Dulce Rosa del Norte

Publicado por el sep 19, 2011

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Retrato de la Reina Victoria Eugenia, en 1910 (ARCHIVO ABC)Por un magnífico reportaje de Almudena Martínez-Fornés, publicado en ABC el pasado 17 de septiembre, hemos sabido que en los próximos días los restos de la Reina Victoria Eugenia de España serán trasladados a su tumba definitiva en el Panteón de Reyes de El Escorial. Tuve el honor de conocerla, de asistir a su entierro hace cuarenta y dos años en Lausana (Suiza) y cuando, hace veintiséis años, sus restos mortales regresaron a su “querida España” me tocó, gozosamente, cubrir como periodista de ABC aquel impresionante y emotivo traslado. Pero aquella mañana del 25 de abril de 1985 tuve además el honor de que ABC me publicara este artículo en homenaje y saludo a la Reina que volvía definitivamente del exilio para dormir el sueño eterno bajo los azules velazqueños del Guadarrama.

 

Así llama a la Reina Victoria Eugenia el poeta Manuel Machado. Dulce rosa del Norte, diosa, el calor de España / es amor, es amor de tu española gente. Porque fue eso, la dulce y clara rosa del Norte que se avino a los aires morenos y mediterráneos para hacer por amor un romance de sueños y de nostalgias. Un romance que todavía hoy sigue guardando el lejano eco de las leyendas románticas y el sonsonete brioso de las coplas andaluzas que viven y se acrecientan en la melancolía como en aquellas sevillanas que escribiera un poeta popular llamado Rafael de León, que, encima, era conde y marqués. 

 

Pero aquella Soberana, aquella fina Reina a caballo, graciosa y diamantina, victoriosa señal de una hora africana, según el verso de Sánchez Mazas, supo ser a un tiempo el iris máximo de la belleza y la expresión más pura de la sensibilidad y la devoción a un pueblo. Ese pueblo, el español, pese a tantos azares, a veces tormentosos, nunca fue infiel a su cariño. Le correspondió leal, callada, sencilla, honradamente. Hoy, cuando tantas historias y leyendas y versos parece habérselos llevado el aluvión de los tiempos, reverdecen, en esta primavera nueva, las sonatas de una Reina que se ganó la entera lealtad de su pueblo. Nos orlarían poemas de Machado, de Sánchez Mazas, de Amado Nervo, de Ventura de la Vega, de Santos Chocano, de José del Río Sainz, de Juan Antonio Cavestany, de Agustín de Foxá o de Miguel de Unamuno, trenzados desde la pasión o la amargura, por una Soberana que sobre sus hombros delicados de majestad colocó la fama y la gloria de los triunfadores y al mismo tiempo la delicadeza suprema de su fragilidad de mujer. Cuando su hijo, el Conde de Barcelona, en un acto memorable en Estoril, rinda homenaje a su propia madre, presente en la ceremonia, exclamará públicamente que "Dios le ha concedido, en medio de tantos dolores, el consuelo de contemplar cómo la Historia hace justicia a su reinado". Desde los ojos azules de mar atlántico de la Reina exiliada unas lágrimas de gratitud y melancolía realzaban su serena hermosura.  

 

