El bautizo del Príncipe de Asturias

Publicado por el Feb 2, 2010

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Portada de ABC del bautizo del Príncipe de AsturiasHace unos días hablábamos de los nacimientos y bautizos reales y anunciaba en este capítulo de memorias que volveríamos sobre el bautizo del actual Príncipe de Asturias, Don Felipe de Borbón y Grecia, subrayando que aquel acto de febrero de 1968 supuso mucho para la propia historia de España.

Y no nos equivocábamos al hacer esta aseveración, aunque algún generoso lector de la otra orilla del Atlántico me mandara un entrañable correo diciendo que cómo exageramos los españoles con estas historias de la Familia Real. A mi lector y ya amigo le digo sencillamente que gracias a que hubo en España una Familia Real, un Rey en el exilio que guardó, frente al régimen de Franco, las esencias de la Monarquía liberal y democrática y que supo sacrificarse, como en una tragedia griega, por salvar la Institución; y a un Príncipe que tragó carros y carretas y asumió también los amargos sacrificios que le ordenaba la historia, en España se pudo hacer una transición modélica, admirada por todos, y el paso de un régimen personal y autoritario a una Monarquía liberal y democrática, que agrupara a todos los españoles , transcurrió como una balsa de aceite cuando eran tantos los agoreros que pronosticaban otro baño de sangre como en el 36.

Decíamos que el nacimiento de su heredero le supuso a Don Juan Carlos tal cúmulo de fuerza y esperanza que hizo una apuesta tan valiente como arriesgada. Para ser padrinos de bautismo de Don Felipe nada mejor que seguir los eslabones de la Dinastía: madrina, la Reina Victoria Eugenia, bisabuela del recién nacido; padrino, su abuelo, Don Juan, Jefe de la Casa Real española. Pero los dos estaban en el exilio. La Reina Victoria no había vuelto a España desde abril de 1931. Don Juan vivía desterrado en Estoril, en abierta ruptura con Franco. Organizar aquel bautizo fue un auténtico encaje de bolillos, donde se aunaron diplomacia, tensiones, esperanzas, suspicacias, generosidades y cicaterías.

Pero Don Juan volvió a Madrid. Jaime Miralles y Julita Sangro, en cuya casa de la calle de Ponzano, en Madrid, se hacían las reuniones clandestinas de «Unión Española», organizaron una expedición improvisada hacia los alrededores de Valmojado. Allí, bajo las estrellas frías del invierno toledano y sobre la vieja carretera que llevaba a Extremadura, un grupo de españoles esperamos la llegada de los Condes de Barcelona. Aún recuerdo la emoción de Don Juan, en medio de la soledad del campo, iluminado débilmente por los faros de los coches, agradeciendo con sus manos el grito unánime y fervoroso de aquel «¡Viva el Rey!»  inesperado. Aquella noche yo escribí un soneto, que aún está inédito y que circuló, gracias a los hermanos Miralles Sangro, de mano en mano, por todo Madrid. Don Juan, que apenas venía con escolta a España, entró en Madrid rodeado de automóviles con banderas nacionales, algarabía de claxons y millares de octavillas con su imagen mientras la Policía, desconcertada y atónita, no sabía qué hacer… y optó por no hacer nada…

Portada de ABC de la presentación oficial de Don Felipe de BorbónAl día siguiente volvió del exilio la Reina Victoria Eugenia. Resultó tan impresionante el recibimiento en Barajas que el hecho fue detectado tanto dentro de España, nerviosamente, como, expectantes, por las cancillerías extranjeras. Era la primera vez que se veía en Madrid –en casi cuarenta años– tan rotunda afirmación monárquica. Allí, entre los miles de personas que abarrotaban el aeropuerto, la Reina Victoria hizo la reverencia a Don Juan en presencia de un Don Juan Carlos emocionado y satisfecho. Tres generaciones de la Familia Real al encuentro con su pueblo y con un niño –cuarta generación– que aseguraba la Dinastía. «No nos han olvidado», susurraba la anciana Reina. «No nos han olvidado». Aquellas pancartas con vítores al Rey en los puentes de la autopista de Barajas, que la Policía en un principio no se atrevió a retirar, habían sido confeccionadas en casa de Jaime Miralles con sábanas que habíamos llevado de nuestras casas en una inolvidable noche de clandestinidades…

Luego, el besamanos del pueblo madrileño a la Reina Victoria, interminable y emocionante, en el palacio de Liria, donde se alojaba; los paseos de Don Juan por Madrid… Todo era tan increíble y tan exacto. Y, sin embargo, estaba ahí. Se palpaba. Había una sensación aleteante y extraña. Algo estaba cambiando. Era como un pulso en el aire donde no se veían las fuerzas, pero cortaba el aliento.

El bautismo se celebró. Don Juan Carlos y Doña Sofía estaban orgullosos. Se hicieron una fotografía en color con las Infantas niñas y el recién nacido en brazos de su madre, con la que obsequiaron a los leales días más tarde. No era una foto más ni había sido un bautizo más. El nacimiento y bautizo de Don Felipe, aquel enero y aquel febrero de 1968, supuso un antes y un después en la historia de la Dinastía que es lo mismo que decir en la historia de España. Un año más tarde, Don Juan Carlos sería nombrado sucesor a título de Rey.

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