Esther Borja (1913-2013) La voz más pura y exacta de Lecuona

Publicado por el Jan 24, 2014

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Desde 1935 que estrenó “Lola Cruz”, su voz era un referente de la musica cubana

El 5 de diciembre cumplió cien años Esther Borja. Era un mito de la canción cubana y, aunque llevaba varios años en la órbita de lo desconocido, todo el pueblo cubano, de dentro y fuera de la isla, la seguía adorando. Vivió hasta el último momento en su casa de la calle 98, en Miramar, desde donde muchas mañanas, aún octogenaria, bajaba a bañarse en el mar sin olvidar que para quienes la habían escuchado alguna vez, seguía siendo la “damisela encantadora” de aquella “Lola Cruz” que estrenara Ernesto Lecuona en 1935. Con su muerte desaparece la mejor voz, la más pura y exacta de todas las composiciones de Lecuona. Supo ser la alegría, la vida, la esperanza. Su despacho rebosaba de libros, de distinciones, de medallas, de fotografías. Ah, las fotografías. Con el encanto, en blanco y negro, de los estudios de grabación norteamericanos. La sombra de sus ojos, los dientes blanquísimos bajo los labios perfectamente dibujados, los abrigos de pieles, los turbantes…. Un altar para la melancolía del “glamour” si Eshter Borja hubiese sido alguna vez melancólica, pero no lo fue. Quiso vivir al día. Y en la ancianidad, le dolía haber perdido la voz porque le hubiera gustado cantar en la iglesia adonde acudía regularmente a misa. Hablaba de Lecuona con infinito cariño, como si aún viviese y en cualquier momento la fuese a llamar para ensayar. O para darle la sorpresa de haber musicado para ella los versos de José Martí.

No olvido la primera vez que la vi, en 1986, en una de las salas del Gran Teatro de La Habana, hablando, lógicamente de Lecuona. Ni nuestros interminables encuentros en sus visitas a Madrid o en aquel homenaje en la Sociedad General de Autores en 1995, donde cantamos con ella la “Damisela”: “Si me miras / si me besas / damisela / serás mi amor…”. Era una bandera de nostalgia cubana, un susurro antillano y decadente, en la alta noche del invierno de Madrid. Luego nos fuimos a cenar. Ni le importaba el frío de diciembre ni los ligeros copos que bailaban al caer. Jugaba con ellos. “Si alguna vez nevara en Cuba….”, pensaba divertida. Y los ojos de Esther Borja se llenaban de cocuyos y cadencias tropicales. Le dimos algún homenaje en Madrid en el restaurante El Rábano y constantes agasajos en El Aljibe habanero. Con motivo de su centenario sé que Alicia Alonso ha estrenado un ballet dedicado a su memoria; que las emisoras todas del Caribe han llenado sus ondas de homenajes. No esperábamos, y lo llevábamos esperando hace mucho tiempo, que la voz más pura y más viva de Lecuona se iba a apagar el día de los Santos Inocentes. Era una broma más de las muchas que Esther Borja, con aquel humor valenciano de sus antepasados, sostenía.

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