Castigo al millonario y premio al adúltero, EEUU al revés

Publicado por el Jan 23, 2012

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Ser rico nunca ha sido problema para un candidato que quiera optar a la Casa Blanca. En realidad se trata más bien de un activo, porque aparte de ayudar a financiar la propia campaña da razón del éxito personal en la vida, algo que los estadounidense admiran y aplauden. Pertenecer a la elite social y económica, proceder de esa particular aristocracia norteamericana, infunde seguridad personal y transmite una cierta inevitabilidad como candidato. Ahí están los Roosevelt o los Kennedy. También los Romney. El padre hizo fortuna, fue gobernador de Michigan y en 1968 intentó la nominación republicana para presidente. El hijo atravesó las primarias de 2008 sin que nadie objetara su gran patrimonio personal o sus pocos impuestos. ¿Por qué sí ahora?

La crisis económica es el contexto donde sucede el cuestionamiento, el resto lo ha hecho la actitud descuidada del propio Romney. Apostar 10.000 dólares en un debate de televisión y decir que cobrar 362.000 dólares por nueve discursos “no es mucho” es algo realmente molesto en una sociedad que sufre el desempleo más alto desde la Segunda Guerra Mundial. Igualmente lo es que reconozca que paga solo un 15% en fiscalidad porque también está “en paro” (sus impuestos son por rentas del capital, no tiene un sueldo como cuando era gobernador o dirigía una empresa). La osadía de responder con un “quizás” de desinterés cuando directamente fue preguntado en un debate si haría como su padre y presentaría sus declaraciones de la renta, fue la puntilla.

En este mundo al revés, el candidato adúltero se ha visto premiado. Cierto que las infidelidades de Newt Gingrich con sus dos esposas previas son cosas conocidas del pasado, pero la estricta moral en la vida pública estadounidense lo que condena es la mentira y cuando se engaña una vez se estima que hay algo de la personalidad que ya no puede repararse. Ese código se aplicó a Herman Cain, que tuvo que abandonar las primarias por revelaciones de supuestas relaciones inapropiadas. Pero no con Gingrich, ensalzado curiosamente en un estado como el de Carolina del Sur, cuyos votantes republicanos se declaran en un 65% evangélicos, es decir, protestantes “nacidos de nuevo” para los que la religión es algo fundamental. El ex ‘speaker’ obtuvo el 44% de apoyo entre esos evangélicos (el doble que el ‘impecable’ Rick Santorum). ¿Por qué?

Porque Gingrich supo convertir ese punto flaco en una gran arma, ayudado sin querer por la prensa. Cuando ésta difundió una entrevista a su segunda exmujer, programada un par de días antes de las elecciones claramente para hundir, el político aprovechó para enardecer a su audiencia contra los medios ‘liberales’, convirtiéndose en adalid de una revuelta contra el establisment político y mediático de Washington y Nueva York.

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