La matraca

Publicado por el ene 24, 2013

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LA MATRACA

 

 

 

¿Cuántas historias más faltan en la historia interminable (interminable porque de tan previsible no hay quien la termine) de Mourinho y el Madrid, los jugadores, Florentino, las declaraciones y el galimatías genial propio de un país tan querido como España. Patio de vecindad, rumores, dimes y diretes, tu dijiste, aquél confesó, el otro me ha dicho. Y así, una mezcla simpática de Arniches, la Corrala, los personajes de Gracita Morales, un pasodoble, los espejos del Callejón del Gato madrileño de valle-Inclán (es decir, el más patético esperpento) y bulla, mucha bulla que si no el personal se aburre. Pero, de verdad, nada. O, de verdad, de la buena, como en la expresión infantil, lo único que hay es un entrenador, que como cualquier director de cualquier equipo humano sea un periódico, un banco (o su sucursal), una empresa textil, un instituto de enseñanza media, una cafetería o una entidad de seguros, tiene la responsabilidad de dirigir un complicadísimo (en el caso del fútbol) grupo de gentes llegado de distintos países, distintas religiones, distintos orígenes sociales, distintas estéticas, distintos pensamientos pero con algo en común: la ambición, la gloria y unos egos más que revueltos. Es muy complicado dirigir, cohesionar y, sobre todo, disciplinar a tal reunión cosmopolita. Y he ahí, la clave de la rueda de prensa de Florentino. El entrenador es quien decide la alineación. Asunto esencial. Como el director del periódico es el que decide la portada. Que haya buena sintonía es ideal; pero en el caso del fútbol, y en el caso tan especial de un equipo como el Madrid (o como el Barça, o el Manchester, o el Bayern, o el Milan), el vestuario no puede marcar una ley de frontera; la alineación no se vota (a eso lo denominó Ortega, “democracia morbosa”). Es cierto que los jugadores, conjurados, pueden hundir a un entrenador, pero se espera que esto solo ocurra en la ficción, al reclamar de cada uno de ellos, la responsabilidad y profesionalidad que se les reconoce. Conocemos casos en los que un jugador, o dos, o tres, marcan la ley del vestuario, sea por veteranía, por calidad indiscutible por encima del resto (caso de Messi, en el Barça) o por méritos personales (lo llaman liderazgo), pero no hay más ley del vestuario que el compromiso de todos (entrenador y jugadores) de sacar el equipo adelante. Si, además de todo esto no ha habido nada de desafíos tipo o este o nosotros, de acuerdo a la declaración de Florentino, entonces lo del Madrid ya se escapa al propio club y se convierte en un entretenimiento para otros al que ni entrenador ni jugadores  deben entrar, y no digamos los aficionados. Máxime en unas horas en las que la semifinal de Copa y los octavos de Champions esperan con ansia una resurrección.  

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Campo de estrella donde crecí, se escucha en el himno del centenario del Real Madrid. Y allí crecí, desde septiembre de 1964. Sobre el Madrid, sobre el fútbol, sobre la vida, sobre arte y cine, sobre literatura y siempre entornoMás sobre «Campo de estrellas»

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