Memoria viva de un dibujante genial

Publicado por el may 11, 2011

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Poco a poco estamos llegando -gajes de la vida-  a casi todos los centenarios de personajes que fueron nuestros amigos, con los que convivimos y pasamos los ratos buenos y los malos y ahora, al evocarlos, se nos antojan seres maravillosos, porque lo fueron, siguen vivos en nuestra memoria  y porque nos dejaron el extraordinario poder de su legado. Este es el caso de Lorenzo Goñi, un dibujante genial, cuyo centenario se cumple ahora. El Museo ABC ha tenido el acierto de programar, junto a una exposición antológica de Kurosawa, una muestra de la obra de Goñi, que está resultando deslumbradora por desconocida para las nuevas generaciones. De ahí el éxito que está obteniendo.

Nacido en Jaén, conquense de adopción, está considerado por la crítica más exigente como uno de los más grandes de los dibujantes españoles del siglo XX. Y eso que su modestia, su retraimiento, su timidez no le arrancaban de donde era verdaderamente feliz:  el ambiente de su casa, rodeado de su familia o inmerso en el mundo del dibujo en el que alanceaban pinceles, lápices, pliegos de papel, plumas de todas las clases y su ingenio portentoso de hombre que todo lo analizaba con profundidad y que desde el silencio de su enclaustramiento nos ofreció una síntesis de la vida profunda de los seres y de las cosas.

Hubo quien pensaba que era huraño; pero no. Su sordera –como a Goya, como a Beethoven-  le había aislado de alguna manera; pero él ya lo quería así. El prefería su casa y su gente y el navegar entre su obra  antes que los artificios de los saraos o de la vida social. Su ‘soledad del prisionero’ no era un alejamiento del mundo: era un retirarse intencionado para analizar y desentrañar mejor a ese mundo que le  tocó vivir. Por eso era grande y era modesto. Y por eso la España que nos dejó dibujada nos produce ese estremecimiento. Se le llamó el poeta de los tejados, las buhardillas y los gatos. Sí, lo fue. Pero fue también el diseccionador de la vida humilde, de esa que se colaba a través de sus ventanas abiertas a la noche con sus casas antropofórmicas y sus personajes enigmáticos de miradas imposibles. Donde no faltaba la gota sutilísima del humor más tierno ni el punto ácido de la amargura.
 
Lorenzo Goñi creaba árboles animados, aquelarres legendarios y lunáticos, animales que se confundían con sus rocas vivientes, tejadillos de derrumbe y melancolía, barrancos insondables, muchachas pensativas. Era un poeta. González-Ruano lo definió con agudeza: “es universal por muy español. No sólo porque sean dibujos de un gran dibujante, sino porque son dibujos de un gran poeta”. Y nos atreveríamos a agregar: “de un gran poeta español”. Por eso no es de extrañar esta confesión de su hija Inés: “tras largos años de residencia en el extranjero, me doy cuenta de que la obra de mi padre es profundamente española. Posee ese “sentimiento trágico” que no se halla en ningún otro país”.

Lorenzo Goñi era un hombre hondamente querido y admirado en ABC donde durante años dejó una muestra impresionante de su buen hacer como pintor e ilustrador. Aquella portada del extraordinario de ABC del primero de año de 1958 era ya de Lorenzo Goñi, en un número especial donde, entre otros artistas, colaboran Juan Esplandiú, Teodoro Delgado, “Marian”, A. Lorenzo, Pardo Galindo, Robledano, Serny, Grau Sala, Alfredo Ramón, Guijarro, Arias, Redondela,  y donde escriben desde Pemán a Víctor de la Serna, desde Wenceslao Fernández Flórez a Manuel Halcón o José María de Cossío. En ese número, a título de ilustración poética a los meses del año, se publican poesías modernas y clásicas en las que no faltan autores como Luis Rosales, Manuel Machado, Antonio Machado o Federico García Lorca. Estamos en enero de 1958. Ya ha dejado nuestro pintor el apellido de su madre –Suárez del Árbol- como firma. Es Lorenzo Goñi y es la portada de un extraordinario de ABC. Treinta años después, en 1988,  en la entrega del Premio “Penagos” a nuestro pintor, Antonio Mingote afirmaba: “Si Goñi dibujaba los pliegues de una túnica, eran pliegues verdaderos… Si dibujaba una maleta, se adivinaba dentro el traje plegado, las camisas a rayas y hasta unos calcetines apretujados en un rincón. Si dibujaba un hombre rico, se adivinaba su poder; si es un pobre, se traslucía su miseria…”

Le recuerdo en la Redacción de ABC, donde yo era Jefe de Colaboraciones y él traía puntualmente sus dibujos. Camilo José Cela, que siempre le llamaba “el sordico”, le admiraba profundamente.  Veo en la memoria a Camilo en el despacho de Guillermo Luca de Tena, entonces director de ABC, trayendo y leyendo en voz alta  sus colaboraciones para “El juego de los tres madroños”, serie que vio la luz en ABC y que luego Camilo llevó a libro. Goñi había hecho el dibujo general en la parte de arriba de la página, con caricatura de Cela incluida. La parte de abajo, abrazando al texto, era siempre alusiva a éste. Como salía tres veces en semana, Goñi venía constantemente a traerme sus trabajos y a llevarse los escritos de Cela. Uno de esos “madroños”, como los llamábamos, se lo dedicó Cela a “Lorenzo Goñi, el Sordico”. Es aquel en el que dice “mi amigo Lorenzo Goñi, el Sordico, dibuja y graba y pinta con muy raro talento y muy firme pulso unos sueños que son parientes de los de Goya, quizá con un punto menos de acritud y un adarme más de misericordia”.  De esa etapa conservo el precioso retrato que me hizo para mi libro de poemas “La sierra desvelada” que obtuvo el premio nacional Gredos en 1980.

Amigo de Ruano, de Cela, de Julio Camba (“Goñi es uno de los pocos artistas capaz de ilustrar un concepto”), de Pedro de Lorenzo, de Pepe Hierro, de Federico Muelas, de Rafael de Penagos, de Ramón Gómez de la Serna, se sabía a don Pío Baroja de memoria y se sentía orgulloso de la edición que ilustró del Quijote. Había ilustrado tantos libros de muchos de esos amigos…Y amaba extraordinariamente a Cuenca mientras en silencio coleccionaba soldaditos de plomo. Su “ex libris” era una caracola y este texto: “Solo oigo mis rumores”.

La muerte de su mujer, Conchita, en 1989, fue un duro golpe para Lorenzo Goñi. “Mi víscera más” la llamaba. Su única hija Inés se lo lleva a vivir con ella a Suiza. Muere allí, dos años más tarde. Era marzo de 1992 y tenía 81 años.

Su obra es hoy uno de los descubrimientos de los jóvenes diseñadores y dibujantes. Quienes visitan a diario el Museo ABC se llevan la confirmación magistral de Kurosawa y la sorpresa y el estupor de haber hallado a uno de los más grandes dibujantes españoles de todos los tiempos.  Desde las salas donde Goñi pasea esta parte de su obra se divisan las torres y cúpulas de las Comendadoras y los cielos velazqueños llenos de tejas y chimeneas. Curiosamente, al cumplir su primer siglo,  Lorenzo Goñi ve desde los tejados madrileños que tanto amó cómo su obra se afianza deslumbradora mientras él hace un guiño a la luna porque “hay también la cigüeña de la muerte”, aunque él no la quisiese.

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