El crimen que conmovió a la República

Publicado por el Jun 9, 2010

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Retrato de Hildegart Rodríguez, muerta a amnos de su madre, Aurora (a la dcha.), en un retrato de 1933Fue sin duda uno de los sucesos más estremecedores de aquel periodo asaz convulso que supuso la II República española. Y mira que la «niña» –como la llamaron cariñosamente sus parteros de abril del 31– trajo sustos, violencia y sangre, digan ahora lo que quieran los cuatro manipuladores de la mal llamada memoria histórica. Pero aquello fue otra cosa. Aquello fue un crimen en toda regla, con los más variados componentes de novela por entregas que hizo las delicias, los comentarios y los aspavientos de todas las clases sociales habidas y por haber. Y eso, que valga la paradoja, fue un crimen muy sencillito. Pero, caray, qué crimen.  

Todo pasó el día 9 de junio de 1933. Está contado tan maravillosamente bien en la página 29 de ABC del día siguiente que me van a permitir mis lectores una vivencia personal. Y ya vendrá luego el crimen. Mi inolvidable y queridísimo amigo Fernando Fernán-Gómez, que llevaría el asunto al cine en 1977, me comentó que en esa página de ABC estaba todo el guión de la película, dicho sea en honor de los periodistas de sucesos de la época. Sí, los más avispados ya lo han intuido. Se trata del crimen de Hildegart Rodríguez y la película de Fernando fue «Mi hija Hildegart». Parece ser que quien conocía la crónica de ABC era Rafael Azcona, el otro guionista, pero lo mismo da so que arre, lo cierto es que hicieron una película magnífica sobre un suceso que estremeció a todo el país.  

Y ahora sí que vamos por el crimen. Hildegart Rodríguez fue una jovencita de dieciocho años, «creada» por su madre, doña Aurora Rodríguez, como un auténtico «monstruo» engendrado por la razón. Se cuenta que la madre quería tener un hijo al que ella modelase, que, en su locura creadora se fue a su Galicia natal donde convenció a un canónigo tan inteligente y brillante como rijoso y alegre de bragueta para que yaciese con ella en la seguridad de que no iba a reclamar nada el día de mañana. Nació de esa coyunda una niña a la que la madre puso el progresista nombre de Hildegart. Y el monstruo funcionó para mayor gloria de la enloquecida doña Aurora, que veía cómo su niña terminaba a los dieciséis años la carrera de Derecho, comenzaba a estudiar Medicina, había aprendido tres idiomas, escribía libros revolucionarios y logró ser elegida vicepresidenta de las Juventudes Socialistas. A los dieciocho años colaboraba habitualmente en «La Tierra», un periódico de extrema izquierda y daba conferencias un día sí y otro también, a mayor caimiento de baba de su hacedora y laica madre, sobre los temas más avanzados y rompedores del momento. Hasta aquí todos felices. Pero la crónica de ABC de ese sábado 10 de junio titula escuetamente: «La señorita Hildegart, muerta a tiros por su madre». ¿Qué había pasado? Esa fue la pregunta que toda España se hizo aquella mañana.  

Lo amargo, lo curioso y hasta lo patético fue que aquella relación materno-filial se rompió por algo tan dulcemente cursi y contrarrevolucionario como es el amor. Hildegart, que en el momento de su muerte desempeñaba la avanzadísima Liga de Reforma Sexual, cometió algo imprevisto y terrible para los planes de su madre: enamorarse de un teniente de alcalde del Ayuntamiento de Barcelona. Así es la vida.  

Y doña Aurora Rodríguez Carballeira, a las ocho de la mañana, en el piso que ambas compartían en la calle de Galileo, 57, cuarto, descerrajó cuatro tiros a su hija, con la misma frialdad con que la había engendrado y había hecho de ella «un adalid del progreso». Antes de cometer el crimen, doña Aurora mandó a la sirvienta, Julia García Sanz, a que sacara a dos perros a pasear. Tras el crimen -y sin esperar a la criada- doña Aurora salió a la calle, no sin antes pedirle fríamente a la portera que buscara a la pobre Julia que fue la que se encontró con el cuerpo acribillado de su señorita, dicho sea con todos los respetos para la pobre Hildegart. Doña Aurora se fue tranquilamente a casa del diputado señor Botella Asensi, quien le recomendó que se presentara a las autoridades.  

Imagen de Hildegart Rodríguez, poco antes de ser asesinada por madre / ABCLa que se armó en el bloque de viviendas no es para contado. La criada, histérica, dando voces en la escalera, los perros ladrando, la portera puntualizando detalles de doña Aurora, los periodistas enloquecidos con la noticia… Por los vecinos sabemos que unos días antes doña Aurora subió a la azotea de la casa armada de una pistola con la que hizo un disparo al aire y después de comprobar que el arma funcionaba bien se retiró a sus habitaciones. También se hablaba de las desavenencias últimas, dando cada uno un detalle: que si a la chica la quería un escultor, que si también andaba por medio un joven socialista enamoradizo, que si doña Aurora no vió bien que su hija se afiliara al Partido Federal y dejara el radical-socialista. De todo esto se hablaba a gritos en la escalera. Luego, el cuerpo de Hildegart Rodríguez, tras la autopsia que determinó los cuatro tiros a bocajarro mientras dormía, fue llevado al Círculo Federal, de la calle de Echegaray, de donde al día siguiente, a las seis de la tarde, salió el entierro laico, abundante de diputados y concejales izquierdistas así como de numerosas comisiones femeninas de Unión Republicana y de la irónicamente llamada Cruzada de Mujeres Españolas.  

Un año después, en mayo de 1934, se celebró el juicio por parricidio en Madrid. Allí doña Aurora se declaró anarquista integral y dijo que para salvar a la Humanidad era necesario concebir y criar a un hijo desde el primer momento con estos ideales amén de otros discursos que tenían apabullados a los asistentes. Por cierto, la práctica de la prueba pericial corrió a cargo de los doctores Vallejo Nájera y Piga, propuestos por el fiscal, y Sacristán y Prados, por la defensa. Cuatro eminencias.  

Los golpes de efecto se sucedieron y el público asistía a las sesiones entre atónito y divertido. El más llamativo fue cuando el abogado defensor, López Lucas, dijo que, según sus noticias, se encontraba, entre los curiosos, el padre de Hildegart. El revuelo fue enorme mientras doña Aurora gritaba, como una posesa, «el padre de la Hildegart está muerto para ella». «Muerto para ella».

El 26 de mayo se cerró la vista de la causa y Aurora Rodríguez fue condenada a veintiséis años, ocho meses y un día de reclusión mayor. Dos años después estalló la guerra y se perdió su rastro. Andando el tiempo, Eduardo de Guzmán publicaría un magnífico libro titulado «Aurora de sangre». Hoy día nadie sabe quién fue aquella muchachita roja que cometió el error de enamorarse.

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