Una batida

Publicado por el nov 29, 2011

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Una cencerrilla solitaria subía tintinando por el arroyo que tenía delante del puesto. Por lo espeso del monte no llegué a ver a su propietario, que al llegar a mi altura comenzó a subir por la ladera de enfrente, alertado por el débil rastro que un buen par de jabalíes habían dejado al encamarse al amanecer y sus huellas se veían claramente en el paso que yo ocupaba.

Unos metros ladera arriba el primer latido, después otro y otro más. Al llegar a la mitad del monte, los latidos se volvieron más apremiantes hasta que en una tupida mata de coscoja, se quedó el valiente latiendo de parada. Aquellos bichos no tenían ganas de moverse y por un solo perro, no muy grande a juzgar por los ladridos, no se iban a molestar en salir corriendo.

Después de unos minutos de ladridos, algún arreón al perro y las coscojas bailando, había que tomar una decisión, ya que en cualquier momento podían herir al insistente perrillo porque los bichos no iban a salir de allí así por las buenas pero ¿qué hacer?. Si me quedo en el puesto es más que probable que el insistente perro acabe malherido y si voy al sitio seguro que se escapan por mi postura.

Un par de minutos más tarde la cosa se puso seria, el perro a veces latía a veces se quejaba de las acometidas de los jabalíes, así que había que hacer algo. El resto de las rehalas estaban aún muy lejos y aquello me tocaba resolverlo a mí ya que era justo enfrente donde se estaba armando aquel lío. Me pongo en marcha y cuando apenas llevaba andado veinte metros, otra cencerrilla se oye venir en dirección al jaleo. Decido esperar a ver si entre los dos son capaces de echarlos de la mata. Nada, no hay manera, ni siquiera aquellos dos valientes los mueven. De nuevo salgo en su ayuda, si se escapan mala suerte. Cuando otra vez había caminado unos metros, otros dos perros aparecen por allí, orientados por los latidos de sus compañeros acuden de forma inmediata a la mata de coscoja cada vez más movida por perros y jabalíes.

Esta vez sí, entre los cuatro los sacan del encame.  Armando un ruido de esos que te ponen el corazón en la boca, venía monte abajo todo el grupo en mi dirección.

Pero no hubo un final tan feliz como yo esperaba. Al llegar al fondo del arroyo, el ruido cambia de dirección subiendo por el cauce seco. Intento ver algo entre el monte mirando en esa dirección, cuando por mi puesto pasa como una bala uno de los jabalíes que, silencioso, decidió seguir por el paso habitual. Cogido por sorpresa ni tiempo me dio a tirarle antes de que se volviera a tapar con el monte. Vaya chasco. Lo voy siguiendo entre los árboles, un poco agachado para intentar localizarlo, cuando al cabo de unos sesenta o setenta metros se queda parado justo delante del único hueco que la rama seca de un pino me permite verlo, supongo que sorprendido de no verse perseguido por los perros. Apunto y lo veo rodar monte abajo. Una jabalina de unos 70 kilos. Bueno, al menos he tenido suerte, mucha creo yo.

El otro con todos los perros detrás se coló entre dos puestos más arriba. Lástima que el buen trabajo de los perros no tuviera su recompensa. Los dos cazadores que lo vieron dijeron que era grande, muy grande. ¡Cómo me gusta que sean tan ladinos!

Otro día de caza con la “Peña del Sol”, en Huesca.

 

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