¿Por qué los ojos reflejan el deseo?

¿Por qué los ojos reflejan el deseo?

Publicado por el Apr 14, 2013

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Desde muy antiguo los comerciantes más avezados aprendieron a deducir el interés de sus clientes por una mercancía mirándoles a los ojos. Así podían regatear el precio para lograr el más alto. La clave está en las pupilas, que se dilatan, y nos delatan, cuando estamos interesados en algo o en alguien. Curiosamente, el fundamento neurobiológico de esta costumbre ancestral se deduce de una investigación publicada en el último número de la revista Science.

 

En ella investigadores canadienses aclaran los mecanismos cerebrales implicados en el placer que nos causa la música y logran predecir cuánto estaría dispuesto a pagar un oyente por una melodía que acaba de oír observando cuánto se activan algunas partes de su cerebro.

 Empecemos por la música. Ya sea clásica o moderna, a casi todos nos gusta. En realidad nos acompaña desde que nacemos, con las primeras nanas que nos cantan para conciliar el sueño. Nos tranquiliza o nos activa, nos ayuda a dar salida a nuestras emociones, nos incita a movernos, activa nuestra memoria… pero sobre todo nos produce placer.

Científicos del Instituto Neurológico de Montreal (Canadá) han averiguado qué regiones del cerebro están implicadas en esa sensación placentera asociada a la música. Y curiosamente son las mismas que se activan con estímulos tan “primitivos y básicos” como la comida, la bebida o el sexo. Tanto estos como la música activan el sistema de recompensa del cerebro, y en especial el núcleo accumbes, una estructura que forma parte de los ganglios basales, situados en la base del cerebro e implicados en el movimiento.

El precio del deseo

Además, los investigadores han sido capaces de predecir cuánto estaría dispuesta a pagar una persona por adquirir una melodía que acaba de oír por primera vez midiendo la actividad en el núcleo accumbens, que es precisamente el centro de este sistema de recompensa, y en el que se integra la información procedente de los sentidos con la emocional y la que llega desde la corteza prefrontal, la parte del cerebro más evolucionada, que está implicada en la toma de decisiones.

Para llegar a esta conclusión los investigadores canadienses reclutaron a 19 voluntarios, diez mujeres y nueve hombres, para que escucharan 60 fragmentos musicales, especialmente diseñados para reflejar los gustos individuales. Los participantes después tenían la posibilidad comprar la música que acababan de escuchar utilizando una plataforma de venta con precios similares a los de iTtunes. Con este ingenioso método conseguían convertir la sensación placentera subjetiva que les producía escuchar una melodía en un valor objetivo y fácil de cuantificar: el precio que estaban dispuestos a pagar por ella.

Cómo trabaja el cerebro

Mientras escuchaban la música y decidían si la compraban o no, el cerebro de los participantes estaba siendo sometido a una resonancia magnética funcional (RMf) para saber qué regiones se activaban en este proceso. Así, los investigadores pudieron observar que cuanto más les gustaba a los participantes una melodía, más activo aparecía el núcleo accumbens y la probabilidad de que la compraran era mayor.

Sin embargo, los investigadores, liderados por Robert Zatorre, una autoridad en el estudio del efecto de la música en el cerebro, aclaran que esta estructura del sistema de recompensa del cerebro no es la que establece directamente el grado de placer que nos produce una melodía, sino que sirve centro integrador. Y es que el valor placentero que damos a una determinada melodía depende la combinación de sensaciones sensoriales y cognitivas que están influidas también por el estado afectivo. Por tanto están implicadas estructuras límbicas (emoción) y también otras más evolucionadas, como la corteza cerebral.

Parte de la información complementaría llega desde la zona de cerebro que procesa los sonidos, las cortezas auditivas, donde también se almacena información sobre sonidos o estructuras sonoras previamente escuchadas, que pueden considerarse más gratificantes por ser más familiares. Otra parte llega desde la corteza prefrontal, implicada en la toma de decisiones, que tiene una influencia decisiva sobre el sistema de recompensa y donde los estímulos abstractos, como la música o el dinero, van ganando valor.

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Las imágenes de los voluntarios que estaban dispuestos a comprar una melodía dejaban ver claramente que cuanto mayor era el precio que pagaban por la música, más activa aparecía la conexión entre  la corteza prefrontal y el núcleo accumbens. De lo que deducen que para establecer el pacer que nos causan estímulos estéticos, como la música, las zonas más evolucionadas del cerebro, como el lóbulo prefrontal, tienen un papel decisivo, ya que están implicadas en analizar lo que percibimos y asignarle un valor placentero.

Conocimiento intuitivo

Muchos siglos antes de que las técnicas de neuroimagen hicieran posible asomarse al cerebro en funcionamiento de forma no invasiva, los buenos comerciantes eran capaces de medir el interés de un posible comprador simplemente mirando a sus ojos, concretamente a sus pupilas, que se dilatan cuando algo nos resulta apetecible. Basándose en ese dato podían llegar más o menos lejos regateando el precio. Y precisamente es el lóbulo frontal el que relaciona esta nueva investigación con la milenaria costumbre de los comerciantes más avezados.

El grado de dilatación de las pupilas está regulado por el sistema nervioso parasimpático, mediado por el hipotálamo. Este a su vez está bajo control del lóbulo prefrontal del cerebro. El mismo donde los autores de la investigación publicada en Science sostienen que las recompensas abstractas ganan o pierden valor en función de nuestras experiencias pasadas, gustos, carencias, apetencias… En definitiva donde tasamos “el grado de deseabilidad” de algo.

Aunque la investigación no se ocupa de ello, no parece descabellado pensar que probablemente esto que es válido para el interés por la música, lo sea también para otras cosas que se convierten en objeto de nuestro deseo, ya sean materiales o no. Incluso por las personas, que cuando nos resultan atractivas provocan ese defecto dilatador en las pupilas.

En definitiva, lo que ahora han sido capaces de ver directamente en el cerebro los neurocientíficos canadienses con técnicas de neuroimagen puede reflejarse en nuestros ojos, como intuían los antiguos comerciantes al utilizarlo con éxito en sus transacciones comerciales. Y al estar regulado por el sistema nervioso parasimpático es una reacción involuntaria. Así que para ocultarlo, la única forma es utilizar gafas de sol.

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