Centenario de la Reina de los ojos tristes

Publicado por el Oct 5, 2010

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Este año coinciden una serie de fechas en torno a la figura de Doña María de las Mercedes de Borbón y Orleáns, Condesa de Barcelona, esposa que fue de Don Juan de Borbón y madre del Rey Don Juan Carlos: centenario de su nacimiento, 75 aniversario de su boda y diez años de su muerte. Vamos, pues, a glosar, aunque sea brevemente, la historia de esta mujer singular que pasó de puntillas por la Historia y cuya labor, sin embargo, es tan decisiva que a veces me pregunto si no son ellas –estas figuras de segundo orden- las que hacen la auténtica y verdadera historia. Porque lo que sí es cierto es que ellas son las que marcan la pauta de los aconteceres de cada día, que determinan, luego, los actos solemnes y transcendentes que son los que pasan a los libros y que –ignorantes- desconocen a los verdaderos artífices de la historia real.

Los muchachos que en los años sesenta y setenta del pasado siglo acudíamos clandestinamente a ver al Rey en el exilio de Estoril sentíamos un cariño especial por Doña María de las Mercedes de Borbón, a la que todos llamábamos la Reina María. Ella nos veía como a unos críos, más jóvenes que sus hijos y nos trataba de manera cariñosa y maternal, preguntándonos siempre por nuestros estudios y teniendo para cada uno de nosotros unas palabras de afecto y ternura que se hacían más entrañables al venir acompañadas de aquella mirada azul en cuyos ojos bellísimos reinaba una tristeza infinita.

No oculto la devoción que todos sentíamos hacía Don Juan, el Rey Juan III de las generosidades y los sacrificios. Creo que todos los que hemos tenido la suerte de conocerle, tratarle y servirle, nunca –por muchos años que vivamos- nunca, insisto,  podremos olvidar a nuestro viejo Rey que tantas y tan sencillas y tan magníficas lecciones de patriotismo, de entrega, de lealtad y de renuncias, nos daba cada día aún en las cosas más pequeñas. Hoy, al cabo de los años, su figura se agranda en la memoria y mientras, con todo honor, su nombre se ha colocado en el lugar que le correspondía en la Historia de España, a los que fuimos sus fieles nos queda el orgullo y la satisfacción de haber trabajado junto a uno de los personajes más impresionantes y admirables de todos los tiempos.

Doña María era madrileña de nacimiento y sevillana de corazón. Como escribió Alfonso Ussía, “de no haber nacido hija de un Infante de España, de ser la esposa de un Rey en la sombra, y la madre del Rey, Doña María habría sido campo y bullicio, rociera antigua, trianera del alma. Madrileña, sí, pero sevillana siempre”. Por decir sevillanía hasta el nombre llevaba de la que fuera Reina Mercedes, la malograda mujer de Alfonso XII, la niña del palacio de San Telmo de los romances y coplas populares.

Si hay un periódico que cuidó la imagen de Doña María a lo lago de toda su vida, ese  es ABC. En los años buenos y en los malos. Ella fue protagonista indirecta de uno de los más graves enfrentamientos de ABC con el régimen republicano, tan sectario, pese a la buena prensa que ahora lo rodea. Fue con motivo de su boda en Roma, hace ahora, precisamente, setenta y cinco años.

El 12 de octubre de 1935. Pese a las prohibiciones gubernamentales, cientos de españoles se trasladaron a Roma para asistir al enlace del entonces Príncipe de Asturias, Don Juan de Borbón, con su prima Doña María de las Mercedes. (¡Qué discurso el de Pemán la noche antes!). Cuando llegaron las fotos a la Redacción de ABC, el Gobierno de la República impidió su publicación en portada. Y ABC sacó su célebre “Este número está visado por la censura”,  portada tan escandalosa que al día siguiente el Gobierno reconsideró la medida y aprobó la foto del enlace.

Era un pulso diario.  Luego, los otros enfrentamientos de ABC. Ahora, en Sevilla, en plena guerra civil, con las autoridades franquistas,  y en medio de la batalla del Ebro, cuando nació en el exilio de Roma su hijo varón Don Juan Carlos  y ABC se atrevió a sacarla en portada; así,  hasta los actos más sencillos e intrascendentes que ella protagonizó.

