Recechando corzos

Publicado por el mar 22, 2012

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Foto: Mario Bregaña

 

La temporada de recechos está ahí, a la vuelta de la esquina, según se sube a tiro de piedra de las primeras hojas,  aún incipientes, que de nuevo decoran los árboles que les dan amparo a los corzos y las briznas de los sembrados, este año si no llueve, puro testimonio de un trabajo baldío.

Casi todos soñando ya con aquel sitio ideal para realizar la jornada de apertura; si los hados son propicios y hacemos las cosas bien, se verá rematada por la captura del desvelo que empieza a asomar en estos días de espera, de preparación y repaso diario de tarecos y trebejos, entrenando el alma al desfase horario que nos impone el rececho y en suma prepararnos a vivir por esos caminos de Dios, nuevos y soñados anhelos.

Del corzo en sí poco o mucho queda por decir que no se sepa o se pretenda saber, quizá sea de su caza de lo que si podemos hablar largo y tendido y no todo es bueno.

Uno que ya va algo “adelantaíllo” en edad, recuerda (no hay nada peor que la nostalgia de un cazador añoso), que los comienzos en la caza, por suerte o ventura, siempre eran de la mano de algún maestro, al que uno pretendía seguir los pasos de tal forma que se pisaba donde él lo hacía, se paraba donde el maestro se paraba y hasta se fumaba (el que fumaba), donde él sacaba la petaca. Así, el mentor iba desgranando paso a paso toda su sapiencia, que el discípulo iba absorbiendo a tragos cortos, sin atragantarse ni empacharse de caza y formas.

No sé si esto era mejor o peor que lo que ocurre actualmente, tiempo en que la afición se traga a puñados y muchos, a costa de empachos cinegéticos, se quedan en gourmands y nunca llegarán a gourmets, si se me permite el símil gastronómico.

El asunto es que cuando se sientan las bases de una afición en terreno firme, es mucho más fácil en la soledad del rececho, cuando nadie nos ve, combatir los demonios que nos acechan y la caza del corzo saca de nosotros lo mejor si estas bases han arraigado o lo peor si nos dejamos llevar por ese diablillo rojo que nos azuza a cometer los desatinos y mezquindades que tanto abundan en los recechos.

No es fácil, no, hacer las cosas tan rematadamente mal. Empezando por la fecha de apertura de la temporada, si bien es cierto que el corzo sigue yendo a más, no lo es menos que el mes de Abril, hace posible que cualquier pazguato, empezando por mí, sea capaz de matar un corzo en un sembrado, so disculpa que “si no los cazamos nosotros, los cazan los furtivos”, casi nada el apaño.

Circula bajo cuerda, yo lo he visto, un manual de “Malas y canallescas artes del rececho realizado por bellacos”, en el que se instruye sobre cómo recechar corzos de piojosa manera. Algunos de los instructivos capítulos merecen su mención por mor de valorar en su justa medida el tratado de infamias que uno debe saber para realizar la peor caza posible:

Capítulo I-  Carrilear con el vehículo.

En el que se da cuenta de cómo se realiza la conducción sin desmayo por los caminos del cazadero. Este capítulo se complementa con precisas instrucciones sobre cómo conducir con el arma cargada sin seguro, cruzada en las piernas y los pasos más importantes a seguir para el disparo sobre el expectante corzo: primero, se abre la ventanilla y segundo, se saca el cañón del arma por el espacio vacío que ha dejado el cristal al bajarlo. Disparar siempre por la ventanilla abierta, no por la otra. En el caso de que el corzo se halle en el lado contrario, se repite la operación abriendo el cristal correspondiente.

Hay también un apartado interesante de materiales con los que sustituir el cristal hecho cisco por el disparo, un tratado de mecánica de urgencia con el título “como volver a casa con el motor agujereado por un 7MM.RM.” y un listado de justificaciones ante el seguro del vehículo.

En el epígrafe final se detalla el método de “cómo valorar el trofeo de corzo desde el interior de un vehículo en un microsegundo”, tanto en la amplitud del sembrado como enmontado entre los árboles. Recomienda este epígrafe intentar llevar la imagen del corzo soñado a la del corzo visualizado y coincidan o no disparar. Después se intentará justificar de alguna manera haber matado una corza.

 

Capítulo II- Armas y utensilios

En el que se da cuenta de la fabricación casera de un silenciador. Una vez reventada el arma, recomienda dirigirse a un armero de confianza, que por módico precio nos hará uno fiable.

En otro apartado habla del “Uso de visores nocturnos, infrarrojos y detectores de calor”, tan en boga estos tiempos, aconsejando aquellos lugares donde esconderlos, en los múltiples recovecos que nuestro vehículo tiene.

Desaconseja este manual el uso del “scope” por aquello que primero se tira y después se pregunta, recomendando que si nos da pereza acercarnos al tiro, se contrate un “propio” para tan penosa labor, con lo que contribuiremos a fomentar la economía de la zona.

Como conclusión final recomienda que si el rececho diurno no ha tenido éxito, siempre se puede recurrir al fareo nocturno, explicando lo de las candelas y distancias de luz.

 

Capítulo III- Precintos y otras gilipolleces

En el que se da cuenta detallada de qué es un precinto (ante el desconocimiento general), maneras de ponerlo de forma que se pueda volver a usar, un estudio de materiales en los que se indica las veces que se puede poner y quitar sin romperse y cuánto dura sin enmohecerse en una cartera y/o bolsillo.

Hay en este capítulo una sección de “regateo y ratoneo por el precio del arrendamiento del coto de caza”, donde se explica cómo interpretar el lenguaje gestual del dueño del terreno y cómo gestualizar uno mismo, con el fin de saber cuántos corzos me está cobrando por el arrendamiento, si los hay y que él no sepa cuántos le vamos a cazar con los dos precintos.

 

 

Capítulo VI- Cobro y avío

En el que se da cuenta de lo inútil y engorroso que resulta llevar un perro para intentar cobrar un corzo herido, que yo he venido aquí a divertirme no a correr detrás del perro entre las matas.

Ante esta premisa nos anima a una vez disparado, si el bicho no cae de forma fulminante, dedicarse a buscar otro, “ancha es Castilla”, total no lo ibas a precintar…

Una vez cazado, entra en juego el apartado del avío, despachado con un par de líneas, sobre cómo encontrar con un piedra el hueco entre las cervicales para cortarle la cabeza y luego, algo más extenso, unas nociones sobre decoración de exteriores, la forma de dejar colocado el resto del corzo, que no se puede dejar de cualquier manera, así en futuras jornadas nos servirá de referencia en el campo y podremos decir delante de la concurrencia de pazguatos que nos escuchan, “ y cayó justo al lado de donde estaban los huesos del que maté el año pasado”.

No tiene desperdicio este manual, ha tenido el éxito que acompaña a las cosas clandestinas, habida cuenta de los numerosos  ¿cazadores?, que lo siguen a rajatabla.

¡Qué Dios ampare a la caza!

 

 

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