El amor cambia el cerebro

El amor cambia el cerebro

Publicado por el jun 4, 2013

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El roce hace el cariño asegura el refranero y ahora la neurociencia la demuestra. La estrecha convivencia y el contacto sexual aumentan el número de receptores en el cerebro para dos neurotransmisores implicados en el establecimiento de lazos afectivos en la pareja, la oxitocina y la vasopresina, como demuestra por primera vez un artículo publicado en el último número de Nature Neuroscience.

Al menos es lo que ocurre en los ratones de las praderas, o campañoles, los animales escogidos por los científicos, por su fuente tendencia a la monogamia, como modelo para estudiar el “espinoso” tema del amor y las relaciones de pareja. Al parecer después de aparearse desarrollan una fuerte preferencia por su pareja, con la que forman lazos duraderos el resto de su vida. El macho, además se involucra en la misma media que la hembra en el cuidado de la prole. Todo un ejemplo para nuestra especie.

Hasta ahora se desconocía el mecanismo biológico responsable de este comportamiento. Se atribuía a los genes, ya que unos parientes próximos, los campañoles de montaña (M. montanus), son pocos sociables y muy promiscuos. Y ambos progenitores se desentiende pronto de sus crías.

Ahora un grupo de investigadores del departamento de Ciencias biomédicas de la Universidad estatal de Florida asegura que la monogamia del campañol de la pradera tiene un origen epigenético. Es decir, se debe a modificaciones inducidas en el material genético por la convivencia y el apareamiento. Estas modificaciones epigenéticas, no alteran el ADN, sino que hacen que se exprese de forma diferente, en este caso concreto para sellar la unión de pareja y convertirla en duradera. Y todos estos cambios tienen lugar después del apareamiento.

Las moléculas del apego y el amor

Al parecer la convivencia y contacto sexual aumentan el número de receptores en el cerebro para la oxitocina en las hembras y la vasopresina en los machos, dos neuropéptidos evolutivamente muy antiguos implicados en la formación de lazos afectivos y en los vínculos de pareja, que actúan junto la dopamina, otro neurotransmisor que se dispara cuando nos enamoramos.

En concreto la Oxitocina, también conocida como hormona del apego,  promueve en las hembras el contacto social, las preferencias de pareja y el apego posterior. Produce sensación de seguridad y bienestar y reduce el estrés. Aunque es más conocida por aumentar la contracción muscular durante el parto, también tiene un papel muy importante en las conductas sexuales y reproductivas y se libera produce durante el orgasmo.

La vasopresina es la versión masculina de la hormona del apego. Además de promover el contacto social, preferencia de pareja y apego, favorece en los machos las conductas territoriales frente a otros posibles rivales del mismo sexo, lo que en la especie humana llamamos celos. También incrementa la atracción y las conductas sexuales y reproductivas.

Ambos neuropéptidos incrementa la memoria, la atención y el aprendizaje. Algo que parece lógico porque tras la “luna de miel” llegan las crías, de las hay ocuparse y requieren emplearse a fondo.

Fidelidad inducida por fármacos

Lo curioso es que los investigadores han logrado obtener el mismo efecto de preferencia por la pareja en las hembras, inyectándole sustancias químicas, sin necesidad de que se hayan apareado previamente. Sin embargo, la convivencia sí fue un requisito previo indispensable. Lo han logrado administrándolas tricostatina (TSA), un fármaco que provoca cambios en las histonas, las moléculas que actúan como el carrete de una bobina, para compactar el ADN en las células.

La tricostatina, pertenece a una familia de fármacos utilizados en psiquiatría y neurología, los inhibidores de las histonas dacetilasas (HDAC). Estos fármacos, y en concreto la tricostatina A, impiden que el ADN se condense y facilita que algunos genes se activen mediante adición de grupos químicos acetilo al ADN .

Los cambios epigenéticos observados que favorecen la fidelidad y que implican a las histonas ocurrieron precisamente en genes que codifican receptores para las hormonas oxitocina y vasopresina, involucradas en la preferencia de la pareja y el comportamiento social en general.

Además, los campañoles hembra a los que se suministró TSA aumentaron el número receptores de oxitocina y vasopresina en sus cerebros en una región muy concreta, el núcleo accumbes, una estructura fundamental en el sistema de recompensa del cerebro, responsable de las sensaciones de placer. Mohamed Kabbaj, autor principal del estudio, y sus colaboradores descubrieron además que los fármacos que bloquean estos receptores impiden que se formen vínculos de pareja.

Dado que los campañoles son modelos importantes para entender los mecanismos neurobiológicos del establecimiento de lazos de pareja en nuestra especie, los autores aseguran que su hallazgo abre el camino a nuevas opciones terapéuticas en las alteraciones del comportamiento social, sobre todo porque ya hay fármacos HDAC en ensayos clínicos con resultados prometedores.

Tal vez en un futuro no muy lejano, “desenamorarse” sea tan fácil como tomarse una simple pastilla…

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