Mientras dormimos

Publicado por el Mar 25, 2012

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Anoche adelantamos los relojes y por tanto hemos dormido una hora menos. Afortunadamente hoy hemos podido remolonear algo más en la cama. Pero nuestro reloj interno, situado en el cerebro, tendrá que sincronizarse con el nuevo horario. Tardará varios días en conseguirlo porque tiene que asimilar de golpe un incremento de luz equivalente al que se produciría de forma natural en esta época del año a lo largo de un mes, pues desde el solsticio de invierno la duración del día se incrementa paulatinamente en dos minutos que pierde la noche. Como consecuencia varias funciones del organismo se verán alteradas.

Se supone que con esta variación de horario contribuimos al ahorro energético. Pero a cambio, además de estar somnolientos, durante unos días nuestra memoria funcionará algo peor, quizás tendremos más hambre, estaremos más cansados, y puede que pillemos algún resfriado favorecido por este tiempo cambiante y porque el sistema inmune, que está más activo durante el sueño, también se ve afectado. Y todo por la falta de sueño, que a pesar de ser un estado de reposo, durante él las células del sistema nervioso central siguen trabajando para que todo esté a punto a la mañana siguiente.

En nuestro organismo, todo esta interrelacionado, porque “somos un cúmulo de conexiones que funcionan de forma perfecta y para ello debemos estar en armonía con los ciclos luz/oscuridad”, explica Carmen Barriga Ibars, catedrática de Fisiología de la Universidad de Extremadura. Esta alternancia marca, entre otras cosas, cuándo debemos dormir y cuándo hemos de estar despiertos, porque la luz es el sincronizador de nuestro reloj interno.

Las radiaciones luminosas son captadas por células de la retina -distintas de las que nos permiten ver y distinguir los colores- y posteriormente  transmitida a una región del cerebro denominada núcleo supraquiasmático, que actúa como un temporizador biológico que organiza los ritmos circadianos por los que nos regimos. Muchos procesos bioquímicos y biológicos del organismo dependen de este sincronizador.

Las sustancias que nos mantienen activos, como el cortisol, disminuyen al llegar la noche. Toma entonces el relevo la melatonina, una hormona que se sintetiza únicamente en ausencia de luz e informa a las células del organismo de que ha llegado la noche. La produce la glándula pineal, situada en el centro del cerebro, una especie de mediador entre el medio ambiente luminoso, el sistema endocrino y el sistema nervioso. 

La melatonina, además de favorecer el sueño, influye en la regulación de la temperatura corporal, la secreción de cortisol y también la suya propia. Su producción no es exclusiva de la glándula pineal, también se secreta en otros tejidos con actividad circadiana, como la retina, el tracto gastrointestinal, la piel o los linfocitos del sistema inmune. Y se utiliza para tratar las alteraciones de los ritmos de sueños que tienen lugar en los viajes transoceánicos hacia el oeste (jet lag) y en los trabajos con turnos irregulares. En definitiva, como explica Carmen Barriga, actúa en nuestro organismo como directora de orquesta.

Somos diurnos pero el sueño es tan importante como la vigilia, explica Carmen Barriga. Durante el día utilizamos la energía para trabajar,  relacionarnos y enfrentarnos a los problemas cotidianos. Por la noche, liberados ya de estas tareas, la empleamos en otras funciones, no menos importantes, como la estimulación de la respuesta inmune, que está íntimamente asociado al sueño. Un buen ejemplo es el hecho conocido por todos de la mayor tendencia a dormir cuando tenemos una infección. La razón es que “el sueño potencia la respuesta inmunológica inespecífica, que permite al organismo luchar contra los patógenos y destruirlos”.

En cualquier caso, nos tranquiliza esta experta, la pérdida de una hora de sueño en personas sanas y con un buen sistema inmune “supone una disminución del 8 al 10% de efectividad de nuestras defensas. Dormimos de media unas ocho horas, pero el máximo de actividad del sistema inmune se registra desde el principio de la noche hasta las 2 o 3 de la madrugada”. Quienes pueden acusarlo más son los niños y las personas mayores.

Peor memoria

Pero no es está la única función asociada al sueño. Y por eso dormir una hora menos nos pasará una factura que arrastraremos durante unos días. Estaremos más cansados, porque no habremos hecho al cien por cien la reparación de los procesos metabólicos. Además, la memoria se consolida durmiendo y por tanto estaremos más despistados. Con la pérdida de sueño tendremos más hambre, porque habremos secretado menos leptina y más grelina, dos hormonas que regulan el apetito. La leptina la produce el tejido adiposo y envía señales de saciedad. La grelina la produce el estómago e incrementa la sensación de hambre.

Mientras dormimos también se sintetizan hormonas como la del crecimiento, que tiene su máximo en la primera parte de la noche, coincidiendo con el sueño profundo. Un aspecto a tener en cuenta en los más pequeños, que, según delatan diversos estudios, andan escasos del debido descanso nocturno. Por encima de los 50 años, sin embargo, la producción de hormona del crecimiento durante el sueño se interrumpe, coincidiendo con la disminución paulatina asociada a la edad del sueño más reparador.

Para paliar estas sensaciones hay que procurar adelantar la hora de ir a dormir, que seguirá la tendencia anterior y tendrá a retrasarse, aunque al día siguiente nos resulte muy difícil levantarnos. Necesitaremos como máximo diez días para “reprogramarnos”, señala Carmen Barriga, y si después de ese tiempo los síntomas persisten debemos de consultar al médico.

 

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