JABALINERIAS

Publicado por el Nov 9, 2011

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“Mis primeras salidas de caza fueron acompañando a mi padre a las liebres con sabueso y al zorro, en Asturias, hasta que comenzaron a verse algunos jabalíes en la zona y los viejos cazadores, que recordaban que sus padres y abuelos los habían cazado,  volvieron a animarse con su presencia y a intentar de nuevo su caza. Digo intentar, porque sin la tradición de su caza ni los perros de entonces, se hacía muy difícil lograr el objetivo. Eran tiempos gloriosos en los que conseguir cazar ocho o diez jabalíes en una temporada era un auténtico milagro. Varias recuerdo yo de conseguir solo cinco. A pesar del aumento de las poblaciones del bicho, entonces el monte no se había quemado, era muy espeso y se te colaban por cualquier sitio, los corzos también aparecieron y para unos perros buenos, muy buenos, pero no especializados en la caza del jabalí, aquello fue el caos. Cuánto favor le deben los jabalíes a los corzos.

A pesar de las dificultades, es de aquella época, tal vez por el ímpetu de la estrenada afición, de la que me quedan los mejores recuerdos de caza, hasta ahora. Uno iniciaba su andadura por la caza de perrero, por aquellos montes, con dos o tres perros atados, para soltarlos sobre rastro reciente de jabalí y que no se fueran con los corzos, toda una aventura.

En una ocasión, apenas tendría 16 años, llevaba dos de los mejores perros de la época, el Ringo y el Sil. Después de no poco sufrir, llegué al encame de los jabalíes. Era un entramado de ramas  de brezo y tojo, monte antiquísimo, que aplastado por el peso de las ramas, formaba como una madriguera de zorro, con sus agujeros de entrada y salida, por la que podías caminar encima sin que se hundiera, zona en la que era muy raro que no hubiera jabalíes en lo más crudo del invierno.

Ya desde varios metros antes los perros daban claras señales de inquietud, así que los solté porque no podía sujetarlos, saliendo estos disparados por el rastro. Al llegar, los veo con la cabeza metida por uno de los agujeros del encame ladrando como locos, se oía el movimiento de los jabalíes en el interior del cubil. Me acerqué por el otro lado, metí por un agujero un palo que llevaba como bastón y noté perfectamente como tocaba un jabalí, que debía estar pensando si salir disparado o esperar a ver si aquellos pesados los dejaban en paz. Entonces les di cuatro voces y empezaron a salir jabalíes por todos los lados, uno de ellos salió por donde estaban los perros, arrollándolos. Éstos una vez repuestos del susto, salieron tras él y por el que quedaba a mi lado salió uno que apenas pesaría 10 kilos, aún tenía rayas, en dirección abajo hacia un arroyo que cruzaba el monte. Me lancé detrás de él y aunque me iba ganando terreno, sabía que por debajo de aquel sitio había castaños con poco monte y que allí le podía acortar la ventaja, con la idea de cogerlo vivo en cuanto llegara al arroyo.

Al salir del monte espeso me iba acercando cada vez más, el jabalí iba directo a una peñas en las que por fuerza tendría que o pararse o al menos ir más despacio y esa era la mía: ¡ya te tengo!, pensaba yo. Pero entre la pendiente del monte y las hojas mojadas de los castaños, di un resbalón que me hizo caer al suelo. Al ir cayendo pude apoyar las manos por detrás de mi y al girarme para ver donde las ponía, a escasamente un metro de distancia venía la jabalina, madre del infante que perseguía, con la boca abierta, cara de pocos amigos y las intenciones de un tren expreso sin frenos. Tuve el tiempo justo de con el propio impulso que llevaba, incorporarme y agarrarme a la rama de un castaño que providencialmente tenía delante, a poca altura, teniendo que agarrarme de pies y manos a la rama y el trasero a poca distancia del suelo. La jabalina muy cabreada, se quedo dando vueltas al árbol gruñendo y un par de viajes me lanzó a la parte más cercana al suelo, teniendo que subir la “parte” todo lo que podía para no llevarme un buen mordisco. Allí estuvo al menos media hora, riñéndome todo lo que podía, hasta que ya aburrida se fue. Con no poco cuidado salí yo de allí, no fuera a estar todavía esperándome. Por cierto, aquel día no cazamos nada.

