Mingote y ABC

Publicado por el may 16, 2012

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Imagen de Mingote

Nos está costando sobrellevar esta muerte. Han sido casi sesenta años de una vida entregada por completo a ABC los que ha truncado la desaparición de Mingote. Más de cuarenta de mi vida en su cercanía, aquí en el periódico, cuando Antonio venía por la Casa de Serrano, primero, cincuentón y elegante, simpático y humilde, caballeroso siempre. Así hasta el último día, porque Dios quiso concederle una existencia larga y fecunda. Conservó hasta el último momento la elegancia, el señorío, el humor sutilísimo y la timidez. En la reunión de los Cavias del año pasado declinó hábilmente la presidencia del Jurado en el Director de la Real Academia Española (su otro Director era el de ABC) José Manuel Blecua y así, por aquello de la jerarquía, se ahorraba de paso tener que pronunciar el discurso reglamentario en la cena de entrega de los premios. Porque Antonio era un hombre profundamente tímido, que se ruborizaba cuando lo abordaban por la calle o lo saludaban los taxistas.

Siempre recuerdo el gesto de su cabeza, con su sonrisa apenas dibujada, cuando veía en el despacho de Juan Ignacio Luca de Tena, el que creó el premio con su nombre, aquel dibujo suyo, en color, extraordinario, sobre un Velázquez pensativo, ante las Meninas, porque “hay días en que no se le ocurre a uno nada”.

En estas jornadas en que se han escrito tantas y tan magníficas reseñas, en que el periódico se ha visto literalmente desbordado por la cantidad de cartas de pésame recibidas, hay algo que sí me gustaría destacar: la laboriosidad de Mingote. Militar al fin, tenía un sentido estricto del deber. Madrugaba, leía los periódicos y trabajaba incansablemente horas y horas. Durante cincuenta y nueve años no ha faltado nunca a su cita diaria con ABC; cuando en agosto se marchaban a Málaga, antes dejaba un sobre con los dibujos del mes, perfectamente ordenados, con motivo de coplas, refranes, sucesos históricos… Una especie de colchón ingeniosísimo que le permitiera la tranquilidad de veranear con sosiego. Pero –periodista siempre- cuando una noticia importante saltaba en medio de los calores del estío, sin que nadie lo molestara, ahí estaba puntual el dibujo de Antonio comentando una guerra, glosando tal suceso veraniego o dedicando su particular necrología si a algún ser importante o amigo se le ocurría morirse en verano.

Daba gloria tratar con él. Si mandaba un dibujo que merecía los honores de portada se le llamaba y volvía a repetir la obra tras pedirte el tamaño exacto al que iba a ser reproducida. Y tuvo –hasta el último día- ese ligero temor del principiante, el balbuceo del que está aprendiendo y te preguntaba por teléfono: “¿Tú crees, poeta, que ha quedado bien? ¿Que se entiende?” La humildad de los grandes.

Gustaba hacer por Navidades las felicitaciones de Pascua de ABC y de la Real Academia Española. “Creo que este año se la vamos a dedicar a los Reyes Magos” me decía en diciembre y, al día siguiente, estaba la cartulina con toda la ternura, la sensibilidad y la belleza de unos seres mágicos y entrañables que ya eran como algo nuestro. Como las beatas enlutadas o los señores de negro que tienen la seguridad de que “al Cielo iremos los que hemos ido toda la vida”. O las señoras gordas y mandonas con maridos temerosos y escuchimizados, que las escuchaban en silencio y que al encontrártelos por la calle, siempre pensabas: Ahí va un matrimonio de los de Mingote. Como lo fue Gundisalvo, aquel personaje de ficción mingotiana que se burlaba de las elecciones amañadas del viejo Régimen y cuyo lema :Vote a Gundisalvo. ¿A usted que más le da, hombre? se hizo popularísimo en 1971, por no citar los votos que sacó en las urnas. Que no fueron pocos.

Y estaban los amigos. En ABC Mingote se hallaba en su casa. Fue íntimo de Guillermo Luca de Tena, adoraba a sus hijas, “las niñas”, como las seguimos llamando. Gustaba de las lealtades. “Quería a ABC como a su madre” confesaba Isabel, su mujer, la que mejor le conoció, le trató, le quiso. La que ha permitido que Antonio haya llegado esplendoroso a los 93 de su edad, cuidado, ajeno a las menudencias del día a día, entregado de lleno a su trabajo como escritor y pintor. Sólo pedía para sus amigos: de derechas, de izquierdas, ricos, pobres, tenía amigos en todos sitios y sólo por ellos, con infinito pudor, pedía algo. Era un ser extraordinariamente generoso.

Por eso, hoy, doloridos por su muerte, nos queda esta serenidad y esta alegría de poder decir sencillamente: Yo también fui su amigo.

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