Cuento de Navidad

Publicado por el dic 24, 2010

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Como cada noche del 24 de diciembre, a esa hora que los católicos  celebramos que un Niño nació en Belén, se recostó en la puerta del templo más concurrido de la ciudad. Acurrucado en su esquina, la misma que le viene sirviendo de cobijo cada año por Navidad, veía pasar a la gente que entraba en la Iglesia para celebrar juntos el nacimiento de Jesús.

Desplegó su sombrerito en el suelo, este año había elegido una pequeña gorrita marinera, de un azul viejo y descolorido, que se encontró en ese local de beneficencia al que acudía cada Navidad para buscar algo de ropa, un poco más digna que la que habitualmente tenía, con la que recibir en su esquinita de la calle a la gente que se acercaba al templo.

No esperaba gran cosa de esta noche, sabía que la crisis había golpeado con fuerza a gran parte de los residentes del barrio más acomodado de la ciudad, lleno de empresarios, antaño de éxito, de grandes familias adineradas y de una clase media que había subido un escalón más, pensando que el poder del dinero le podía elevar su status social. Pero no quiso faltar al rito de cada Navidad, a ese momento del año en que lo mejor no son las monedillas que podía recibir, sino la sonrisa del que te desea Feliz Navidad, el gesto amable de quien pareciendo altanero y arrogante te mira con una cierta ternura deseándote lo mejor.

 

 Como cada año lo vió pasar de largo, siempre le había sorprendido su mirada distante, como si él no existiera, pero nunca lo quiso juzgar. Le sorprendía tanto aquel gesto frío, que siempre pensaba que no podía ser tan real. Alto, elegante, con ese aire inglés de las grandes familias de la ciudad, con la misma distinción que da el dinero, para el que siempre lo ha tenido. Pero este año era diferente, en la ciudad contaban que lo había perdido todo, que la crisis había terminado por arruinar sus negocios y que practicamente vivía de la caridad de los demás.

Eran ya casi la una de la madrugada, el templo se había quedado prácticamente vacío. Como había imaginado, en su gorrita marinera las monedillas dejaban ver el azul descolorido, señal de que las familias de la zona no estaban para grandes alegrías. Comenzaba a recoger sus escasas pertenencias para regresar al albergue donde celebraba la Navidad con los pobres de la ciudad, cuando su sombra alargada se proyectó sobre él. La luz de la luna, o mejor dicho la Estrella de Belén, agrandaba la figura de aquel hombre alto y elegante que casi se arrodillaba ante él, un humilde pobre, y dejaba caer unas monedillas en el sombrerito azul que el hombre elegante había reconocido, lo recordaba cubriendo el pelo plateado de su padre en aquella goleta marinera, símbolo de la opulencia y el orgullo de una saga familiar que lo había perdido todo.

Fue un instante, solo un momento en que aquel hombre se arrodilló ante él, le miró, le regaló una sonrisa y se fue. Cuando quiso reaccionar ya estaba lejos, su silueta se perdía por las calles de la ciudad, en esta noche fría de Navidad.

Permaneció quieto en su esquinita y se le derramó una lágrima, no sabía por qué. Segundos después se levantó, se puso la gorrilla marinera y comenzó a andar hacia su albergue. Mientras caminaba escuchaba los villancicos que anunciaban la llegada de Jesús y pensaba que había merecido la pena esperar tantos años para vivir aquel momento, aquel gesto de este hombre que en los años de bonanza económica nunca le había dado nada, pero que en la pobreza, arañó de lo que no tenía para compartirlo con quién durante tantas navidades le había negado todo.

 Pensó que quizás la Navidad que hoy vivimos, azotada por la crisis y la desolación de la pérdida de lo material, es más auténtica que ninguna otra, porque en cada acto de generosidad volcamos lo mejor de nosotros mismos, porque hemos vuelto a los valores humanos, aquellos que están vinculados al calor de los sentimientos.

 

FELIZ NAVIDAD A TODOS

 

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