Tocar madera

Publicado por el ene 17, 2013

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Resulta curioso que en el siglo XXI, cuando hemos obtenido el genoma humano y tenemos un pie en Marte (aunque sea de metal, por aquello de los rover), las supersticiones sigan formando parte de nuestra vida. Siendo sinceros, quién no tiene alguna, por pequeña que sea: tocar madera, no pasar por debajo de una escalera, no derramar la sal… No son patrimonio de nuestra especie, los animales también se comportan así. En el fondo no son más que relaciones erróneas entre causas y efectos. ¿Por qué las seguimos manteniendo? Para algunos investigadores las supersticiones son un aspecto inevitable del comportamiento adaptativo. Pero en ocasiones se convierten en patológicas, como en el Trastorno Obsesivo Compulsvo.

Desde el primer minuto, este año ha generado inquietud en más de uno. La razón, sus dígitos. El 13 es un número de mal agüero. ¡Feliz 12+1! Podía leerse, recién traspasado el umbral del nuevo año, en algunos mensajes. Aunque, con la que está cayendo, en este caso concreto el temor tal vez esté justificado. Bromas aparte, la superstición se define como una creencia o práctica resultado de la ignorancia, el miedo a lo desconocido, el pensamiento mágico o falsa atribución de causas.

Es cierto que la Ciencia ha avanzado y que el conocimiento actual choca con este tipo de creencias, que pudieran parecer propias de tiempos de mayor oscurantismo. Entonces, ¿por qué tanta gente sigue creyendo en ellas?  Saber por qué se produce una enfermedad no garantiza que podamos curarla. La Ciencia tampoco nos da recetas para alcanzar la felicidad. Esto forma parte de la incertidumbre de nuestras vidas. Sin embargo, nuestro cerebro prefiere tenerlo todo bajo control. Como esto es imposible, recurrimos a pequeños rituales, ya sea mantenidos a lo largo de los siglos o desarrollados por cada uno de nosotros, con la esperanza de que las cosas salgan como queremos. Nos dan cierta tranquilidad en un mundo impredecible. Y aunque estén fuera de toda lógica, casi todos tenemos alguna “manía”.

Algunos investigadores argumentan que actuar de este modo, dentro de unos ciertos límites, tiene ventajas evolutivas. Cuando hacemos asociaciones causales, es decir cuando atribuimos causas a un suceso, nos enfrentamos a dos tipos de errores: creer en algo que es falso o bien rechazar algo que es cierto. Este segundo error tiene un coste más alto y puede ser perjudicial, por lo que la selección natural podría haber favorecido a los más crédulos. Y estos pueden tender a ver patrones regulares donde no los hay, para tratar de “domesticar el azar”. Lo saben muy bien las personas aficionadas al juego, que adoptan pequeños rituales o talismanes convencidos de que eso les garantizará la obtención de ganancias. Los psicólogos denominan a estas creencias ilusión de control.

Animales supersticiosos

Pero esto no ocurre sólo en la especie humana. Los animales también pueden tener comportamientos parecidos a los supersticiosos. El primero en advertirlo fue el psicólogo conductista Skinner. En 1948 el psicólogo norteamericano, sometió a 8 palomas a un curioso experimento. Cada una estaba en una jaula especial, denominada caja de Skinner, donde habitualmente obtenían comida al picotear un interruptor. Pero en este experimento, se les ofrecía comida sin ningún “trabajo a cambio”. En lugar de quedarse quietas esperando la comida, cada una de las ocho palomas fue desarrollando un comportamiento peculiar que repetía hasta obtener su botín. Una daba vueltas en el interior de la caja, otra sacudía la cabeza, otra la acercaba a la parte superior de una esquina… Daba la impresión de que las palomas asociaban esos comportamientos a la recepción de la comida. Se comportaban como si hubiera una relación causal entre su comportamiento y la aparición de la comida, aunque esa relación no existía. Por eso, Skinner denominó conducta supersticiosa a esta forma de actuar. En realidad, cualquier conducta previa de las palomas queda reforzada por la aparición del alimento.

Nosotros no somos muy diferentes y el mecanismo por el que desarrollamos conductas supersticiosas es parecido. Un ejemplo, cuando obtenemos a un buen resultado en algo, podemos fijarnos por ejemplo en cómo íbamos vestidos. Puede que después atribuyamos a esa ropa la capacidad de traernos suerte. En realidad, como en el caso de las palomas, lo que se ha producido es una falsa atribución de causa y efecto.

Traspasando la raya

En este tipo de conductas condicionadas intervienen los núcleos basales, una estructura cerebral implicada en el movimiento y el aprendizaje. También forman parte del sistema de recompensa cerebral. En concreto, se encargan también del aprendizaje de hábitos. En los ganglios basales hay un tipo especial de neuronas, que poseen el mayor número de espinas dendríticas de todo el cerebro, lo que las permite integrar información de diferentes fuentes. En definitiva crear asociaciones y aprender de ellas. Un hábito se define como un comportamiento automático basado en conexiones entre un estímulo y una respuesta. Son comportamientos poco flexibles y no razonados. Una definición que recuerda mucho a las supersticiones.

Esta estructura formadora de hábitos está conectada con otra región del cerebro encargada de controlarlos, la corteza orbitofrontal. En algunas personas este circuito no funciona adecuadamente y las pequeñas manías o supersticiones que todos tenemos pueden convertirse en una auténtica pesadilla. Repiten rituales una y otra vez, sin poder salir de ese bucle sin fin que no conduce a ningún resultado. Se trata de quienes parecen un trastorno obsesivo compulsivo o TOC.

El hipocampo, “el guardián de la memoria”, también participa en el control de las conductas supersticiosas. Su función es asegurar la variabilidad en el comportamiento. Su función es la de contrarrestar las conductas supersticiosas, o al menos mantenerlas en unos límites saludables. Las ratas a las que se les extirpa esta región del cerebro manifiestan una conducta supersticiosa exagerada. En personas con una lesión en el lóbulo temporal medial, donde reside esta estructura, también aumentan las creencias supersticiosas.

Se ha sugerido que entre las supersticiones y el TOC hay un continuo en la manifestación de rituales. Unos pocos pueden no ser perjudiciales y haber tenido una ventaja evolutiva. Traspasar la línea roja hace la vida muy difícil.

Derramar la sal

Buceando en la historia podemos encontrar el origen, a veces fundado, de algunas de las supersticiones que aun se mantienen, como derramar la sal. Esta palabra deriva de Salud, diosa de la Salud. En la antigüedad este condimento era tan apreciado que 500 años a. de C. se construyó la vía Salaria para comunicar las salinas de Ostia con Roma. Los soldados de esta ruta recibían parte de su sueldo en sal. De ahí deriva la palabra “salario”. Derramar la sal entonces era un contratiempo importante que significaba perder dinero. Hoy la superstición continúa aunque desconectada de su origen. Hoy la sal puede encontrarse a muy bajo precio. Derramarla no supone una pérdida importante.

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