En otra ocasión, ya con arma, había soltado los perros y andaban detrás de los jabalíes. Yo iba intentando salir de la zona para ver por donde se iban, hubo un momento en que lo espeso del monte no me dejó más opción que meterme por el propio paso de los jabalíes, un túnel de monte cerrado, de pequeño diámetro, que incluso a cuatro patas me costaba pasar, por lo que iba lanzando el arma por delante de mi, e iba avanzando como podía, haciendo hueco hacia arriba con la espalda, para agrandar el agujero y poder pasar aquel calvario. En un momento en el que acababa de soltar el arma por delante, como a un par de metros veo los ojillos de un jabalí que venía en dirección contraria, se paró, mirándome e intentando descifrar que era lo que tenía delante. Yo no sabía que hacer, si le daba por arrancarse hacia mi, no se lo que podría pasar, pero mucho sitio para los dos no había en aquel agujero, así que confiando en el buen criterio del bicho, pero por si acaso, fui alargando la mano, intentando coger el arma poco a poco. Ya estaba tocando la culata con la punta de los dedos y el jabalí allí, quieto, mirándome sin decidir que hacer. Al tirar por el arma hacia mí, se dio la vuelta y salió a toda velocidad por donde había venido. Menos mal.

Mi buen amigo Luis Blanco, o Luis el Cartero de Cereixeira, en Grandas de Salime, suroocidente de Asturias, es uno de los mejores cazadores de jabalí que conozco, con el que durante varios años aprendí mucho sobre la caza de esta especie, siempre perrero, conoce el monte como la palma de su mano, personaje entrañable y buena persona, atesora multitud de anécdotas sobre la caza del jabalí. En una ocasión después de levantar un buen jabalí, que  salía y entraba del cazadero, Luis fue buscándole el camino hasta que el jabalí vino en su dirección. Entonces cazaba con escopeta, una Franchi semiautomática de muelle y balas Remington, digo esto porque después de mucho tiempo tirando balas malas, con nefastos resultados, a fuerza de insistir en la cuadrilla, se fueron todos cambiando a estas balas, de buena calidad y efectividad. Pues bien, estaba el buen amigo Luis, en medio de la vereda que traía el jabalí, a pie firme esperándolo. El primer tiro a menos de dos metros de donde el estaba, de frente. Con el impacto, el jabalí cayó hacia atrás y Luis le tira otro tiro, esta vez en el cuello. Cae el jabalí entre el monte, se levanta, se rehace, y comienza a caminar con paso algo inseguro pero cada vez con más fuerza… y se va. El perro que lo seguía aún estaba lejos, Luis sale detrás del bicho, intentando atajarlo. Iba dejando muy poca sangre, cada vez se iba más largo entre el monte, casi se daba por perdido, pero Luis siguió detrás sin dejarlo. Como a unos tres kilómetros de los disparos, en la orilla del río estaba el jabalí, muerto de pie, apoyado en las ramas bajas de unos alisos., con el buen Luis pisándole los talones.

Lo sacamos de allí y comprobamos los disparos. Tenía en la piel de la frente un medallón perfectamente redondo, donde la había dado la bala, sin dañar el hueso, sin señales de resbalón, el tiro había sido totalmente de frente, de arriba abajo, el otro tiro en el cuello tenía metido hasta el taco de separación de la pólvora.

Nunca supimos si lo que ocurrió fue que las balas estaban defectuosas o que el jabalí era un portento. Pesó casi 100 kilos”.

 

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