La suerte

La suerte

Publicado por el oct 24, 2013

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Dos años llevaba sin poder acudir, por una u otra razón, a la cita que anualmente concertamos para un día de caza en aquel monte burgalés. Dos años en los que durante varias semanas tuve que oír en veinte versiones diferentes, el relato de lances y ladras, de jabalíes siderales y perros bandera. Dos años en los que durante meses, la frase resonaba en mis oídos como martillo de herrero en el yunque: “No sabes lo que te has perdido, vaya día de caza”.

Así que libre de algún percance familiar (Dios no lo quiera), o una furibunda e inoportuna gripe, o algo similar, muy grave debería ser al asunto para que este año sí, esta vez acudiría a la cita dispuesto a resarcirme de ausencias anteriores.

Una semana antes de la cita, ya estaba todo el equipo preparado: la ropa y las botas, el rifle a punto, limpio y a tiro, la moral a tope y caja y media de balas, que aquel monte gasta mucha pólvora, por lo espeso y los muchos jabalíes que siempre acoge. De dormir, lo justo para entender las conversaciones, hasta una noche me desperté sobresaltado, ante la entrada de un ciento de jabalíes en el puesto, gritando la frase célebre de aquel futbolista: “A mí el pelotón Sabino, que los arrollo”

Nos citamos en el sitio el día anterior, para no madrugar mucho y llegar al puesto en las mejores condiciones. Cena ligera, paseo y a dormir pronto que el día de caza se merecía un respeto.

En el desayuno, los guardas nos pusieron al día; si en años anteriores la cosa pintaba bien, este año aún mejor, aquello estaba que reventaba las cinchas de jabalíes.

Se sortearon todos los puestos…menos uno, el mío. Por deferencia a mis ausencias me habían dejado el que consideraban mejor de todos (esto son amigos), el vértice que unía las dos alas que a izquierda y derecha se iban a ocupar con diez puestos por cada lado. Una tímida lágrima, por la emoción del momento y el detalle, me repuntaba en un ojo, a lo que ayudó lo suyo las numerosas palmadas en la espalda con las que me dispensaban mis cofrades y amigos, con frases como: “Hoy ya verás” o ¿“Llevas bastantes balas”?. Así que cuando salimos para los puestos, una flojera en las piernas y un leve temblor de manos, denunciaban mi estado de ánimo, que yo achaqué al cargado café que me tomé en el desayuno y que no acostumbro a tomar por los efectos que la cafeína me produce.

Al llegar al sito asignado, aún hubo más frases de ánimo: “En este puesto vas a poder escoger”  “Por aquí siempre se escapan los más grandes” y cosas de este estilo que aún me hicieron más grave la responsabilidad de no estar chambón y pifiarla.

El puesto, bendito. Una veredilla salía del valle a cazar y rodeaba por la izquierda y la derecha, la peña en la que estaba colocado, de unos diez o quince metros de diámetro, que volvían a unirse detrás y desaparecer en la loma hacia el valle siguiente, con mucho monte hasta unos cinco o seis metros antes de la peña, que sin ser monte bajo,  tenía buen tiradero. El resto del cazadero: castaños, pinos, monte viejo y espeso, conformaban el valle, encame seguro de muchos jabalíes, con comida más que suficiente para retenerlos durante tiempo.

Compuesto el campo, el rifle cargado, a esperar con impaciencia la suelta de las rehalas.

Aún quedaban algunas por soltar cuando se oían las primeras ladras encendidas y a continuación los primeros disparos. Aquello estaba en marcha y los guardas no se habían equivocado, había jabalíes hasta subidos en los árboles.

Fueron algo más de dos horas de delirio venatorio. Momentos hubo en los que más de diez carreras de bichos en todas direcciones iban llegando a los puestos, recibidos con salvas, donde unos eran cazados y otros muchos trasponían al monte siguiente, dejando durante un tiempo mudo el valle, para volver a arrancar con nuevos jabalíes un rato después.

El del puesto de mi izquierda, como un primer violinista, doblada los disparos con la cadencia del metrónomo, a modo de partitura musical, el de la derecha más espaciados, con la percusión, de tres en tres, el resto de cazadores, cuerda, viento madera y metal, formaban la orquesta, que acompañados por el coro de ladras y voces de los perreros, componían la sinfonía en la que yo, era un simple espectador. Me apetecía  ponerme a dirigir aquella partitura, con el rifle por batuta, ante la falta de un jabalí que se dignara pasar por mis dominios.

Poco a poco el valle se fue silenciando, echaba cuentas que menos el cocinero de la casa y yo, éramos los únicos que no habíamos pegado un tiro y aún me engañé, ya que un jabalí herido se fue a refugiar en una mata cerca de la casa, donde lo vieron meterse. Allí acudió el buen hombre con el perro del ganado y una vieja escopeta del 16, donde lo remató con galanura.

A punto ya de recoger, siento que un bicho viene por fin, hacía el puesto. Al ponerse a la vista, veo que son dos pequeños jabalíes, poco más que rayones, que se vuelven hacia el monte, para salir acompañados por una jabalina como un tambor y dos hermanos más. Al pasar por mi lado, me quité la gorra y haciendo una respetuosa reverencia, los despedí con un “vayan ustedes con Dios, señora y familia”.

Cuando descargaba el arma, no pude por menos que acordarme del inolvidable Paco León, que en uno de sus magistrales artículos decía: “He metido y sacado esta bala del rifle al menos veinte veces, le he cogido cariño, el día que la dispare me llevaré un disgusto”.

Que vayan estos días por otros en los que una inmerecida suerte me hizo cazar lo que seguramente no me correspondía.

Deus vult

 

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