La ciudad nos trae de cabeza

Publicado por el oct 14, 2012

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 No es solo la contaminación la que nos hace enfermar en las ciudades. Hay algo más en el ajetreado estilo de vida urbano que «nos trae de cabeza». Desde hace décadas, los neurocientíficos sospechan que vivir en la urbe, además de acarrearnos enfermedades crónicas, tiene efectos adversos también en nuestra salud mental. Ansiedad, estrés, depresión o incluso esquizofrenia tienen más probabilidades de manifestarse en el entorno urbano. Y el riesgo aumenta cuando los primeros años de crianza han transcurrido sobre el asfalto.

Para la esquizofrenia, algunos estudios apuntan a un riesgo dos veces mayor, otros lo aumentan al triple. El riesgo de ansiedad es un 21% mayor entre los urbanitas y un 40% para los trastornos del estado de ánimo, como la depresión. Y el factor que más contribuye es el estrés social, por encima del ruido o la contaminación, como demuestran varios estudios. 

Por estrés social se entiende el generado en ciertas situaciones sociales. «Verse expuesto a las críticas y ver amenazada la identidad social, es decir, el modo en que se nos percibimos a nosotros mismo a través de los ojos de los demás. No es necesario que alguien nos enjuicie externamente, ya que efectos similares se producen cuando nos autoevaluamos», explica Alfredo Oliva Delgado, del departamento de Psicología de la Universidad de Sevilla.

Si la amenaza que representan estas críticas supera la capacidad de afrontamiento de la persona, y se mantiene a pesar de sus esfuerzos para afrontarla, se desatan procesos fisiológicos, apunta. Entonces se dispara el cortisol, una hormona liberada por las glándulas suprarrenales en situación de estrés. «Las tasas elevadas y mantenidas de cortisol en sangre tienen efectos muy desfavorables para la salud y puede contribuir a provocar enfermedades cardiovasculares, debilitamiento del sistema inmunológico y hasta destrucción de las neuronas del hipocampo, con el consiguiente deterioro de la memoria y de la capacidad para aprender», explica.

La revista «Nature» se ha ocupado esta semana de la influencia nociva de la ciudad. Y destacaba como un posible y potente estresor social la experiencia de sentirse diferente por causa del nivel socioeconómico o el lugar de origen. Dos situaciones muy comunes en nuestros días que agravan el problema.

Impacto sobre el cerebro

Todos estos ingredientes hacen que el medio urbano tenga un impacto sobre el cerebro, como han demostrado las pruebas de neuroimagen realizadas a personas de distintos ámbitos. Y los resultados indican que la actividad de la amígdala de personas estresadas aumenta de forma progresiva al tamaño de la ciudad donde viven, como comprobó el matemático y psiquiatra Andreas Meyer-Lindenberg, del Instituto Central de Salud mental en Mannheim (Alemania).

Del tamaño de un hueso de cereza, la amígdala es una estructura cerebral implicada en la regulación de las emociones y el estado de ánimo y desencadena en el organismo reacciones de alerta frente a situaciones de peligro potenciales o reales. Sin embargo, esta estructura no se altera tanto cuando los participantes viven en el campo. La hiperactivación de esta zona del cerebro se relaciona con depresión y ansiedad.

La amígdala no es la única que acusa por estilo de vida en la urbe. El tiempo que se ha vivido en una ciudad durante la infancia correlaciona también con la activación de la corteza cingulada anterior, una estructura implicada en la toma de decisiones y el procesamiento de las emociones negativas. Las pruebas de imagen mostraron que en situaciones de estrés, la activación aumenta en relación al tiempo pasado en una urbe durante la infancia. Amígdala y corteza cingulada están relacionadas y forman un bucle regulador que parece estar tanto más perjudicado cuanto más tiempo de crianza ha transcurrido en la ciudad.

Huella genética

El estrés no solo deja huella en nuestro cerebro, también la deja en el material genético, mediante modificaciones químicas que no alteran el mensaje genético, pero activan y desactivan genes, explica Ángel Barco, director del laboratorio de Neuroepigenética del Instituto de Neurociencias de Alicante. Los primeros datos provienen de estudios con ratones recién nacidos, “donde se vio que aislar a las crías producía mayor tasa de metilación -un mecanismo epigenético- en los genes. Y ese animal en la vida adulta desarrollaba estrés”. Si la estas modificaciones epigenéticas juegan un papel importante en el desarrollo del cáncer, por qué no habrían de tenerlos sobre el cerebro y la salud mental, argumenta Barco.

El equipo de Ángel Barco ha abierto una línea de investigación sobre estrés y epigenética. “Durante muchos años, la idea que se tenía de la epigenética era que servía para diferenciar unas células de otras. Todas tienen el mismo genoma, sin embargo unas se convierten en neuronas, otras en células del páncreas, etc”, explica. Sin embargo, hoy se sabe que “es la forma de editar el genoma en función de las demandas del medio en que vivimos”, añade. Y las neuronas no se escapan tampoco a esa influencia externa.

Un buen ejemplo de cómo la epigenética influye en el comportamiento nos lo dan las abejas. En función de la alimentáción que recibe, una larva puede convertirse en abeja reina o en una obrera. El comportamiento de ambas es totalmente distinto, y la epigenética es la responsable de “traducir” la alimentación en expresión de distintos genes y diferentes pautas de acción.

