Cuando la debilidad se convierte en virtud

Publicado por el Nov 19, 2012

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Charles Darwin revolucionó la sociedad de su época al proponer que el hombre no era el centro de la Creación, con su teoría sobre “El origen de las especies por medio de la selección natural”, en un momento en el que el creacionismo era la norma. Esto podría llevar a pensar que tenía un carácter enérgico y determinado. Nada más lejos de la realidad. El padre de la “selección natural” padeció un trastorno obsesivo compulsivo de la personalidad que le provocaba frecuentes crisis de ansiedad, que se manifestaba como trastornos gástricos, palpitaciones y sensación de desmayo.

El trastorno obsesivo compulsivo de la personalidad, que no debe confundirse con un trastorno obsesivo-compulsivo o TOC, se caracteriza por una preocupación excesiva por el orden, perfeccionismo y un control mental que anula la flexibilidad y la espontaneidad. Pero el naturalista inglés Charles Darwin, haciendo de sus debilidades virtudes, supo demostrar que, como proponía en su teoría, no sobreviven los más fuertes, sino los que mejor se adaptan a lo que les ha tocado vivir. Y también que las personas que logran vencer sus miedos son muy valiosas.

El trastorno obsesivo compulsivo de personalidad comienza a manifestarse al principio de la edad adulta y se da en diversos contextos. Sin embargo, algunos de sus rasgos empiezan a mostrarse ya desde la infancia. En el caso de Darwin, su tendencia a coleccionar cosas, como él mismo explica en su autobiografía: “Reunía todo tipo de cosas, conchas, lacres, sellos, monedas y minerales. La pasión por coleccionar, que lleva a un hombre a ser un naturalista sistemático, un virtuoso o un avaro, era muy fuerte en mí, y claramente innata, puesto que ninguno de mis hermanos o hermanas tuvo jamás esta afición”, analiza muy certeramente en su autobiografía.

Uno de los criterios recogidos por el DSM-IV TR para padecer este trastorno es “la preocupación por los detalles, las normas, las listas, el orden, la organización o los horarios hasta el punto de perder de vista el objetivo principal de la actividad”. Para Darwin, los horarios rígidos eran “esenciales para su bienestar”, como resalta su hijo Francis. El propio Darwin relata una anécdota de su juventud que da idea de cuánto se ajusta a este criterio. Muy aficionado a la caza, el naturalista llevaba cuenta exacta de todos los pájaros cazados a lo largo de la temporada. Sus amigos lo sabían y decidieron gastarle una broma, insistiendo cada vez que disparaba y cobraba una pieza, en que no debía anotarla porque alguno de ellos había disparado a la vez, y no se podía saber quién la había cazado en realidad. Esto molestó en gran medida a Darwin, como él mismo explica: “Más tarde me contaron la broma, que no lo era para mí, ya que había cazado un gran número de pájaros, pero no sabía cuántos, por lo que no podía añadirlos a mi lista, que confeccionaba haciendo un nudo en un trozo cuerda atado a mi ojal“. Lo que a su vez da idea de su excesiva rigidez mental.

Contabilizarlo y anotarlo todo cuidadosamente en listas era una de sus ocupaciones habituales: “Cuando veo la lista de libros de todas clases que leí y resumí, incluyendo series completas de revistas y actas de sociedades, me sorprende mi laboriosidad”, detalla a la edad de 67 años, cuando empezó a escribir su autobiografía. 

Trabajar hasta el límite

Esa laboriosidad que le sorprende en su vejez al echar la vista atrás fue una constante en su vida. Y como todo, lleva al extremo, puede convertirse en un rasgo patológico. Darwin tenía una dedicación excesiva al trabajo, “hasta el límite de sus fuerzas”, como reconoce su hijo. A esto hay que unir un alto grado de perfeccionismo.

Al afán por coleccionar Charles Darwin unía su incapacidad para tirar los objetos inservibles (otro de los criterios del DSM-IV), que almacenaba en su estudio, al que sus hijos recurrían siempre que en sus juegos necesitaban cualquier objeto, en la seguridad de que allí lo encontrarían. Eso sí, todo lo que almacenaba estaba perfectamente clasificado y ordenado.

Otro de lo síntomas de las personas con trastorno obsesivo compulsivo de la personalidad es la exagerada meticulosidad con los gastos en previsión de alguna catástrofe. Y Darwin temía por la salud de su familia, lo que le llevaba a ser muy estricto en el control del dinero.