 

La recuerdo en el hotel Alfonso XIII de Sevilla presidiendo los actos del cincuentenario del ABC hispalense. Era el mes de octubre de 1979. Todavía no estaba baldada por la artrosis y se movía por todos los rincones, interesándose por los detalles más nimios y a la vez más entrañables. Años más tarde recibió de manos del Patrón Guillermo Luca de Tena el título de “Andaluza del año” en un almuerzo celebrado en la casa de la Real Maestranza de Sevilla. Sevilla, siempre Sevilla. O la visita última que hizo a la Casa de ABC, en Madrid,  en julio de 1992. Siempre también ABC.

La osteoporosis y un desgraciado accidente la llevó a una silla de ruedas. Pero, brava siempre, en lugar de asustarse y arredrarse, siguió haciendo su vida normal en las más diversas obras sociales, asistiendo a las obras de teatro, en las corridas de toros, en los actos académicos… Le gustaba el cariño con el que la rodeaba el pueblo español, su pueblo.

 


 Curiosamente, Doña María, pese a tantos años de exilio, no perdió nunca ni el gracejo ni la sutil ironía de esa Sevilla que sin ser su cuna era como un faro de su sentimentalidad. Cuando, ya instalados en España, después de más de cuarenta años de destierro, con su hijo reinante, Doña María, convertida para las nuevas generaciones en “la madre del Rey”, se dedicó a viajar y a empaparse de esa España que durante tantos años se le había hurtado. Y a saborear y gozar sobradamente de la luz y del embrujo de Sevilla. ¡Cómo disfrutó en la boda de su nieta, la Infanta Elena, en la catedral  hispalense, y cómo a ella la aclamaba el pueblo llamándola “Bética”! Cuando llegaba a la capital andaluza lo primero que hacía era ir a la iglesia del Salvador y allí, en la cripta, rezar ante la tumba de sus padres. Luego, lo mismo se iba a los toros en la Maestranza –a ser posible a ver a Curro Romero y decirle lo de siempre: “a ver cómo te portas”-  que a comprar unas yemas de San Leandro que a postrarse ante el Señor de Pasión, que a cenar en un ventorrillo… 

Fue una mujer admirable, prudente, delicada, abnegada compañera de todas las amarguras de su marido, que compartió sin rechistar. Hubo momentos en que las campañas orquestadas contra ellos fueron de una crueldad desmedida. Doña María asumió todas esas angustias en silencio, sabiendo su papel de sombra, mitigando dolores, cauterizando heridas, buscando moderación y serenidades.

A veces se la acusó de que ser más madre que Reina; pero vistas las cosas desde esta atalaya del tiempo, gracias a su inteligencia, a su equilibrio y a su prudencia las dificilísimas situaciones que se presentaron pudieron solucionarse de manera tan precisa como asombrosa. En aquel terrible verano de 1969, cuando su hijo fue nombrado sucesor por Franco, a título de Rey, y daba la impresión de que la unión de la Familia Real podía saltar por los aires, la figura de Doña María, siempre tan en segundo plano, tan discreta y callada, casi tan indefensa, fue más que nunca la de Doña María la Brava. Hay una frase que se dijo entonces y que yo jamás me he atrevido a confirmar. Fue dirigida a su hijo en aquellos angustiosos momentos: “Tú sigue adelante. De tu padre me encargo yo”.
 
Sufrió dolores tremendos, como la muerte de su hijo Alfonsito y se mantuvo siempre con un sentido del deber que impresionaba. Sentía pasión por sus hijos. Sabía atemperar, allanar los caminos, quitar asperezas. Por Don Juan Carlos tenía auténtica debilidad. Después de tan largo camino de amarguras, los últimos años de su vida los vivió rodeada del cariño y de la gratitud de todos. La Reina María del exilio de Estoril se había convertido en esa abuela adorable que iba a los toros o a los teatros con una toca sobre los hombros –“no es que sea friolera, es que nunca he dejado de tener frío”- y unos cojines de croché que ella misma había hecho. El pueblo la vitoreaba los quince de agosto al llegar a la madrileña iglesia de la Paloma o al aparecer en el palco real en las Ventas. Se la veía auténticamente feliz.

Recuerdo que el domingo que murió en Lanzarote, rodeada de toda su familia,  fue el 2 de enero del año 2000. El Evangelio de aquel día hablaba de las cosas que María, la Virgen, guardaba en su corazón. Y aquel domingo pensé –y pienso ahora- en el desarrollo que ha conseguido España bajo la Monarquía de todos.

Porque muchas cosas, muchas, de las que ahora nos gloriamos han sido posible gracias a la abnegación y al sacrificio de aquel Juan III que nunca reinó pero que legó a su hijo una Institución impecablemente democrática  y a las sencillas y claras decisiones de esta Doña María silenciosa que guardaba tantos secretos en su corazón.

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