De padres estresados, hijos estresados

Y su efecto puede transmitirse a las generaciones futuras. Y no es solo que adquiera una pauta de comportamiento, es que las modificaciones provocadas en el material genético como respuesta al ajetreado ambiente que vivimos pasa a la descendencia a través de la línea germinal. Un hecho que resalta Roser Nadal, vicedirectora del Instituto de Neurociencia de la Universidad autónoma de Barcelona y profesora de psicobiología. La clave está en la epigenética, una disciplina «de moda» que estudia la interacción entre el material genético y el ambiente en que vivimos. Y que puede hacer que dos gemelos idénticos, aún con los mismos genes, desarollen patologías diferentes. Y ese diálogo entre nuestro ADN y el ambiente donde vivimos comienza desde el momento del nacimiento, o incluso antes, como demuestran algunos estudios con ratas, muy trasladables a nuestra especie, apunta Nadal.  

“A través de las caricias y lametones las ratas inducen en sus crías cambios epigenéticos que se transmiten a la descendencia, las madres cuidadoras tienen hijas cuidadoras. Las caricias modifican la expresión de genes del eje hipotalámico-pituitario adrenal, muy importante en la respuesta al estrés. De alguna forma les transmiten con sus caricias una forma de afrontamiento eficaz. Su prole es más resistentes al estrés, menos ansiosas y, cuando envejecen, tienen menos déficits cognitivos y, además son mejores madres” apunta. Pero este efecto no está escrito en el material genético. En realidad es la conducta materna la que modifica la forma en que se lee el mensaje genético, aclara Nadal y lo ilustra: “Si se deja a los pequeños roedores de una madre cuidadora a cargo de otra más negligente, las crías se transforman en poco cuidadoras en la vida adulta” y, además, pierden los beneficios que aportaban los lametones maternos frente al estrés y el deterioro cognitivo.  

Resiliencia

Y en esos primeros cuidados podría residir la capacidad de algunas personas para afrontar mejor que otras el estrés. Lo que se conoce como resiliencia, un término tomado de la física que hace referencia a la capacidad de un material de resistir presión sin deformarse. Traducido a nuestra especie, es la capacidad de asumir con flexibilidad situaciones límite y sobreponerse a ellas. Esta capacidad podría residir  en el lóbulo frontal, como explica Roser Nadal: “Entre las cualidades que se asocian a la resiliencia, se citan el optimismo, la actitud positiva, el apoyo social y flexibilidad cognitiva. “Ésta última depende el funcionamiento de la corteza prefrontal, muy sensible al estrés. Un funcionamiento correcto de esta estructura es protector. Además de los genes, influyen las pautas de crianza, educación y relaciones sociales. Los neuropsicólogos lo saben y hacen entrenamientos específicos. Y ciertos modos de crianza hace que los niños desarrollen más estas capacidades al retrasar el refuerzo y hacer pensar en la consecuencias”, algo a lo que con frecuencia los prolongados horarios laborales y las prisas de la ciudad no permiten prestar mucha atención. A lo que hay que añadir que el aislamiento social se acusa más en la ciudad, que en los pueblos, donde casi todo el mundo se conoce.

Curiosamente, las muestras de cariño que recibimos estimulan la liberación de endorfinas, opiodes naturales del cerebro, otra pieza importante en la interacción entre estrés urbano y sus efectos adversos. Y precisamente la corteza prefrontal está repleta de receptores para esta sustancia, lo que hace pensar que una caricia tiene el poder de ayudar a regular el estrés. Precisamente las muestras de afecto y el apoyo social es algo que resaltan las personas que han salido de una situación altamente estresante.

Además, el contacto social eleva los niveles de oxitocina, que también tiene un papel importante en el cerebro ya que estimula de la confianza en otras personas y reduce la ansiedad.  Y lo logra debilitando las conexiones entre la amígdala y el tronco del encéfalo, encargadas de poner en marcha la respuesta fisiológica al estrés, como el aumento de la tasa cardiaca.

El estrés envejece

Nuestras células tienen, literalmente, los días contados. Pero la velocidad con que transcurren esos días es diferente en función de las condiciones a las que estemos sometidos. El estrés acelera el proceso de división celular, que son los días que le quedan a la célula. “Distintos tipos de estrés crónico, incluyendo el emocional percibido, incluso si lo han sufrido nuestras madres durante el embarazo, resulta en telómeros más cortos de lo normal“, explica María Blasco, directora del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas (CNIO). Los telómeros, situados en los extremos de los cromosomas, protegen a estos de daños tras cada división celular. “Su longitud es un indicador de la edad biológica de la persona, ya que reflejan la historia de divisiones de nuestras células. A mayor estrés o daño, más veces han tenido que multiplicarse para reparar los tejidos y, por tanto, más cortos son los telómeros y menos tiempo de vida le queda a la célula”, explica. Una investigación del grupo de Blasco, en colaboración con el Hospital de Oslo (Noruega), muestra que las personas con trastorno bipolar II tienen telómeros más cortos cuantos más episodios han sufrido. Elisabeth Blackburn (Nobel de Medicina 2009), con quien trabajó Maria Blasco, señala en “Nature” que la menor longitud de estas estructuras se asocia a un mayor riesgo de demencia. La buena noticia es que con un estilo de vida adecuado, estos efectos son reversibles: “El ejercicio, la meditación o el aceite de pescado rico en omega 3 favorecen el mantenimiento de los telómeros”, apunta Blasco.

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