Pero si algo le quitaba con frecuencia el sueño a Darwin eran sus pensamientos obsesivos. A los 67 años, cuatro antes de su muerte, aún recuerda con pesar un episodio ocurrido en su niñez: “golpeé a un perrillo, creo que simplemente por disfrutar de la sensación de fuerza; sin embargo, el golpe no pudo ser doloroso, pues el perrito no ladró, de ello estoy seguro, ya que el lugar estaba cerca de casa. Este acto pesa gravemente sobre mi conciencia, como lo demuestra mi recuerdo del sitio exacto donde el crimen fue cometido”.

No es el único recuerdo que le hace pasar noches en vela. Su personalidad obsesiva no estaba hecha para la medicina, como quedó claro después de pasar dos cursos en la Facultad de Medicina de Edimburgo. “Asistí a la sala de operaciones en dos casos muy graves. Uno de ellos era un niño. Salí huyendo antes de que concluyeran. Nunca más volví a asistir a una operación, pues ningún estímulo hubiera sido suficientemente fuerte como para forzarme a ello; esto era mucho antes de los benditos días del cloroformo. Los dos casos me tuvieron obsesionado durante muchos años”.

Fobia social

Sus dificultades para mantener actividades sociales, a causa de su fuerte ansiedad social o fobia social -cualquier reunión, incluso con amigos, era un esfuerzo para él- le llevaron a una “dedicación excesiva al trabajo y a la productividad con exclusión de las actividades de ocio y de las amistades (no atribuible a una necesidad económica obvia)”, otro de los criterios que cumplen las personas con trastorno obsesivo compulsivo de la personalidad.

El malestar que le generaban estas situaciones sociales, donde prevalece la espontaneidad, le llevaron a dejar Londres y escoger como lugar de residencia Down, de “extremada tranquilidad”. Tanta que un periodista alemán escribió que a la casa de Darwin sólo se podía llegar por una vereda de mulas. Algo que molestó profundamente al naturalista.

Una vez establecido en Down, son pocas sus distracciones, como él mismo reconoce: “Aparte de algunas visitas a parientes y en alguna ocasión a la playa o algún otro lado, no hemos salido a ningún sitio. Durante la primera parte de nuestra residencia aquí hicimos cierta vida de sociedad, y recibía a algunos amigos en casa, pero mi salud se resentía casi siempre a causa de la excitación, que me provocaba violentos escalofríos y accesos de vómitos. Por lo tanto desde hace muchos años me veo obligado a declinar todas las invitaciones a comer, y eso ha supuesto para mí bastante privación, puesto que aquellas reuniones me animaban mucho siempre. Por la misma causa sólo he podido invitar a casa a muy pocos científicos amigos míos”. 

Pero sin duda, los momentos de grandes decisiones eran los peores para Darwin. Las personas con este tipo de trastorno de la personalidad pueden llegar a estar muy molestos si otras personas interfieren con sus rutinas rígidas, pero tal vez no sean capaces de expresar su ira directamente. En lugar de esto, experimentan ansiedad o frustración. Darwin había accedido siempre a la voluntad de su padre. Primero siguiendo los estudios de Medicina, que luego abandonó. Después, estando dispuesto a hacerse cura rural. “No renuncié expresamente a esta intención ni al deseo de mi padre. Simplemente murió de muerte natural cuando al dejar Cambridge me une al Beagle en calidad de naturalista”. Pero incluso la travesía de cinco años en el Beagle estuvo en el aire por la negativa inicial de su padre. Cuando se enteró de la oferta del capitán Fitz-Roy para incorporar un naturalista en la expedición, “se apoderó de mi una gran impaciencia por aceptar, pero mi padre puso serias objeciones”.

