Celia Gámez y el abuelo de Prada

Publicado por el jul 2, 2010

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Celia Gámez, en 1951Estos días de atrás publicaba en el Semanal de ABC un artículo mi querido Juan Manuel de Prada al hilo de una vieja canción que su abuelo le cantaba cuando él era niño. Bien es sabido que la pasión de Juan Manuel por su abuelo fue durante una temporada motivo de escritura para el novelista que vareaba y recreaba toda su infancia en torno a un abuelo singularísimo y lleno de magia y reciedumbre. Yo tuve la suerte de conocerlo y dedicarle un poema. Fue cuando se casó Prada en Zamora. El abuelo era feliz viendo feliz a su nieto y, como a los postres, echamos la tarde a versos, todos, lógicamente, llevábamos nuestras églogas para el joven matrimonio.     

 

También yo. Sólo que yo me permití dedicar también un soneto al abuelo, porque pienso, sinceramente, que nuestro escritor no sería quien es sin la presencia absoluta en su niñez de aquel hombre serio, castellano, entero y con una sensibilidad tan profunda como visible. Creo que Juan Manuel, que ya anda agavillando sus artículos en diversos libros, debería recoger todas esas crónicas volanderas que dedicó a su memoria, porque sinceramente son páginas de una belleza y una ternura admirables. 

 

Celia Gámez, en 1931El artículo de marras se llamaba “La canción del abuelo” y tras una serie de citas literarias que iban desde Borges hasta Coleridge, el escritor nos confiesa algo que uno ya sabe por experiencia: que de pronto en el mundo de los sueños vuelven los recuerdos a corporeizarse y hasta retornar a la memoria textos que, en alguna ocasión, habitaron en nuestra memoria y un día se olvidaron para siempre. Así le pasó a él. Llevaba meses intentando recordar la letra de “una canción o copla” de la que sólo recordaba el verso inicial –“Virgencita milagrosa”–.Y, mira por dónde, una noche, en sueños, volvió la presencia del abuelo y como si él fuera aún el niño que ya se perdió en la historia, pidió al abuelo que se la volviera a cantar “porque he olvidado la letra”. Y el abuelo la cantó de un tirón y le instó a que corriera a copiarla en un papel. “Y justo entonces –dice Prada– desperté, trayéndome conmigo del sueño la letra de aquella copla tan desgraciada que ya creía olvidada para siempre”.  

 

La tal copla es un tango de los años veinte del siglo pasado que en España cantó y grabó una jovencísima Celia Gámez, nada más llegar de sus Buenos Aires natal. Andaba yo aquella noche de domingo de lecturas perezosas, ojeando revistas, leyendo periódicos atrasados, cuando me encontré con “La canción del abuelo”. No me importó la hora. Llamé a Juan Manuel y le dí todas las claves. Días más tarde le encontré una edición digitalizada del tango y creo que es el mejor regalo que he podido hacerle a él, tan generoso siempre.  

 

Y es que la vida son círculos que se van cerrando. Celia Gámez fue una vieja devoción de mi abuelo, que la vio en el teatro en el año 31 cuando el éxito arrollador de “Las leandras”. En mi casa siempre se hablaba de ella como de un mito de belleza y transgresión. Mi abuelo murió en plena guerra y muchos años más tarde, siendo yo niño, oía hablar en las tertulias del taller de costura que el vestido que Celia sacó para cantar la java de las viudas era una gasa negra que sólo pesaba doscientos gramos. Cuando llegué a Madrid, con 16 años, en 1964, lo primero que hice fue gastarme las únicas ochenta pesetas que tenía para comprar la mejor butaca del teatro Martín y ver la tarde del 24 de diciembre una edición especial de “Las leandras”, con el título edulcorado por la censura de “Mami, llévame al colegio”. Eso sí: allí estaba “la Celia” en persona con su “Pichi”, sus nardos, su canción canaria, su verbena de San Antonio o sus viudas. Remató la función de “tardebuena”-así se la llamó- cantando una serie de tangos de cuando ella llegó a Madrid. Recuerdo una versión única de “Mi caballo murió”. Y ahí mismo comenzó una amistad que ha durado hasta su muerte en 1992 y que perdura en mi memoria. En las páginas de ABC está la historia de esa amistad en numerosos reportajes, crónicas, gacetillas… y hasta en la exclusiva de haber firmado la necrológica de José Manuel Goenaga, el único marido que tuvo Celia Gámez y cuya boda en los Jerónimos, apadrinada por Millán Astray, fue la más famosa y multitudinaria de la España de los años cuarenta.  

 

Retrato de Celia Gámez realizado por GyenesPero volvamos a “Milagrosa Virgencita”. Fue un “tango plegaria”, de Luis Martino y González Pulido, terriblemente lacrimógeno, muy de la época y que Celia con su particular voz entre metálica y chillona bordaba como nadie. De esa etapa de los años veinte Celia grabó en pizarra y popularizó tangos como “A media luz” –que embobaba a Alfonso XIII–, “Una plegaria”, “Mamita”, “Ché, papusa, oí” o “Confesión”, de Discépolo. La primera foto de Celia en “Blanco y Negro” aparece en el otoño de 1926, cuando ella debuta en teatros de Madrid, vestida de gaucho y cantando tangos y milongas. Hoy casi nadie sabe que en el Romea de la calle de Carretas se presentaron juntos Carlitos Gardel y ella y que “el morocho del Abasto” pasó sin pena ni gloria por la Villa y Corte, mientras Celia –que nunca perdió el acento porteño– se convirtió en la más castiza intérprete del alma de Madrid. Aparte de “Las leandras”, Celia creó los chotis “Tabaco y cerillas”, “Las taquimecas”, “La Lola”, “La Manuela” y “Manoletín”; fue “Yola” y su “Mírame”, con ese emocionante acento a lo Piacentini, tan inolvidable, y “La hechicera en palacio” y “La estrella de Egipto” y “El águila de fuego” y “Su excelencia la embajadora” y “Colomba”. Y la creadora de “La estudiantina portuguesa” y “Luna de España” y “La florista sevillana” y “El beso”…  

 

Y mire usted por donde resulta que fue también Celia Gámez la que encandiló al abuelo de Juan Manuel de Prada con su tristísimo “Milagrosa Virgencita”, ese tango que decía en su estribillo: “Milagrosa Virgencita,/ Tú que sabes que se ha ido/ con aquella mujer mala de milonga y cabaret,/ que una noche llegó a casa/ implorando nuestro amparo/ y que, al cabo de unos meses,/ con mi hombre ella se fue…” Un delicioso dramón de la época. Lo cierto es lo que dio de sí el siglo XX, caramba. A su lado, éste es un rosario de penitencia.

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