Dèjá vu: ¿recuerdo de vidas anteriores?

Publicado por el nov 10, 2012

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La sensación de vivir de nuevo un fragmento de nuestra propia vida no es infrecuente. Seis de cada diez personas la experimentan al menos una vez en la vida, sobre todo en la juventud o en determinadas condiciones como agotamiento, estrés, traumas o enfermedad. El cine y la literatura se han ocupado de esta sensación denominada Dèjá vu o “ya vivido” para darle explicaciones fantásticas. La neurociencia ofrece una versión más ajustada a la realidad.El detective Doug Carlin (DenzelWashington) revisa la escena del crimen. Su mirada escudriña cada rincón en busca de una pista que pueda identificar al asesino. Sorprendentemente para el espectador pasa de largo sobre unas letras magnéticas que, sujetas en la nevera, forman la frase «tú puedes salvarla». Tras unos segundos, Carlin vuelve a mirar el mensaje y la perplejidad se refleja en su rostro, aunque no por lo que dice. La escena le resulta de pronto extrañamente familiar, como si ya la hubiera vivido antes, a pesar de que es consciente de no haber estado allí jamás… ¿O tal vez sí? ¿Es posible que la sensación de familiaridad la provoque el recuerdo de una vida alternativa que se cruza con la actual? Es la duda que el malogrado director Tony Scott quiere suscitar en el espectador para explicar el fenómeno que da nombre a su película «Déjà vu».

Ésta es una más de las muchas e imaginativas explicaciones que a lo largo de la historia se han propuesto para esta curiosa sensación de estar viviendo de nuevo un fragmento de nuestra vida. Una vivencia que experimentan un 60 por ciento de las personas al menos en alguna ocasión, especialmente en la juventud o en determinadas condiciones (cansancio, estrés, agotamiento, sucesos traumáticos, enfermedad, alcohol o embarazo).

La literatura también ha reflejado estas inquietantes experiencias. El escritor Charles Dickens ofrece, a través de su personaje David Copperfield, una excelente descripción de las sensaciones que provoca un «déjà vu»: «Lo que decimos o hacemos creemos haberlo hecho y dicho en una época muy lejana y lo recordamos como si hubiéramos estado hace siglos rodeados de las mismas personas, de los mismos objetos, de los mismos incidentes y sabemos perfectamente de antemano lo que nos van a decir después, como si nos volviese a la memoria de pronto».

El uso de la expresión “dèjá vu” o “ya visto” lo acuñó el filósofo Emile Boirac en 1876, aunque probablemente se inspiró en el poema “Caleidoscopio” del escritor francés Paul Verlaine, que empleó realmente la expresión “dèjá vecu” o “ya vivido”. Finalmente, en 1896, el doctor Arnaud introdujo el término “dèjá vu” en la literatura científica, para referirse a esas experiencias que nos producen la sensación de “ya vistas” o “ya vividas”.

Esa sensación vaga de repetición asociada al «déjà vu» (ya visto) es conocida desde antiguo y llevó a los seguidores de Pitágoras a considerarla una prueba de la reencarnación. Una idea que aún sigue pareciendo atractiva a muchos, a pesar de que para los expertos carece de fundamento científico. Sigmund Freud creía que estas experiencias eran consecuencia de deseos reprimidos o recuerdos relacionados con un acontecimiento estresante que ya no eran accesibles a la memoria. Se trataría, desde su teoría, de un mecanismo de defensa que nos protege frente a las vivencias traumáticas.

Otros psicoanalistas sostienen que estas extrañas vivencias tienen una función: la de proporcionarnos consuelo en situaciones altamente estresantes. Así lo describe el piscoanalista suizo Oskar Pfister, a propósito del caso de un oficial que durante la Primera Guerra Mundial fue herido por el impacto de una granada. Después del impacto el oficial recordaba la sensación de una caída prolongada junto con un recuerdo de haber caído así en otra ocasión. El soldado contó al psicoanalista que cuando tenía 9 años había saltado al agua sin saber nadar y estuvo a punto de ahogarse. Entonces tuvo esa misma sensación de caída prolongada en tiempo. La interpretación desde el psicoanálisis ofrecida por Pfister fue que el inconsciente del joven buscó rápidamente en la memoria una situación que le permitiera aferrarse a la esperanza de sobrevivir: “entonces estuviste en peligro y te salvaste. También ahora lo harás”.

Experiencias como esta llevaron al psicólogo norteamericano William James a proponer que los “dèjá vu” están provocados precisamente por una concordancia parcial con situaciones anteriores que despierta la extraña sensación de famliaridad. James sostenía que cada vez que había sufrido uno de estos espisodios había logrado vincular esa sensación de familiaridad a un recuerdo real.