Afortunadamente su tío, el hermano de su padre, habló en su favor y Darwin pudo partir en un viaje “a la fama”. No sin antes sufrir claros síntomas de ansiedad, tal vez ante lo desconocido y también por el temor a nuevas injerencias paternas que le hicieran quedarse en tierra. Entonces aparecían el dolor de cabeza, de estómago o las palpitaciones. “Hicimos dos intentos previos de salir, pero tuvimos que volver a puerto a causa de los fuertes vientos. Estos dos meses en Plymouth fueron lo más tristes de mi vida, a pesar de que me ocupaba intensamente en distintos asuntos. La idea de dejar a toda la familia y amigos por un lapso de tiempo tan largo me deprimía profundamente y la atmósfera de aquellos días me parecía increíblemente triste. También estaba preocupado por las palpitaciones y dolores de corazón y, como la mayoría de los jóvenes ignorantes, estaba convencido de que tenía una enfermedad cardiaca. No consulté a ningún médico, porque estaba seguro de que me diría que no me hallaba en condiciones para hacer el viaje, y yo estaba dispuesto a ir a todo trance”. Afortunadamente para la Ciencia, la motivación venció al miedo.

Casarse o no casarse, esa es la cuestión

Esos mismos síntomas volvió a sentirlos a su vuelta del viaje. Por insistencia de su padre, cerca de la treintena, se plantea la «cuestión» de casarse o no. Como hombre meticuloso que era, deja a un lado el romanticismo y escribe las ventajas e inconvenientes de formar una familia. Ventajas: «una constante compañera y amiga en la vejez, que se interesará por uno». Inconvenientes: «pérdida de libertad para ir donde quiera», «no poder leer por las noches». Al fin, una vez hecho el balance de la situación,  elige a su prima Emma: hablaba francés, italiano y alemán (le echaría una mano con los idiomas), le gustaba el deporte, tocaba el piano y, un aspecto fundamental, tenía dinero, lo que le permitiría seguir con sus investigaciones. En 1839 decide casarse.

Sin embargo, en su opinión, su vida de casado supuso para él una gran distracción de su férrea rutina de trabajo: “A pesar de que trabajé todo lo que pude en los tres años y ocho meses que residimos en Londres, jamás he hecho tan poca cosa en un periodo de tiempo tan similar. Ello se debió a que frecuentemente estaba indispuesto y a una larga y grave enfermedad”.

Visita al balneario

Los médicos no hallaron la cura para los achaques de Darwin, y el naturalista recurrió a un balneario en busca de alivio. “En 1848 pasé unos meses en Malvern para efectuar un tratamiento hidropático que me sentó muy bien, de tal modo que a mi vuelta a casa pude reanudar el trabajo. Estaba tan carente de salud que cuando mi querido padre murió el 13 de noviembre de 1848, no pude asistir a su funeral ni oficiar como testamentario”.

A quien nunca acudió, obviamente, fue a un psicólogo. Y eso que lo tenía en casa: su primo Francis Galton, que hizo importantes aportaciones a la Psicología, aunque haya pasado a la historia como el padre de la eugenesia. De igual forma, el mismo Darwin se ocupó también del carácter universal de las emociones. Y cómo no, con la meticulosidad que le caracterizaba, hizo un registro del desarrollo evolutivo de uno de sus hijos, como más tarde haría Piaget con los suyos. 

Pero lo que le quitó el sueño durante muchos años fue su obra más importante, “El origen de las especies por medio de la selección natural”. De hecho, a pesar de que la tenía a punto, tardó dos décadas en publicarla. Hizo falta que otro naturalista, Alfred Wallace, le enviara una carta donde le exponía ideas próximas a las suyas. El miedo a la reacción de la Iglesia anglicana -a pesar de que él hacía tiempo que había perdido la fe- y, mayor aún, a la reacción de su esposa, de sólidas creencias religiosas le hicieron posponer  su publicación. Cualquier excusa era buena para aparcar la redacción de libro. Incluso la “urgente necesidad” de escribir una monografía sobre percebes.

Sin embargo, Darwin supo sacar partido a sus aparentes defectos, que podrían encuadrarse en un trastorno de personalidad. Hoy le habrían tratado como mínimo con Prozac, pero Darwin se conformó con su estancia en un balneario, del salió bastante recuperado, y su dedicación obsesiva al trabajo. Siempre dio muestras de superación y de saber sacar el mejor partido a las cualidades, buenas o malas, que tenía. El afán de coleccionar le llevó a reunir durante su viaje 2.500 páginas de notas, 5.500 plantas y animales conservados en alcohol o disecados, un “tesoro” del que tras 20 años de reflexión en su aislado refugio de Down, cerca de Londres, surgió su teoría sobre el origen de las especies por selección natural”.

 

Entrevista a Charles Darwin

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