Don Alfonso XIII con su prometida Doña Victoria Eugenia de Battenberg, durante el viaje del Rey a Gran Bretaña, en enero de 1906 (ARCHIVO ABC)Hoy, que tan en boga se hallan los versos del Modernismo, que los nuevos escritores "venecianistas” sienten tan hondo las glorias imperecederas de todo lo decadente, cobran vida y pasión y nervio y estatura estos versos de Sánchez Mazas, en los que se anhela que de una tierra elegante de potros y nueva de navíos / llegue para nosotros con laureles y olivos / la hora antigua de gloria y con héroes del aire, / del mar y de la tierra, / fina Reina a caballo sobre coral de guerra, / seas un día mármol al viento / ¡la Victoria! Pero, al mismo tiempo, desde la lejanía del exilio, renacen esos otros poemas libres del turbador don Miguel de Unamuno. Sueña el escritor los pasados esplendores de la Corte, contemplativo ahora de ese Santander de 1934, azotado de revoluciones y sombras. Y evoca, pesaroso de sus vaivenes, aquel otro palacio de la Magdalena de luces y alegrías y, sin quererlo, se duele de ese marasmo por aquella anglicana sirena a la que un pueblo en vendaval te barrió un día / espumas, sueños, brumas para terminar, dolorosamente, con un fatal Ena, como eco lejano y brumoso, suave candencia de la mar, el mismo eco que la voz del pueblo signó para esta Reina, la más hermosa y más trágica que ideara la historia de este siglo. Durante los veinticinco años que vivió en España, que reinó en España, Doña Victoria Eugenia se desvivió por los más humildes, por los más necesitados. A sus hijos les imbuyó de esta obligación para con los débiles. "Abnegada cumplidora de su deber -recordará Don Juan-, no se ha borrado de la memoria de las gentes su constante actividad caritativa y su amor a las clases más humildes del pueblo español". Reina de la belleza y de la armonía, de la elegancia y de la prudencia, Doña Victoria Eugenia fue tambien la Soberana de la sensibilidad y de los silencios. Silencios siempre prudentes ante unas gentes que el día de su boda la reciben con flores que guardan bombas asesinas o que la despiden, en otro abril de duelo y amenazas, con insultos o desdenes. Doña Victoria fue siempre el silencio solemne, la belleza envidiada. Nadie, o casi nadie, conocía sus amarguras. A sus hijos -sus chicos, como ella siempre llamaba castizamente- los amaba de una manera entrañable, casi fiera de tan pura. De ahí que cuando Don Juan la evoque, desde el cariño y la melancolía, no yerre al asegurar que los máximos dolores de su madre fueron las muertes de sus hijos y la guerra civil española: su propia sangre derramada en inútiles caminos del mundo y la sangre de su pueblo vertida en también inútil contienda fratricida. Al final, asunto de sangre siempre. Ella, tan dulce, tan suave, tan hermosa, bella Princesa de una isla lejana, cándida y rubia como la luz de la mañana, habría de apostar por un país de resuellos y de afanes impetuosos, por una nación racial y estremecedora a la que quizá nunca comprendió, pero a la que amó apasionadamente, tal vez como reflejo de aquel otro amor mediterráneo que se encarnaba en su marido, el Rey Don Alfonso XIII.  

 

La Reina Victoria Eugenia con Alfonso de Borbón, en una imagen de 1907 (ARCHIVO ABC)Apostó y no perdió. Gracias a su silencio y a su generosidad; gracias a su hijo Don Juan de Borbón, acostumbrado, como ella, a las más tremendas renuncias en bien de España, sobre el viejo solar hispano, como una nueva rosa de abril, florecen hoy las lises de la Monarquía entre las libertades de un país renovado y esperanzador. No se pierde todo con la vida. A veces queda la lección de la Historia escrita sobre nuestras propias biografías. Victoria Eugenia de Battenberg, Reina de España, última rosa de oro del Vaticano, aquella dulce y fatal Ena de los poemas y de las coplas (la que fuera prima hermana del Kaiser Guillermo y de la Emperatriz Alejandra de todas las Rusias, y nieta de la Reina Victoria de Inglaterra, todo un mundo perdido y desolado, la inolvidable Soberana de los españoles, quienes durante un cuarto de siglo no tuvieron para ella más elogio que llamarla Reina guapa), descansará a partir de hoy en el monasterio de San Lorenzo de El Escorial. Junto a ella tomarán tierra española sus hijos Don Alfonso y Don Gonzalo, muertos trágicamente; Don Jaime, tras una vida azarosa. Será como el remate de un reinado. Lleno de luces y tornasoles, pero, a la postre, fecundo. 

 

Quienes tuvimos la dicha impagable de conocer a la Reina madre -desde la muerte de su esposo, su hijo era para ella y para todos los monárquicos el Rey Juan III-; de conversar con ella, de ver sus ojos claros, llenos de azul y primavera, en aquellos días de febrero de 1968, cuando contemplaba por última vez su Madrid tan querido; quienes asistimos, doloridos y acongojados a su entierro en Lausana, un año después, sentimos hoy como un íntimo, triste y gozoso a la par, repiqueteo de campanas en nuestro corazón. La Reina Victoria Eugenia, aquella de quien a sus pies las espumas decían de la gloria y del linaje, vuelve a su tierra española, junto a los suyos. Según los versos -y éste es el artículo de un poeta-, reinar no es tener Trono -que escribió Cavestany-, reinar es ser querida; vos sois Reina de España porque ella os ama ya; pues bien, desde esas premisas, desde esa voz del pueblo que se alza y aclama a la que fue su Reina, hoy, de nuevo, las piedras seculares -oro y bronce- del Real Sitio de El Escorial abren sus sones de tradición y gloria para dar cobijo y descanso eterno a aquella mujer que quiso ser española por encima de todo. Si Manuel Machado ofreció flores y sombras de los árboles del Sur, naranjo y Iimonero…, hoy la católica majestad de Victoria Eugenia de España encuentra su reposo definitivo entre los pinares y las piedras berroqueñas de la sierra de Guadarrama por los siglos de los siglos.

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