Estas experiencias se consideran distorsiones de la memoria debido a la inclusión de detalles falsos y se denominan paramnesias, un término introducido por el psiquiatra Kraepelin.

En opinión de Douwe Draaisma, profesor de Historia de la Psicología de la Universidad de Groningen (Holanda), si nuestra memoria contiene recuerdos latentes de vidas anteriores que empiezan a resonar debido a una repentina coincidencia con la experiencia actual sería de esperar que la sensación de familiaridad se intensificase y nos ayudase a recordar y no que desapareciera de repente como ocurre con esa sensación inquietante del “ya vivido”, de la que casi todos tenemos experiencia.

«Los “déjà vu” son el producto de tres ilusiones: Se perciben como un recuerdo, aunque no lo son; te hacen creer que sabes lo que va a ocurrir cuando en realidad no puedes predecir nada; y producen un temor vago que carece de fundamento», explica Draaisma, que dedica a este fenómeno un capítulo de su interesante libro «Por qué el tiempo vuela cuando nos hacemos mayores» (Alianza Editorial, 2006).

Fallo en la concentración

Para Draaisma, la explicación más plausible es la que propuso en 1906 el psicólogo holandés Gerard Heymans y que estudios posteriores parecen corroborar: la sensación de «déjà vu» se produce por un fallo momentáneo en la concentración que hace que percibamos débilmente lo que nos rodea. Recuperada la concentración, percibimos de nuevo plenamente la situación, y además nos llega un vago eco de la anterior percepción que es precisamente lo que nos provoca la inquietante sensación de familiaridad. Esta teoría explicaría por qué la sensación de «ya visto» suele aparecer preferentemente en situaciones de estrés.

Habitualmente la sensación de «ya visto» tiene un inicio repentino y se interrumpe con rapidez precisamente por el asombro que causa la propia experiencia de creer recordar algo que, en realidad, está sucediendo en ese preciso instante, lo que hace que su estudio sea bastante escurridizo.

A pesar de su fugacidad, los «déjà vu» se han podido reproducir accidentalmente en el laboratorio estimulando determinadas áreas del cerebro en pacientes epilépticos. Así se han podido identificar tres áreas que, al parecer, se activan simultáneamente cuando se producen estos peculiares fallos de memoria que nos provocan la ilusión de recordar cosas que realmente no habían sucedido con anterioridad: el lóbulo temporal, que procesa las experiencias actuales; el hipocampo, que al activarse erróneamente añade la sensación de familiaridad, y la amígdala, que produce la sensación de angustia que habitualmente acompaña al «déjà vu».

Juego infantil

Los “dèjá vu” guardan relación con un juego infantil que la mayoría hemos practicado: repetir una palabra hasta que ésta nos resulta extraña. Este juego inocente en psicología recibe el nombre de enajenación verbal y consiste en que desaparece la conexión existente entre una palabra y su significado y ésta empieza a sonarnos como extraña.

También guarda relación con otro fenómeno menos habitual pero no infrecuente: la despersonalización, en la que todo nos parece nuevo y extraño. Puede producirse en situaciones de estrés extremo y en particular son más propensas a experimentar esta sensación las personas que padecen ansiedad.

Estos dos fenómenos tienen en común la pérdida de la sensación de familiaridad. Por el contrario, en los “dèjá vu”, la sensación de familiaridad que experimentamos es ficticia. 

Para Draaisma estas tres percepciones de familiaridad inapropiada formarían un continuo. En un extremo estaría la enajenación verbal, como la variante más liviana. En el otro, la despersonalización. Entre ambas se situaría el “Dèjá vu”. Que se produzca uno de los tres dependerá de las características psicológicas de cada persona y de la situación de estrés a que se enfrente.  

“Dèjá vu” continuo 

Parece que los “dèjá vu” se producen con más frecuencia asociados a inestabilidad emocional. Y tal vez por eso sean también más frecuentes en la adolescencia, en especial cuando hay trastornos de adaptación.

En ocasiones estas episodios pueden convertirse en crónicos. Es lo que ocurre en determinados tipos de esquizofrenia. Los pacientes aseguran constantemente haber vivido antes cada nueva situación. Están tan convencidos de ellos que creen vivir en un año posterior al actual, ya que sitúan sus experiencias actuales un año atrás, para explicar por qué tienen esa sensación de “ya vivido”.

Sin llegar a ser permanente, los pacientes con determinados tipos de epilepsia del lóbulo temporal, experiementan esa sensación de familiaridad antes de las crisis y durante más tiempo que los “dèjá vu” corrientes.

 

 

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