich” durante unos días de vacación en un hotel de oferta fin de temporada. Tal y como en las anteriores películas de Eimbcke (“Temporada de patos” o “Lago Tahoe”), el tiempo está hecho para ser notado, y lo dedica aquí a la ardua tarea de que se sienta ese aire de madre e hijo en confusión con un cierto aroma de matrimonio que celebra sus bodas de oro…, un tiempo exclusivo entre ellos tal vez cargante para el espectador pero sin duda cargado de esa monotonía de vida en común. Pero Eimbcke va a contar también otra historia, la que viven los ojos de ese chico cuando descubre a una jovencita de su edad con la que habrá de inventar nuevas claves, y sobre todo la que viven los ojos de esa madre al notar cómo se tambalea su mundo de “pareja estable”. Impresionante la interpretación de María Renée Prudencio para instalar también en diminuto ese sentimiento en la pantalla (sentimiento que, por cierto, tiene algo de nuevo y sorprendente para la mayoría de los espectadores, que no son madres solas con hijo quinceañero), e impresionante también el modo en que el joven Lucio Giménez Cacho le traspasa el suyo primero a su madre y luego a todos. La mayor parte del desgaste de esta película la lleva, pues, el espectador, que ha de amoldar su ritmo al de una narración de la monotonía que estallará (sin ruido) en un puñado de cambios y sediciones levísimas pero sustanciales. En lo que a mí respecta, “Club Sandwich” se coloca de una manera sencilla y sin ruido entre las favoritas para los mejores premios.

Y no ocurre lo mismo, sino lo contrario, en la otra a competición, “The railway man”, a pesar de su célebre pareja de protagonistas, Colin Firth y Nicole Kidman. El director, Jonathan Teplitzky, arranca de modo fascinante una historia que se retorcerá ruidosamente como una broca del quince. Un personaje magnífico, él, tropieza con una mujer magnífica, ella, en lo que se sugiere como un brevísimo encuentro pero que se precipita a un calvario donde se cambian el género y el escenario: las torturas de la guerra, las heridas incurables, la sed de venganza, la catarsis del perdón…, un revoltillo británico japonés que podría ser la contraportada del “Sin perdón” de Clint Eastwood y, en vez de la célebre patada en la puerta del salón y la frase “quién es el dueño de esta pocilga”, pues hay una reflexión sobre víctimas y verdugos que es un chicle mascado por esta zona donde se celebra el festival.

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