Eran las once y media de la mañana, hora habanera

Publicado por el nov 23, 2011

Compartir

El 5 de noviembre de 1992 se le concedió a la escritora cubana Dulce María Loynaz el Premio Cervantes, considerado el Nobel de las Letras hispánicas. Esta es la crónica que publicó ABC al día siguiente y que le valió a su autor, un año después, el premio nacional de Periodismo Julio Camba.

 

Don Juan Carlos I, entregando el Premio Cervantes a la poetisa Dulce María Loynaz, en 1992 Habíamos quedado a las doce para almorzar. Desde que llegué a la Habana el pasado 28 de octubre nos veíamos todos los días. Una ligera indisposición la mantuvo a finales de mes en cama: un pescado en malas condiciones tal vez; pero ya se había repuesto. Mientras duró la convalecencia le fui leyendo todas las tardes los artículos del número extraordinario que ABC dedicó al que fuera nuestro común y gran amigo Luis Rosales. Hablábamos de España, de sus viejos amigos Manuel de Aguilar, José María Pemán, Carmen Conde, García Nieto, Joaquín Calvo Sotelo.

 

 El viejo palacete de El Vedado es como el decorado de una película de Visconti: arañas de cristal, porcelanas, lienzos, bronces. Allá un biombo o un piano de cola, muebles franceses, bibelots… Pero con ese peso del silencio y el abandono. Toda La Habana es como una sinfonía patética de derrumbamiento y soledad. Las verjas del jardín están oxidadas, los parterres abandonados. En lo que fuera comedor de la casa se extendió un diván para que su convalecencia no fuera tan aislante en los dormitorios de la primera planta, tan solos, tan amplios, tan llenos del recuerdo del esplendor de otros días.

 

 Ayer habíamos quedado a almorzar. Pero a las once y media de la mañana, hora habanera, saltó la noticia. Estábamos con ella la doctora Isolina de Aragón, su médico particular y yo. Para estar más fresquitos habíamos escogido para nuestra charla un ala de la cocina que da a la parte trasera del jardín. La luz de la mañana habanera es incomparable. Tamizada por el verdor de las ceibas y los plátanos entraba por el ventanal. Sobre la mesa de mármol una historia de la literatura española de Juan Chabás, una carta de la Real Academia y el ejemplar de ABC en homenaje a Rosales. Conversábamos en unas mecedoras tranquilamente cuando saltó la noticia: Dulce María Loynaz, premio Cervantes. Llegó por teléfono, voz anónima, de alguien que lo había oído por radio. Dulce María se quedó muy quieta, alzó las manos finas, cuidadas y muy blancas hacia la albura de su pelo y sólo exclamó: ¡Dios mío!

 

 Luego, nos abrazó. Unos segundos más tarde llamaba el ministro de Cultura, Jordi Solé Tura, y fue este cronista quien cogió su llamada y puso a Dulce María al teléfono. A partir de ese momento, éste ya no pararía de sonar.

 

 Ante la avalancha periodística que se avecinaba, Dulce María se colocó una batita larga de seda color burdeos con esa elegancia de la escasez que poseen todos los habaneros y con un punto de coquetería se alisó el cabello. En el amplio recibidor del palacete, con su águila inmensa de bronce oxidado y los desconchones de las paredes, escoltadas por sus vitrinas con abanicos y porcelanas chinas, Dulce María Loynaz, desde el silencio sonoro, fue desgranando recuerdos:

 

 - El premio Cervantes es para mí como una resurrección. Yo era una mujer que había entrado en la noche. Vivía encerrada en mi casa. No había vuelto a publicar desde 1958. Gracias a ABC y a usted, Castelo, yo volví a nacer para los españoles. Y en Cuba empezaron a darse cuenta de que yo no me había muerto. Desde 1986 para acá todo ha ido cambiando. Mis artículos en ABC no sólo me devolvían a la vida sino que me devolvían a mis amigos lejanos. Y cuando mis artículos de ABC consiguieron el premio de periodismo Isabel la Católica, allá en España, me di cuenta de que España seguía siendo –como entonces- generosa conmigo… Y, ay, Dios mío, ahora el Cervantes…

Dulce María Loynaz, directora de la Academia Cubana de la Lengua, contesta a Santiago Castelo con motivo de su ingreso en esta corporación (1988)

Dulce María Loynaz cruza las manos suavemente sobre su regazo. Es una mujer pequeña, suave, delicada, pero firme de carácter, voluntariosa, rotunda. Sus libros son un modelo de riqueza del castellano, con una sensibilidad exquisita, febril y desbordada.

