Los siempre últimos de Filipinas

Publicado por el Mar 24, 2010

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Escena de la película de Antonio Román, estrenada e

Siempre queda un «último de Filipinas». Me duele como español que la pérdida de aquella colonia tan lejana que lleva el nombre del Rey Felipe II se hiciera de manera tan lamentable. Dejamos todo un archipiélago en el que reinaba, con luces y claros entre la dulzura tagala, la lengua española, a merced de los sajones y hoy se sabe de nuestro paso por allí gracias a la presencia de la religión católica, de algún monumento –increíblemente respetado- a algún Rey de España, a los apellidos españoles de muchos filipinos, una Academia de la Lengua que intenta resistir los embates feroces del inglés y el círculo de clases pudientes que han querido conservar, como una preciada joya familiar, la lengua de Castilla de sus antepasados. Y el lejano recuerdo que a veces aflora.

 

Por eso siempre queda un «último de Filipinas». Hace poco veíamos la polémica y magnífica película de Sigfrid Monleón «El cónsul de Sodoma» y evocábamos al inolvidable poeta Jaime Gil de Biedma y volvían los recuerdos a Manila y a las explotaciones tabaqueras y a los galeones que iban y venían por la ruta de la China. Y todo se perfilaba con una melancolía de derrumbamiento al tiempo que se avivaba la pena de aquel archipiélago perdido sentimentalmente por la incompetencia y la desidia de unos políticos mediocres que no supieron mantener ni los lazos más sagrados.

 

Hoy queda una memoria agridulce y algún que otro mantón bordado de esos que llamaban de Manila y que trajo un bisabuelo de la campaña de ultramar.

 

Pero volvamos a la memoria. «La última de Filipinas» fue la novela que escribió Carmen Güell sobre los cien mil muertos que supuso en Manila la victoria aliada sobre los japoneses, en 1945. La novela se publicó en 2005. Es un documento impresionante sobre la vida de Elena Lizarraga y de tantas familias españolas que murieron en aquellos días salvajes por la cruel y sanguinaria retirada de los japoneses. Cuando se publicó el libro Elena Lizarraga tenía 82 años y vivía en Sitges. Está visto que el sino de España es regar con su sangre muchas de aquellas parcelas de lo que un día fueron provincias de ultramar. Por eso, al hilo de este aniversario, me ha venido a la memoria el episodio de Baler, uno de los más estremecedores de la guerra de independencia filipina, donde un grupo de soldados españoles resistió heroicamente hasta la extenuación. Cuando ya la paz estaba firmada y Estados Unidos sacaba el correspondiente botín de guerra, ese puñado de valientes seguía resistiendo, ignorantes de que todo había acabado, menos su sentido de la disciplina y el honor. En aquellos finales del XIX los nombres del capitán Las Morenas, los segundos tenientes Martín Cerezo y Alonso y el párroco del pueblo fray Cándido Gómez Carreño andaban de boca en boca. Tan grande y heroica fue su acción que el jefe de los insurrectos y más tarde presidente de la República de Filipinas, Emilio Aguinaldo, dio una orden insólita en la que se decía que «habiéndose hecho acreedoras a la admiración del mundo las fuerzas españolas que guarnecían el destacamento de Baler, por el valor, constancia y heroísmo con que aquel puñado de hombres, aislados y sin esperanza de auxilio alguno ha defendido su bandera por espacio de un año, realizando una epopeya tan gloriosa y tan propia de los hijos del Cid y de Pelayo (…) vengo en disponer lo siguiente: Artículo único: Los individuos de que se componen las citadas fuerzas no serán considerados como prisioneros, sino como amigos, y en su consecuencia se les proveerá por la Capitanía General de los pases necesarios para que puedan regresar a su país». Insólito y estremecedor homenaje.

 

Casi medio siglo más tarde, en las Navidades de 1945, se estrenó en el cine Avenida de Madrid la película «Los últimos de Filipinas», dirigida por Antonio Román e interpretada por Armando Calvo, José Nieto, Guillermo Marín, Fernando Rey, Manolo Morán y Juan Calvo y como única mujer Nani Fernández que «en su papel de enamorada –según la crítica de ABC de Miguel Ródenas- pone a contribución toda su alma femenina, una bonita voz y una silueta espléndida». Ella cantaba aquella nostálgica habanera «Yo te diré…», con letra de Enrique Llovet, que ha quedado como una de las canciones emblemáticas de los años cuarenta. Días después, el 11 de enero de 1946, al hilo de la película, Pedro Laín Entralgo, en la Tercera de ABC, escribía: «Allí, en Baler, seguía viviendo todo cuanto Trogo Pompeyo y Plinio vieron en Iberia, potenciado por el recuerdo de la historia, que sobre ese fundamento había de ser edificada: la reciedumbre frente a la abstinencia, la vehemencia del ánimo, la dura y austera sobriedad». ¡Qué frases, Dios mío, para la memoria! (Sólo una nota entrañable antes de terminar esta evocación: en «Los últimos de Filipinas» actuaron como figurantes tres periodistas de ABC, Manolo Aróstegui, Carlos Luis Álvarez («Cándido») y José Durán Suárez. A ellos, que siempre tarareaban el «Yo te diré…» con un punto de melancolía, vaya hoy nuestro recuerdo emocionado.

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