Cerebro erótico: caricias que despiertan el deseo

Cerebro erótico: caricias que despiertan el deseo

Publicado por el oct 27, 2013

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¿Se ha preguntado alguna vez por qué una caricia en la nuca o un masaje en los pies pueden resultar tan sensuales? Pues algunos neurocientíficos sí. Es más, les parece intrigante la existencia zonas de nuestro cuerpo altamente excitantes, aunque estén muy alejadas de los genitales. Y es que la neurociencia se ha propuesto demostrarnos que tiene mucho que aportar en todas las esferas de nuestra vida, incluidas las más íntimas. Así lo demuestra un estudio publicado en la revista “Cortex”, que aborda por primera vez de forma “científica y sistemática”, según los autores, lo que hay de mito y realidad respecto a las zonas erógenas y otras cuestiones como las posibles diferencias entre hombres y mujeres a la hora de percibir el placer, y las posibles explicaciones al paradójico hecho de que un masaje en la espalda o pueda despertar el deseo sexual.

En la década de los 90 del siglo pasado, el neurólogo Vilayanur Ramachandran dio una explicación al hecho de que una caricia en la zona del cuello próxima a la oreja o en el pie pueda resultar tan erótica. Para ello se basaba en representación de estas zonas corporales en el cerebro, en concreto en la corteza somatosensorial, y en lo que se conoce como el homúnculo sensorial de Penfield. En 1950 el neurocirujano canadiense Wilder Penfield, observó que al estimular distintas zonas del cerebro de sus pacientes podía establecer una representación topográfica del cuerpo en la corteza cerebral, una especie de “cuerpo virtual”. En esta representación más de la mitad de la corteza cerebral corresponde a las manos y la cara, dos zonas muy sensibles al tacto, mientras que zonas como la espalda no tienen una gran representación.

 

Corteza somatosensorial en el hemisferio derecho

Corteza somatosensorial en el hemisferio derecho

 

Argumentaba Ramachandran, basándose en esa representación, que las partes inferiores del cuerpo, y en especial los pies, se representan en la corteza somatosensorial muy próximas a los genitales, mientras que las zonas de la parte superior, como el cuello o los oídos, mapean cerca de la mama. De ahí que una caricia en estas áreas produjeran una sensación erótica al activar los órganos genitales adyacentes en la represetanción en la corteza somatosensorial.

Esta explicación tiene sus pegas, replican los autores del artículo publicado en “Cortex” basándose en una observación del propio Penfield: “Curiosamente –decía el neurocirujano- nunca hemos provocado sensaciones eróticas con ningún tipo de estímulo en la corteza”. Algo extraño porque estimulando estas zonas durante las operaciones lograban todo tipo de sensaciones, excepto las eróticas.

Empezando por los pies

Para investigar lo que había de verdad en la hipótesis de Ramachandran sobre las zonas erógenas, Marilyn Lucas, de la facultad de Psicología de la Universidad de Witwatersrand, Johannesburgo, Sudáfrica, que lidera el trabajo, y sus colaboradores reclutaron a 793 participantes, (304 hombres y 389 mujeres), con una edad media de 24,7 años, procedentes en su mayoría de las islas británicas o África subsahariana. El 84% se declararon heterosexuales, cerca de un 5% homosexuales y 6% bisexuales.

Recopilaron datos por medio de un cuestionario sobre zonas erógenas en el que los participantes debían señalar en una escala de 0 a 10 la capacidad de 41 zonas eróticas para producir excitación sexual.

El primer resultado sorprendente fue, que a diferencia de la creencia popular, la puntuación obtenida por los pies en la casa erógena fue muy baja independientemente de la edad de los encuestados, su orientación sexual, nacionalidad, raza o sexo. “Nuestro estudio sugiere que el pie, que mapea en la corteza somatosensorial cerca de los genitales, no es una fuente de placer para 3 de cada 4 participantes”, explican.

Los resultados señalan que hombres y mujeres coinciden en sus zonas erógenas, pero las mujeres informaban de una mayor sensibilidad en varias partes del cuerpo. De hecho asignaban una puntuación superior a 7 a seis partes del cuerpo, mientras los hombres solo alcanzaban este nivel en dos de ellas.

Zonas erógenas femeninas

Las mujeres dieron a la espalda, nuca y cuello, caderas, muslos, boca/labios, pezones, omóplatos, hombros, estómago y muñecas una puntuación significativamente mayor que los hombres. Según los investigadores, el hecho de que las mujeres se muestran más sensibles correlaciona bien con otros estudios que las atribuyen más sensibilidad al tacto en general. Sin embargo, la afirmación de que las mujeres tienen mayor diversidad de zonas erógenas que los hombres no tendría fundamento, según este estudio.

tabla2

Además, en contra de lo que sostiene Ramachandran, los investigadores concluyen que la distribución erógena no se correlaciona con la representación del cuerpo en la corteza somatosensorial, como ya intuía Penfield por su observación de que al estimularla nunca despertaron sensaciones eróticas en los pacientes. Y proponen que estas zonas erógenas deben estar representadas en otras zonas del cerebro.

Donde reside el placer sensual

Lo más probable es que el  mapa cerebral de las zonas erógenas haya que buscarlo en la ínsula o corteza insular, una parte del cerebro donde tiene lugar la integración emocional y multisensorial. Situada en el interior del surco lateral (cisura de Silvio), que separa las cortezas temporal y parietal inferior, la ínsula es activada por receptores de la piel que responden a toques ligeros y lentos, que concuerdan muy bien con las caricias eróticas.

Insula (5)

 

Estos resultados de agosto de este año están en la línea de los obtenidos en 2012 en un estudio llevado a cabo en la Universidad de Ginebra (Suiza), que mostraba que la parte posterior de la ínsula se activa con el deseo sexual en las imágenes de resonancia magnética funcional, mientras que la parte anterior de esta zona del cerebro responde a los sentimientos de amor. Sin embargo, el origen del amor romántico, como indica este estudio de Ginebra, hay que buscarlo en el sistema de recompensa del cerebro.

 

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