 

En las entrevistas vuelve una y otra vez a recordar a Federico García Lorca, que se alojó en su casa durante su viaje a Cuba: «Era un hombre muy alegre, muy vital, muy simpático. Intimaba más con mis hermanos Carlos Manuel, Flor o Enrique que conmigo. Él y yo tuvimos nuestras peleas políticas, pero era un hombre encantador. En ese piano de ahí tocaba y cantaba y se reía muchísimo. Aquel viaje a Cuba fue definitivo para él. Luego, tardé mucho en creerme que lo habían matado. Era un hombre tan sensible y tan bueno…»

 

Y Dulce María evoca a Gabriela Mistral que también vivió en su casa, y a Juan Ramón Jiménez, -«Que era muy difícil y muy extraño»- y aquel encanto de mujer que fue Zenobia… Escurre hábilmente las preguntas que alguien le hace sobre su silencio interior, sobre la postergación sufrida.

 

Llegan Rafael Dezcállar, ministro consejero de la Embajada de España; Wivaldo Leyva, presidente de los escritores de la UNEAC; y el poeta y novelista Miguel Barnet. El encuentro más emotivo es el de Alicia Alonso. Estaba ensayando «La diva», que interpreta esta noche en el Festival de Ballet, y ha querido ir a darle un abrazo a Dulce María. El teléfono sigue sonando. Y ella, rodeada de periodistas, de cámaras de televisión, como asustada, sigue definiendo y defendiendo el papel de la poesía pura, intimista, lejana de todo panfleto. Y habla de España enamoradamente, de sus viajes tantos, de su vasco apellido Loynaz, de su marido, Pablo Álvarez de Cañas, tinerfeño, de sus libros «Jardín», «Los últimos días de una casa», «Un verano en Tenerife», su libro preferido… Y de los dos últimos, recientemente aparecidos en España: «La novia de Lázaro» y «Poemas náufragos»…

 

Se cansa. Del Ministerio de Cultura le envían un ramo de flores. Siguen las llamadas. La doctora Aragón me hace una señal y cortamos las entrevistas. Los periodistas están perplejos por la suave delicadeza y entereza a un tiempo de esta mujer que el próximo 10 de diciembre cumplirá noventa años. Y por el marco de esta casa encantada, decadente, detenida en el tiempo.

 

Llega el ministro de Cultura cubano, Armando Hart, le da un abrazo, la felicita y se marcha enseguida. La casa ha vuelto a quedarse muda, apagada. Dulce María Loynaz, la doctora Aragón y este cronista vuelven a sus mecedoras en la cocina. Dulce María susurra: «Volver a España, volver a España… ¿Y es verdad que el Cervantes lo entregan los Reyes?».

 

Son las dos y media de la tarde. Se ha pasado la hora del almuerzo cubano. «¿Por qué no comemos aquí mismo?» Y, como si nada hubiera pasado, sobre la mesa de mármol de la cocina, mirando tras los ventanales del mediodía habanero, degustamos una sopa de pollo, malanga y patata, unos trocitos de jamón cocido y un poquito de melocotón en almíbar. Un lujo de comida en Cuba. Y para celebrar el acontecimiento brindamos con vino de España. Desde un rincón de la mesa nos miraba la portada de ABC con Luis Rosales.

 Dulce María Loynaz, con Giuliana y Joaquín Calvo Sotelo, en Madrid a comienzos de los años 50.

Compartir

ABC.es

Historia revivida © DIARIO ABC, S.L. 2011

El sitio de la vida para hablar de lo que fue. Fina pluma para evocar biografías e historias ejemplares, de las que sacar lecciones para el futuro. Porque cualquier tiempo pasado fue mejor cuando se recuerda. Más sobre «Historia revivida»

Etiquetas
Calendario de entradas
diciembre 2016
L M X J V S D
« ene    
 1234
567891011
12131415161718
19202122232425
262728293031