La dama y el caballero

La dama y el caballero

Publicado por el abr 19, 2014

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Siete de la tarde del Viernes Santo, 28 grados centígrados a la sombra en el Casco Histórico. Los toledanos esperan ya en las calles las procesiones de esta tarde triste en que Cristo ha muerto, culminando así unos dīas de pasión colectiva multiplicada este año por miles y miles de visitantes que cada día llegan a la capital de Castilla-La Mancha atraídos por el gancho del Año Greco, en esta primera Semana Santa de interés turístico internacional. Nunca antes la ciudad se ha visto tan visitada y agasajada por la multitud, ni siquiera en el más multitudinario Corpus que se recuerda en el lugar. Los hosteleros hacen su agosto antes de agosto y me pregunto qué pasará en Toledo cuando finalicen los grandes fastos y la diáspora artística deje nostálgicas de tanto greco las paredes de los museos locales. Pero mientras, la vida sigue su curso y llega este Viernes doloroso sobre la piel de la vieja ciudad. Por la esquina de Taller del Moro con San Miguel de los Ángeles baja ella orgullosa, emocionada, al encuentro de su Virgen de la Soledad. Elegante, la señora luce traje negro y mantilla española, y lleva colgada al cuello la medalla de la cofradía a la que pertenece desde que era una niña, como ahora su nieta que, junto a las amigas, van unos pasos por delante ataviadas de igual forma, de riguroso luto por la muerte de Jesús de Nazareth. Cuando está a punto de salir a la calle principal, donde un acalorado policía local trata de dirigir como puede el tráfico rodado y andante, se afloja el nudo del cordón y la medalla está a punto de caer al suelo, lo que alarma a la mujer, que lleva prisa por ocupar su sitio en la procesión. En la esquina, el joven fuma junto a sus colegas fuera del bar donde con unas cervezas celebran este día festivo en que no hay que ir al trabajo, quien lo tiene, claro, porque la mayoría espera ese brote verde del que hablan los políticos y que tanto se hace de rogar. “Señora, ¿le ayudo?”, pregunta el joven solícito separándose del grupo de amigos. “¡Ay, muchas gracias, majo!” Y por un instante, en el estrecho espacio que media entre los dos se funden dos mundos, que en realidad son sólo uno, tatuajes, lápiz de labios, camiseta indignada, encaje negro, carne, sangre, calor, humanidad, fe, desamparo, soledad, esperanza….

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Y no se hable más. Cuántas generaciones de toledanos habrán pronunciado estas tres palabras: Quedamos en Zoco. Porque en esta famosísima plaza de la vieja capital del Imperio y ahora de Castilla-La Mancha Más sobre «Quedamos en Zoco»

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